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23 de noviembre de 2012

LIBRO SEGUNDO CANTO QUINTO






I

Desleída en las tintas de la aurora,
La luz se disolvió de las estrellas;
La risa de los cielos
Ha despertado el himno de la tierra.
El ombú solitario de las lomas,
La copa verde apenas balancea;
El sauce besa al río,
Y el talle esbelto cimbran las palmeras.
Su carnoso ropaje verdinegro
Sacude el canelón de las riberas;
La flor del camalote,
Morada y blanca, en la corriente juega
Como gotas de sangre que sonríen,
Las margaritas rojas se despiertan;
Despiertan las azules
Y esas hijas sin nombre de la yerba,
De un amarillo y blanco deslumbrantes,
Que en el campo se cuentan
Como las claras noches de Diciembre
Se cuentan en el cielo las estrellas.
Todas las hojas brillan; una savia
Joven y turbulenta
Circula por las cañas y los juncos,
Da ternura a los brazos de la yedra,
Desabrocha las flores de los talas,
Del guaviyú y la ceiba,
Y alegra el corazón de los palmares,
Y los estambres húmedos revienta.
Los cardos, agrupados o dispersos,
Levantan las cabezas
Con sus coronas frescas y azuladas
Sobre el tallo espinoso descubiertas;
Y cual ropas tendidas por la noche
A secar en la arena,
Desparramados vense entre espadañas
Flamencos y gaviotas y cigüeñas:
De dos en dos dispersos y pesados,
O en obscuras hileras,
Se posan en la` orilla los chajaes
Lanzando a ratos su estridente queja;
Pasea cadenciosa entre los juncos,
Con su rítmico andar, la garza esbelta,
O asoma entre ellos el nevado cuello
Mientras abre el biguá sus alas negras;
Y corren por la arena de la playa
Esas aves pequeñas
De largas patas y afilados picos
Que en su base sutil se balancean,
Cual si intentaran emprender el vuelo
Y de ello desistieran,
Para correr de nuevo por la orilla
Allí dejando sus ligeras huellas.
Como vapor un tanto sonoroso
Que en el espacio ondea,
Los pájaros, como arpas que la aurora
De las ramas descuelga,
Dan el cantar del día
Que en temblorosa ebullición se eleva:
Nadan en luz las notas
Y el alma de la luz palpita en ellas.
El día las recoge
Y las ajusta al ritmo de una idea,
Y así elabora el salmo indescriptible
Que eleva a Dios, al despertar, la tierra.
Las islas van brotando lentamente
Del seno de las nieblas
Disueltas en la luz; los horizontes
A través de los árboles se alejan.
La claridad naciente va ganando
Colinas y laderas;
Tras ella el sol dispara victorioso,
A través de los aires, sus saetas.

II

¿Quién no siente en el alma
La fresca sensación de la belleza,
El dulce descansar de los sentidos
El instintivo amor a la existencia?
¿Quién no siente en los labios
Las sonrisas serenas
En que la luz y la quietud del alma
Y el escondido amor se transparentan,
Y esas lágrimas puras
De luz y encantos llenas,
Que humedecen los ojos sin dejarles
De llanto ni dolor la amarga huella?

III

El: Tabaré el cacique
A quien las sombras cercan,
Y a sus pies se retuercen en abismos
Y en tempestades a su frente ruedan.
Vedlo. Es el indio puro;
Es el charrúa de la frente estrecha;
Su sangre afluye al pómulo saliente,
Su labio tiembla, su pupila humea.
La lucha sostenida
En la noche anterior ruda y suprema;
Las armas asestadas a su pecho,
Que aun cree astilla entre sus manos yertas.
Todo lo encona el alma,
Todo en ella despierta
El instinto dormido, el ansia viva
De libertad, de destrucción y guerra.
Como del fondo obscuro del abismo
Vuelan las aves negras
Del fondo de su alma se levantan
Las fierezas ingénitas,
Que cruzan por sus ojos
En el suelo clavados, y reflejan
En ellos repentinas llamaradas
Que en sus pupilas encendidas tiemblan.
En vano de sus labios
Solícito pretende el Padre Esteban
Oír una palabra que revele
Un eco al menos de su lucha interna;
En vano a las memorias
Que otras veces al indio conmovieran
Ha llamado en su ayuda
Para tocarle el corazón con ellas:
La mano del recuerdo
Esa arruga del ceño no despliega,
Ni separa esos dedos que serpientes
Enroscadas semejan.
Oye gritos de muerte y de victoria,
Silbidos de saetas,
Aullidos de una guerra inextinguible
Que su enconado pensamiento atruenan,
Ya la sangre charrúa
Sólo siente en sus venas,
Pero asoma a sus ojos azulados
El alma de la dulce Magdalena.
Y la mortal congoja
Del indio se apodera,
y la lucha de un átomo con otro
Se renueva potente en sus arterias,
Y silba en sus oídos,
Y estruja su cabeza,
Y afluye al corazón, y en él estalla,
Y se difunde por su ser violenta.

IV

Doña Luz suplicaba
Al noble capitán que, ensimismado,
Escuchaba a su esposa, con los ojos
Clavados, sin mirar, en el espacio.
Sólo he visto en ese hombre
Un misterio infeliz, un ser extraño;
No hallo peligro en él; mas... tú lo quieres.
Tabaré partirá, dijo Gonzalo.
-¡Partirá! -dijo Blanca;
¿Y a dónde ha de ir el indio desgraciado?
¿Qué será de él en el desierto bosque,
Enfermo y solo? ¡No hagas tal, hermano!
¿Y qué mal nos ha hecho?
¿Por qué así abandonarlo?
El pobre Tabaré no nos ofende...
¿Qué vais a hacer? ¿Es una fiera, acaso?
-Blanca; tu siempre niña;
Le dijo Doña Luz. ¡Qué! ¿Están pensando
Que son capaces de pasiones buenas
Esos seres, nacidos para esclavos?
¿Piensas, Blanca, que anoche
No meditaba un crimen ese bárbaro,
Cuando en las altas horas felizmente
En vela le encontraron los soldados?
-Un crimen! No, por cierto.
¡Un crimen, Tabaré! ¿Qué estás hablando?
Tú no has oído como yo, al charrúa;
Si lo oyes, Luz, ya no podrás odiarlo.
Oh! No arrojéis al indio.
Lanzarlo para siempre!... Es inhumano!
Llamad al Padre Esteban; que él os diga
Si Tabaré el charrúa es un malvado.
-¡Oh! ¡El Padre, el Padre Esteban!
De masa de indios quiere hacer cristianos!
Inocente ilusión! El no imagina...
No puede ser! Arrójalo, Gonzalo.
Si aun crees que no es culpable
Después que anoche se le halló velando,
No le hagas mal; pero, por Dios, arrójalo,
Dale la libertad; no lo veamos.
Mientras él está aquí, tú bien lo sabes,
En mi lecho sentado
Siempre el insomnio, con la faz de ese indio,
Introduce sus dedos en mis párpados...

...........................

V

Tabaré entró sombrío...
Don Gonzalo, que solo lo esperaba,
Busca al mirarlo entrar, mas busca en vano
Del indio la mirada,
Que chispea en el fondo
De la órbita ceñuda, como llama
Que con espesa obscuridad en lucha,
Se extingue, reaparece y se dilata.
¿Por qué el indio charrúa
Fue sorprendido anoche por la guardia?
¿Qué buscaba a esas horas?
¿Qué intento lo llevaba?
El indio queda Inmóvil en su sitio
Con la cabeza baja.
Repite su pregunta Don Gonzalo,
E igual respuesta: el prisionero cana.
El jefe continuó: -Cuando el cacique
Rompió ante mí su lanza
En señal de amistad, le di la mía;
¿No he sido fiel a la amistad jurada?
Diga el indio charrúa si el cristiano
A sus promesas falta...
¡Conteste Tabaré! ¿Qué es lo que intenta?
Todo es en vano: el prisionero calla.
-En cambio, el indio amigo
En la alta noche por el pueblo vaga;
Y en la sombra revela de su frente
Que en su espíritu hay sombras, sombras malas.
¿Qué plan revuelve en ellas?
¿Nada en su abono que decirnos halla?
¡Raza maldita! ¿No es capaz entonces
De amor y gratitud? ¿Todo es venganza?
Una terrible lucha
De Tabaré en el alma se desata,
Y como el eco de la lucha interna
Suena un ronco gemido en su garganta;
Pero calla. Temblor imperceptible
Discurre por su carne. Onda del alma
Llega a su cuerpo enfermo, como mueren
Las olas en la playa.
Compasivo, sin odio,
El capitán al indio contemplaba;
Mas recordando el ruego de su esposa,
-Pues bien, -gritó, con expresión airada,
Ya que el indio charrúa
Nuestra amistad rechaza,
Vuelva a sus bosques a enconar sus flechas,
Vuelva a buscar las fieras sus hermanas.
El español no quiere
Violar un punto la amistad jurada;
Pero verá en el indio a su enemigo,
Al eterno enemigo de su raza.
Vaya libre a su selva,
Pues no hay amor ni gratitud en su alma;
Pero jamás donde el cristiano aliente
Torne a posar la sigilosa planta.
... ... ... ... ... ... ... ...

Don Gonzalo partió. Quiso en el labio
De Tabaré asomar una palabra;
Alzó la frente... ¡y la inclinó de nuevo!
Mudo y sombrío abandonó la estancia.

Juan Zorrilla de San Martin

31 de enero de 2012

LIBRO SEGUNDO CANTO TERCERO


I

Ahí va... callado, cual lo miran siempre
Discurrir por el pueblo:
Extraño, taciturno. El indio loco
Los soldados le llaman; pero, al verlo
Pasar entre ellos pálido, absorbido,
Lo miran en silencio,
Lo siguen con los ojos y, mostrándose
Al salvaje entre sí, dicen: ¿Qué es esto?
-¿Qué dices tú?
-Que es loco rematado
A estar a lo que veo.
-Rematado, bien dicho; ved sus ojos;
Ese indio tiene barajado el seso.
-Moscardón que no gruñe se me antoja
En sus mudos paseos.
-¡Y Parece que sufre!
-¡Ca! Esa gente
No es capaz de dolor... ¡Muere en silencio¡
Ved qué pálido está, que desmayado.
Sus pasos son inciertos:
Parece que su cuello no pudiera
De la cabeza soportar el peso.
-Es que algo habrá perdido, y anda siempre
Buscándolo en el suelo.
-¡Y también en el aire!
-¡Cierto! El loco
Suele buscar en él pájaros negros.
-¿Y si os dijera que ese insano duerme
Con los ojos abiertos?
-Oiga!
-Como os lo digo. Lo he observado
Más de una noche, Y me asustó su aspecto.
Si parece un cadáver que nos mira!
-¿,Tendrá el diablo en el cuerpo?
-Todo es posible. Si en las altas horas
Vais a observar los indios allá dentro,
Entre el grupo cobrizo allí entregado
A su profundo sueño.
Siempre tropezará vuestra mirada
Con los ojos diabólicos despiertos.
Son los de ese indio: no se cierran nunca;
Sentado. inmóvil, yerto.
Lo veréis siempre, hasta en la medianoche,
Tal cual lo estamos ahora mismo viendo.
-Loco, no hay más
O poseído acaso.
-Qué dices? ¿Le hablaremos?
-Háblale tú Que entiendes de latines
A ver si te contesta.
-No lo creo.
Un mes hace que vive entre nosotros
Ni su voz conocemos. -¿No será mudo?
-No; con el anciano
Ha hablado alguna vez, según entiendo.
-Vedlo, allá va; cuando en aquella loma
Aparezca el lucero,
Frente a nosotros pasará de vuelta;
Puedes salirle entonces al encuentro.
-Pero háblale con tino, con mesura:
Cuida de no ofenderlo;
Sabes que el capitán tiene ordenado
Que al Señor Don Charrúa no irritemos.
-¿No es aquélla la hermosa Doña Blanca?
-La misma. El prisionero
Va a pasar a su lado.
-¡Ved qué hermosa,
Qué hermosa está con esos ojos negros!

II

Tabaré sigue; se detiene a veces
Cuál si escuchara atento
Y se hunde su mirada en los espacios,
O vaga en torno suyo con recelo.
Inclina nuevamente la cabeza,
Y sigue a paso incierto,
Como el que va temiendo a cada instante
Ser sorprendido por oculto riesgo.
Blanca lo observa; sigue de¡ charrúa
Los tristes movimientos;
Espera la ocasión de ver sus ojos,
Pues sabe que algo ha de encontrar en ellos.
Pero es en vano; el prisionero pasa
Sin mirarla jamás, nublando el ceño,
Y, al cruzar frente a ella, se apresura
Y se aleja temblando, casi huyendo.
Es que cierra los ojos, y no obstante,
Ve la imagen de Blanca entre los velos
De una aurora confusa, imperceptible,
Que ilumina el nacer de sus recuerdos.
¿Es ella la que flota en su pasado?
¿Es la blanca visión de sus ensueños?
A una mujer tan blanca corro aquélla
Oyó cantar los cánticos maternos.
El indio siente, confusión ignota;
Vacila, tiene miedo,
Busca a la niña, y huye al encontrarla
Huye de la ilusión y del misterio.

III

Así pasaba Tabaré aquel día
Frente a la virgen que, con dulce acento,
¡Vaya el indio con Dios! ¿Por qué así corre?
Dijo por fin, ¿le infundo algún recelo?
El se detuvo sin alzar la frente,
Cual llamado a lo lejos;
Cual si la voz tardara largo espacio
En ir desde el oído al pensamiento.
Y allí fijo quedé, como tocado
Por un conjuro; trémulo
Como el corcel que en su carrera escucha
El bramido del tigre, en el desierto.
Así como una piedra
Al fondo del abismo descendiendo
Despierta temerosas resonancias,
Voces lejanas, quejas y lamentos,
La voz de la española
Descendió al alma del salvaje enfermo,
Y en ese abismo despertó la vicia,
La queja, el grito del dolor y el tiempo.
El indio alzó la frente: miró a Blanca
De un modo fijo, iluminado, intenso.
Había en su actitud indescifrable
Terror, adoración, reproche, ruego.

IV

“-Tú hablas al indio! ¡Tú, que de las lunas
Tienes la claridad!
Por que lo hieres con tu voz tranquila,
Tranquila como el canto del sabía?
Si tienes en los ojos, de las lunas
La transparente luz
¿Por qué tu alma para el indio es negra,
Negra como las plumas del urú?
¿Por qué lo hieres en el alma obscura?
¡Deja al indio morir!
¡Tú tienes odio negro para el indio,
Para el triste cacique guaraní".
Blanca sintió una lágrima en los ojos
Y una amargura insólita en el pecho:
-Yo no tengo odio para ti, charrúa;
Dijo el cacique con acento ingenuo.
Las pupilas azules del salvaje
Brillaban asombradas; en sus nervios
Vibraba el alma. Tabaré sentía
El abismo sonar en su cerebro.
Habla por vez primera a la española:
Sus palabras, sin orden ni concierto,
Brotan de entre sus labios como informe
Tropel de sombras, luces y reflejos.
“-¡Oh, sí! Yo sé que acechas
Mis horas de dolor:
Sé que, remedas alas de jilgueros
Donde yo estoy.
Yo sé que tú el secreto
Conoces de mi ser,
Y sé que tú te escondes en las nieblas...
Todo lo sé!
Que gimes en el viento,
Que nadas en la luz,
Que ríes en la risa de las aguas
Del Iguazú;
Que miras en las altas
Hogueras del Tupá.
Y en lunas del fuego fugitivas
Que brillan al pasar.
Tú como el algarrobo,
Sueño das a beber;
Y das la sombra hermosa que envenena
Como él ahué.
Yo, temiendo tu sombra,
Tiemblo y huyo de ti,
Y tú en el despertar de mis memorias,
Vas tras de mí.
Mis nervios que eran fuertes,
Fuertes cual ñandubay,
Blandos como el retoño más temprano
Del ombú están...
No ha pasado una luna
Después que yo te vi;
Mira cómo está enfermo el indio bravo
Sólo por ti!”
La súplica, el reproche,
La imprecación, el ruego,
Se sucedían en la voz del indio
Y en su ademán nervioso y altanero;
El, que se había alejado
Con la frente inclinada sobre el pecho,
Como impulsado por interna fuerza,
Hacia la niña se volvió de nuevo;
La miró un breve espacio
Y señaló su rostro con el dedo,
Cual sí del fondo obscuro de su alma
Envuelto en luz brotara un pensamiento.
“-Era así como tú... blanca y hermosa;
Era así.. . corno tú.
Miraba con tus ojos, y en tu vida
Puso su luz;
Yo la vi sobre el cerro de las sombras
Pálida y sin color;
El indio niño no besó a su madre...
¡No la lloró!
Les avisnas de fuego de las nubes,
Ellas brillaron más;
Pero el hogar del indio se apagaba,
Su dulce hogar.
Han pasado mas fríos que dos vmw
Mis manos y mis pies...
Solo en las horas lentas yo la veo
Como cuerpo que fue.
Hoy vive en tu mirada transparente
Y en el espacio azul. ..
Era así como tú la madre mía,
Blanca y hermosa... ¡Pero no eres tú!
Por ocultar el llanto
Que, sin mojar sus párpados, acerbo
Como lluvia de hiel, se derramaba,
Y empapaba del indio los recuerdos,
El infeliz charrúa,
En convulso y mortal desasosiego,
Se alejaba sombrío, y se volvía
A la española en ademán violento:
-Así como tu mano,
Blanca como la flor del guayacán
Es la que he visto en la batalla siempre
Mi sudorosa frente refrescar.
La misma mano blanca
De mí desnudo pecho separó
El rayo que arrojaban tus hermanos,
Más rápido que el vuelo del halcón;
La he visto entre sus dedos
Romper la flecha que a esconder llegó
En mis venas el sueño de las sombras,
Ese pálido sueño del dolor...

........................

Pero... ¡no era la tuya!
Era otra aquella mano, ¿no es verdad?
¡Dile al charrúa que esos ojos tuyos
No son los que en sus sueños ve flotar!
Dile que no es tu raza
La que vierte esa tenue claridad
Que en el alma del indio reproduce
Aquella luz de su extinguido hogar;
Aquella luz que el astro de los muertos
Nunca sabrá copiar,
Más pura que el reír de las mañanas,
Y el llorar de las tardes, ¡mucho más!
Oh! no: tú eres la sombra,
Tú no vives la vida como yo;
¿Por qué has de arrebatarme mis recuerdos
Y vestirte ante mí de su dolor?
¡Déjame! ¡'No me sigas!
¿No sientes? ¿No lo ves?
¡El corazón del indio está muy negro!
¡Triste como la sombra del ahué!

V

Con movimiento brusco
Se ha separado de la niña el indio,
Volviendo la cabeza, cual si huyera
Temiendo la agresión de un enemigo.
Un eco amargo y triste
Quedó de Blanca en el absorto oído.
Tabaré atravesó entre los soldados
Ninguno lo detuvo en su camino.
Blanca siguió con pena
Con los ojos al indio fugitivo.
Aquel extraño ser en sí tenía
La atracción de lo obscuro del abismo.

VI

En ese estado en que, movida el alma
Por fuerza superior, en lo infinito
Medita, sin consciencia de sus actos,
Como otro yo, de nuestro ser distinto;
Y conoce los seres del ambiente
En que vaga desnuda dé sentidos,
Sin traernos, de vuelta de su viaje,
Nada que de otros mundos nos da indicios;
Y al despertar la sensación de nuevo,
Rompe de un sueño el transparente hilo;
Quedó la niña, hasta que oyó a su espalda
Que alguien decía: -¿Qué te hablaba el indio?
-¿El indio? ... Nada. ¿En qué estaba pensando?
¡Ah! Luz, no te había visto
¿Qué me dijiste? ... Ahora lo recuerdo:
Nada, nada me dijo.
Y agregó Doña Luz: -¡Pero aquí, hablando
Lo hemos visto contigo!
Y Blanca: -¿Sabes, Luz, que ese salvaje
Amó a su madre? El mismo me lo ha dicho.
-¿Y no le temes, Blanca?
-¡Temerlo! Puede ser. Lo que al oírlo
Mi espíritu sintió, fue un algo raro,
Muy semejante al miedo de los niños

........................

Con terror, la mirada
Clavó en su hermana Doña Luz.
-¿Qué ha visto
O creído advertir en sus pupilas?...
Le aconsejó que huyese de aquel indio.

Juan Zorrilla de San Martin

2 de octubre de 2011

LIBRO SEGUNDO CANTO SEGUNDO


I

¿Que queda entonces de la tribu errante
Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?
Aun resta su agonía asida al suelo,
La fiera agita su convulsa zarpa.
Quedan indios aún para la muerte
Que cautelosos por los bosques andan,
Cual rebaños de tigres que en el pueblo
Siempre encendidas sus pupilas clavan.
De noche, por las lomas o entre el bosque,
Como gritos de luz, se ven las llamas
De señales charrúas que se cruzan,
Se avivan, se repiten o se apagan;
Y alguna vez, el temeroso aullido
Que algún consejo al terminar levanta,
Al pueblo llega, en ráfaga del aire,
Como rumor de tempestad lejana.
Un temor imprevisto y repentino
Entonces suele atravesar las mallas;
Los soldados se miran, y suspenden
La ardiente relación de sus hazañas;
Parece que en sus labios animados
Tropezase un momento la palabra
mas pronto, cuando advierten con despecho,
Que, sin quererlo, ha vacilado el alma,
Sus risas y burlescas maldiciones
En el silencio momentáneo estallan
Y, al amor de la lumbre, se reanuda
Con nuevo ardor la interrumpida plática,

II

Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro,
Manda en jefe la plaza;
La cimera encarnada de su yelmo
Marcó siempre el peligro en la batalla.
Olvidó muchas veces en la lucha.
El toque a retirada;
Era noble y valiente, noble y bueno,
Bueno y celoso de su estirpe hidalga.

III

¿Por qué el valiente aventurero trajo
Consigo a Doña Luz la castellana,
y a su mujer expone a los peligros
Que ambicionó para lustrar sus armas?
Que hace a su lado. qué hace de sus días
En esta vasta soledad: qué aguarda
Esa otra niña, la de tez morena,
Blanca, la hermosa, la inocente Blanca?
¿Para qué brillan esos ojos negros,
Profundos hasta el alma.
Y en que la luz del sol de Andalucía
Brillo, de estrellas presta a las miradas?
Exprimió el mismo seno que Gonzalo;
Lloró la misma madre. y solitaria.
Riendo con el cielo
En que su madre se perdió llamándola.
Quedó en el mundo sin más sombra amiga
Que la armadura de su hermano hidalga;
Allí recuerda su niñez reciente.
Y espera el porvenir allí sentada.
¿Qué impulso los condujo
A la salvaje tierra americana?
¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso
Que une las notas que en el aire vagan.
En prolongado acorde
De transparentes arpas.
Que suenan en el viento, en los recuerdos,
En los vagos crepúsculos del alma.
Que en las noches serenas,
Y en los rayos de luna columpiadas,
Se acercan, y se alejan y en los aires
Las lentas trovas del dolor ensayan:
Ese impulso secreto
Que, aun de entre las lágrimas,
Hace brotar a: veces las sonrisas
Como luces que rielan en las aguas.
Que el polen encendido
Lleva de palma a palma.
Y hace nacer los lirios en las tumbas.
Y en el dolor abriga la esperanza.
Quizá la niña, en cuyos dulces ojos
Se mueven las miradas
Como insectos de luz aprisionados
En urnas de cristal negras y diáfanas,
Allí, en la tierra en que una raza expira,
Es la nota con alas
Que mezclada a un acorde moribundo,
De gritos de dolor hará plegarias.
El Uruguay, al verla en sus orillas,
Palpitaba en sus aguas,
Y templaba en los juncos, y en la arena
Dejaba notas, quejas y palabras.
El astro que pasea las colinas,
Con su dulce mirada
Seguía a la española que en la tarde
Paseaba tristemente por la playa;
Y buscaba sus ojos cuando, sola,
Sentada en la barranca,
Quedaba confundida en las tinieblas
Que sus esbeltas líneas esfumaban.
Parece que este mundo americano
A aquella niña aguarda
Porque en sus ojos brillen sus estrellas,
Porque su viento pueda acariciarla,
Porque sus flores tengan quien recoja
La esencia de sus almas
Y las corrientes de sus grandes ríos
Que oiga y ame sus canciones vagas.

IV

Era una hermosa tarde.
Huía la sonrisa de los cielos
En los labios del sol que la llevaba
A imprimirla en la faz de otro hemisferio.
De su excursión al bosque
Tornan Gonzalo y diez arcabuceros,
Fue eficaz la batida: un grupo de indios
Viene sombrío caminando entre ellos.
Otros muchos quedaron
Tendidos en el campo; el viento fresco
La sangre orea en las hispanas armas,
Y en la piel de los indios prisioneros.

..................

No son tigres, aunque algo
Del ademán siniestro
Del dueño de las selvas se refleja
En su fiera actitud. Caminan; vedlos.
Son el hombre charrúa,
La sangre del desierto,
La desgracia estirpe que agoniza
Sin hogar en la tierra ni en el cielo,
Se estrechan se revuelven,
Las frentes sobre el pecho,
En los ojos obscuros el abismo,
Y en el abismo luz, luz y misterio.
Parece que en el fondo
De esos ojos a intervalos,
Un monstruo luminoso se moviera
Sus anillos flexibles revolviendo;
Con rápidos espasmos
Se sacuden sus miembros;
Sus músculos elásticos y duros
Al salto y la carrera están dispuestos;
La sangre apresurada
Circula bajo de ellos
Como corre callado entre las breñas
Un rebaño de fieras que va huyendo;
No hay en su rostro inmóvil
Ni siquiera un reflejo
Del espíritu extraño y concentrado
Que, al parecer, lo anima desde lejos;
Se advierte en su mirada
Un constante recelo,
Y una impasible languidez que tiene
Algo de triste, mucho de siniestro.
Son esbeltas sus formas,
Duros sus movimientos;
La tez cobriza, el pómulo saliente,
Negros los ojos, como el odio negros.
Sobre los fuertes hombros
Se derrama el cabello
En crenchas lacias. rígidas y obscuras,
Que enlutan más aquel huraño aspecto.
Pupila prolongada
Que prolongó el acecho:
Dilatada nariz y estrecha frente
A que se ajusta enhiesto.
Un erizado matorral de plumas
De colores diversos
Que parecen brotar de la cabeza
Como brotan de un tronco los renuevos.
Jamás mira de frente,
Jamás alza la voz: muere en silencio,
Jamás un signo de dolor se posa
Entre sus labios pálidos y gruesos.
No borra ni el suplicio
Su ademán de desprecio
Sólo el combate en su fragor arranca
Estridente alarido de su pecho.
Entonces, semejantes
A los colmillos del jaguar sediento,
Brillan entre los labios del salvaje
Los dientes blancos con horrible gesto.
Son el hombre-charrúa
La sangre del desierto,
La desgraciada estirpe que agoniza
Sin hogar en la tierra ni en el cielo.

V

El grupo de Indios, como viva masa
De apeñuscados cuerpos,
Adelanta, rodeado de arcabuces,
Entre las casas del pajizo pueblo.
Salen de sus viviendas las mujeres
Y los hombres a verlos;
Ni una impresión se nota en sus semblantes,
Todos caminan impasibles, fieros.
Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese
Que se detiene trémulo?
¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda.
¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo?
¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas
A ese organismo esbelto?
Hay en su cráneo hogar para la idea,
Hay en su frente espacio para el genio.
Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana.
Ese mirar es tierno. ..
¿No hay en el fondo de esos ojos claros
Un ser oculto con los ojos negros?
La blanda piel de un tigre
Ha ceñido su cuerpo;
No se ha pintado el rostro, ni su labio
Ha atravesado el signo del guerrero.
Es pálido, muy triste; en su semblante
Y en su azorado aspecto,
Hay algo misterioso
Que inspira amor, o desazón, o duelo.
¿Por qué se ha desprendido de su grupo?
¿Se ha apoderado un vértigo
De ese salvaje enfermo que venía
Entre los otros indios prisionero?
La onda de un suspiro
Se ha notado quizá sobre su pecho,
Y se hubiera creído al observarlo,
Que ha roto entre los dientes un lamento
No es ira, no es encono; ¿qué es entonces
Ese temblor extraño de sus miembros?
¡Así sacude su prisión el alma
Cuando estallan en ella los recuerdos!

VI

Es que Blanca, al pasar lo está mirando
Con inocente empeño,
Y él clava en ella los azules ojos
Cual poseído de un pavor intenso.
La mira absorto, fijo, con el labio
Inmóvil y entreabierto:
Parece interrogar alzo invisible,
A al mismo, a su sombra, a su recuerdo.
Diríase que alumbra sus pupilas
El cercano reflejo
De algo como una aparición radiosa
Sensible sólo para el indio enfermo.
Y por la lumbre intensa de una idea
Que viene desde adentro;
Que arde en el alma y llega hasta los ojos
Y con la otra visión se funde en ellos.
Esperando a Gonzalo estaba Blanca
En el umbral de su morada: al verlo
Corrió hacia él, y distinguió al salvaje
Que allí venía entre los otros presos.
Ved como tiembla el indio
De ojos extraños de color de cielo.
Blanca esa noche se encontró llorando
Al acordarse del salvaje enfermo,

VII

Cavó una flor al río.
Los temblorosos círculos concéntricos
Balancearon los verdes camalotes
Y entre los brazos del juncal murieron.
Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento.
Guarda el perfume de la flor caída,
La flor no existe: ha muerto.
Así el himno cantaban
Los desmayados ecos:
Así lloraba el urutí en 1as ceibas.
Y se quejaba en el sauzal el viento,

VIII

¿Quién es ese charrúa que suspira?
¿Quién es el prisionero
Que es capaz de alumbrar con luz del alma
Esos sus ojos de color de cielo?
Tabaré lo apellidan los charrúas,
O el hijo de los ceibos. . .
¡Hijo de mi dolor! una española
Le decía llorando ha mucho tiempo.

.....................

Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento;
Tiene el hábito de la muerte,
Su extrema palidez y su misterio.

IX

El pánico del indio indescriptible
Duró sólo un momento;
Marchando confundido entre los otros
Se aleja Tabaré; pero a lo lejos
Entre el grupo cobrizo se destacan
Las líneas de su cuerpo
De una amarilla palidez. La niña
Lo sigue con los ojos largo tiempo,

.....................

X

-¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste,
El de la frente Pálida.
Qué me miró de un modo tan extraño
Cuándo venía entre tus hombres de armas?
¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta
Una profunda lástima.
¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas?
¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
-¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio,
Es un misterio, Blanca.
Al cruzar aquel bosque lo encontramos
En actitud de duelo o de plegaria.
Y es el mismo, lo es, estoy seguro,
Que he visto en las batallas
Reír con el peligro y con la muerte,
Bravo como el aliento de su raza.
¡Y qué! ¿Tiene algún crimen?
¿No lucha por su hogar y por su patria?
¿No defiende la, tierra en que ha nacido,
La libertad que el español le arranca?
Cuando a él nos llegamos,
No sintió nuestros pasos a su espalda,
Ni demostró sorpresa, al verse solo,
Rodeado de arcabuces y de adargas.
Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado.
El ha de respetarla.
Yo probaré en ese hombre si se encuentra
Capaz de redención su heroica raza.
¡Qué! ¿,Sólo duelo y muerte
Ha de obtener América de España?
¡La sangre de esos hijos del desierto
Más que el orín deslustra nuestras armas!
Gonzalo. no te olvides
De la española sangre derramada,
Le dijo Doña Luz-, esos salvajes
Hombres no son; la redención cristiana
No alcanza a redimirlos,
Pues para ellos no fue: no tienen alma;
No son hijos de Adán no son, Gonzalo;
Esa estirpe feroz no es raza humana.

XI

Duermen los indios prisioneros, duermen
Tendidos en el suelo, como masa
De bronce que se mueve y que palpita
Con aliento vital en las entrañas.
Sobre aquellas cabezas que, en los brazos
Y, entre cabellos rígidos descansan,
No se siente pasar un solo ensueño;
Nada invisible por los aires anda.
Pero entre el grupo de dormidos cuerpos,
Despierta una figura se destaca;
Inmóvil, con los ojos encendidos,
Clavada en el vacío la mirada.
Las horas, una a una, la encontraron,
Como una sombra vana;
La vio la noche, la abrazó el Insomnio,
Y así la halló la claridad del alba.

Juan Zorrilla de San Martin

25 de julio de 2011

LIBRO SEGUNDO CANTO CUARTO




1

En la limpia armadura
De un grupo de guerreros
Dejaba el sol, al trasponer las lomas,
Su resplandor postrero.
Las flotantes cimeras
De los ferrados yelmos
Al viento de la tarde se agitaban
Con blando movimiento.
Como españoles bravos;
Como soldados, crédulos;
Siempre el brazo a la lucha apercibido
Y el alma a las consejas y a los cuentos,
Los del corro escuchaban
A un camarada viejo,
En su adarga los unos apoyados
Y sentados los otros en el suelo.

II

-¿Dicen que es un fantasma
Eso que ancla de noche por el pueblo?
-No es otra cosa, a mi sentir: la sombra
De algún cacique muerto.
-Que es un indio no hay duda;
Lleva en la frente plumas, y su cuerpo...
-Su cuerpo! ¿Acaso piensas
Que esa sombra impalpable ha de tenerlo?
-¡Será posible!
-¡Y tanto!
No es el primer espectro
Que, haciendo yo la guardia en los bastiones
Se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo.
La noche en que Garay venció a los indios
En aquel llano que se ve a lo lejos,
Vi muchas de esas sombras
Que cruzaban gimiendo entre los muertos.
La flor y nata de indios y caciques
Cayó en el lance aquel. Si los espectros
No se hubieran entonces presentado.
No sé cuándo lo hicieran, voto al cielo!
No es de extrañar, por ende.
Que ese fantasma que de noche vemos,
Viniera a presagiar ruinas o males
Y es fuerza le arranquemos su secreto.

III

Más que con los oídos,
Con los ojos oyeron,
Los soldados absortos, las consejas
Del camarada viejo;
No quisieron los unos
Habérselas con muertos;
Pero los más serenos y esforzados
No sin algún recelo,
En velar esa noche
Se pusieron de acuerdo,
Para tender una emboscada heroica
Al vagabundo espectro.

IV

El último soldado
De los que por las calles discurrieron,
Se perdió en la penumbra de las chozas
Del villorrio desierto.
Cayó la noche, y embozado en ella
Quedó San Salvador. El viejo Tiempo
Sobre las altas horas se adelanta
Con paso soñoliento. .
Todos duermen! las aves en el nido,
Los niños en el cielo,
En las cunas los ángeles
Y en las ramas inmóviles el viento.
Sólo vela el soldado
Que está de guardia en el bastión del pueblo,
Y algún perro que ladra, se levanta,
Y sobre el musgo tiéndese gruñendo.
Tranquila está la noche; las estrellas
Se ven brillar muy lejos;
Como una sombra que entre ruinas anda
La luna entre las nubes va en silencio.

V

Alguien también en vela está sin duda
Allá en un aposento
De la casa del jefe, en cuyos vidrios
Se proyecta una sombra por intervalos;
Es la del Padre Esteban,
Encarnación de aquellos misioneros
Que del reguero de su sangre hacían
La primer senda en medio del desierto,
Y marcaban el sitio
Hasta el cual penetraba el Evangelio,
Con el cadáver solo y mutilado
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.
La lumbre, en las paredes
Del aposento estrecho,
Dibujaba con mano temblorosa
Las formas sin color de los objetos;
Y la negra silueta
Del pensativo monje, sobre el suelo,
Obediente a la luz se estremecía
Con un imperceptible movimiento.
Meditaba el anciano
Los destinos secretos
De aquella pobre raza moribunda
Que el abismo atraía hacia su seno.
Miraba el Crucifijo,
Símbolo dulce del amor eterno,
Interrogaba a sus cerrados ojos,
y a su labio espirante y entreabierto,
Y entonces recordaba
Al indio de ojos de color de cielo;
Miraba en él su estirpe redimida
Y el clarear de un horizonte nuevo.
Quizá advirtió en la frente del salvaje
El imborrable sello
Del bautismo del bosque y en su alma
Vio brillar algo vacilante y trémulo.
¡Cuántas veces, sentado
Junto al indio infeliz, de sus recuerdos
El enjambre dormido despertaba
Con sólo una palabra o un consejo!
¡Cuántas veces el indio
Sus pupilas clavó en el misionero,
Pugnando por secar entre sus ojos
Gotas de llanto con esfuerzo Interno,
Y bebió sus palabras
Inmóvil y suspenso
Cuando su oído absorto recogía
El tierno son de los cristianos rezos!
Cuando el indio escuchaba
El nombre de la Madre del Eterno,
Madre también del hijo de los bosques,
Virgen que vive en el azul inmenso,
Entonces se agitaba,
Se incorporaba y del anciano al cielo,
Y de éste nuevamente hasta el anciano
Pasaban sus miradas. En el viejo
Por fin clavaba los azules ojos
Con triste desaliento,
Y escondiendo la frente entre los brazos,
Se tendía clamando: ¡No la encuentro¡

........................

El fraile meditaba, meditaba
Con desolado empeño.
Cuando creía su Ilusión cumplida,
Tocaba lo imposible y el misterio.

VI

De pronto, penetró por la ventana
Algo como un lamento
Que el monje ya otras noches había oído,
A ilusión atribuyéndolo;
Pero en aquella noche, claramente
Al oírlo de nuevo
Se llegó a la ventana presuroso
Y la abrió con estrépito.
Una sombra medrosa entre los árboles
Se levantó del suelo,
Y, esquivando la luz, huyó hacia el río
Como empujada por extraño vértigo.
Las plumas que en su frente
Hacía mover el viento,
Denunciaron la forma de un charrúa,
Que conoció al instante el misionero.
Miró a la alcoba en que dormía Blanca,
Miró en seguida al cielo,
Y una oración cruzó, sin hacer sombra,
La inmensa soledad del firmamento.
¿Quién es ese charrúa? Es la fantasma
Que han visto los guerreros,
Y que acertaron al mirar en ella
Una sombra, un espectro:
Es Tabaré que cuando todo duerme,
Huye de sus sueños;
Vaga en lo oscuro, huyendo de sí mismo.
Y llevando la fiebre en el cerebro,
Hasta caer, guiado noche a noche
Por un instinto ciego,
Allí, frente a la casa de Gonzalo,
Donde hasta el alba permanece yerto.
De la casa del jefe
Tendido junto al cerco,
¡Cuántas noches lloraron su rocío
De aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo!
Allí el fiacurutú lo contemplaba
Con sus ojos de fuego,
Y, sin temor, las alas agitando,
Muy cerca de él pasaba el teru-tero.
Allí estaba la noche
En que oyó el Padre Esteban su lamento,
Y al verse sorprendido huyó sin rumbo
Sobrecogido de un pavor intenso.
De su amor imposible,
De su desconocido sentimiento
Volaba ante la sombra, que sentía
Correr tras él, asida a sus cabellos;
Las carnes erizadas,
Temblorosos y rígidos los miembros,
Dilatadas y ardientes las pupilas,
Corría tropezando y sin aliento.
Las sombras de los árboles
Que la luna trazaba sobre el suelo;
Las zarzas que sus pies ensangrentados
Mordían, al romperse con estrépito;
Los ladridos agudos
De los perros despiertos;
Las aves que, a su paso, levantaban
De aquí y de allá su sonoroso vuelo;
Todo atronaba el exaltado oído,
Todo enconaba el vértigo
De Tabaré el charrúa que seguía
Su carrera sin rumbo y sin objeto.

VII

Los soldados que el golpe concertaron,
A su paso febril se interpusieron,
Asestando sus picas y arcabuces
A su desnudo pecho.
Los dilatados ojos
Clavó el salvaje en ellos,
Escondido en la sombra proyectada
Por un grupo de ceibos.
La fiebre comprimía su cabeza
Con sus dedos de acero,
Y un temblor convulsivo sacudía
Sus ateridos miembros.
-¡Dinos quién eres!
- Háblanos!
-Si eres fantasma bueno,
Habla, en nombre de Dios!
-¡Si no respondes,
Espíritu infernal, te juzgaremos!
¡Dale tu con la lanza
Veremos si habla; hiérelo
Y Por Si fuere espíritu maligno,
El signo de la cruz haz en el hierro.
Cuida que no te esquivo
Porque mucho me temo
Que nos haga cegar. Este fantasma
Al irse o estallar puede ofendernos.
-¡Ca No tiene bastante
Potestad para eso.
¿No ves que está temblando? ¿No lo sientes?
¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo!

...........................

Cual tigre acorralado,
Volvía el indio su mirar de fuego,
Todo el furor salvaje
Sintiendo en su alma y en sus duros nervios;
Y el asta de la lanza
Dirigida a su pecho,
Como por un zarpazo arrebatada
Crujió y saltó en astillas de sus dedos.
Aunque el asombro embarga a los soldados,
No vacilan por ello,
Y con creciente ardor, sus alabardas
Buscan herir al infernal engendro.
El indio, sacudido por la fiebre,
Siente que ya su cuerpo
Va a desplomarse, pues sus piernas trémulas
Se doblan a su peso,
Cuando a espaldas del grupo,
Clamó una voz cansada: ¡Deteneos!
Y con la frente cana descubierta
Se vio llegar jadeante al misionero.
Se abrió paso hasta el indio
Tendiéndole los brazos: éste al verlo
Se aferró a su sayal, dobló la frente
Y en tierra dió con su extenuado cuerpo.

VIII

Del seno de una nube,
Sus desflecadas orlas encendiendo,
Salió la luna que alumbró piadosa
La yerta faz del infeliz enfermo.
-Tabaré -prorrumpieron los soldados.
-¡El indio de los ceibos!
-¡El Indio loco!
-¡El de los ojos verdes!
-¡El fantasma del cuento
El fraile la cabeza
De Tabaré apoyó sobre su pecho.
Los soldados entonces se engañaban
Al creer que el Indio aquel no era un espectro!

Juan Zorrilla de San Martin

12 de junio de 2011

LIBRO SEGUNDO CANTO PRIMERO



I

¿Quién ata las pasadas sensaciones
En haces de quimeras
Que, al roce de un recuerdo no buscado
Juntas en el cerebro se despiertan,
Y nadando en un medio indefinible
Con nuestras almas piensan?
Las notas ignoradas que en la noche
Hasta nosotros llegan
¿Por quién son recogidas, ajustadas
A un ritmo misterioso, a una cadencia,
Para formar ese himno prolongado
Con que las sombras ruega:
Esa flotante ebullición sonora
Que en el aire semeja
De mil voces distintas y lejanas
Los ayes, las palabras o las quejas
Que a extinguirse temblando a nuestro lado
Como heridas se acercan?
¿Quién llora con la luna en los sepulcros,
Y ríe en las estrellas.
Y respira en las auras otoñales,
Y anima la hoja seca,
Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia
Y en la Pupila idea?
Acaso en los espacios infinitos
Que el hombre no penetra,
La vida y la armonía se difunden
En cuyas formas entran,
Corno elemento indispensable y justo,
Los ignorados llantos de la tierra.
Los ayes de las razas extinguidas,
Su soledad eterna,
Los destinos obscuros, lo, suspiros,
Las lágrimas secretas.
Los latidos que el mundo no comprende
Y en la eterna armonía se condensan.
vosotros, los que améis losimposibles,
Los que vivís la vida de la idea,
Los que sabéis de ignotas muchedumbres
Que los espacios infinitos pueblan;
Los que escucháis quejidos y palabras
Donde el silencio reina
Y algo más que la idea del invierno
Os sugiere el rodar de la hoja seca.
Escuchad el acorde arrebatado
Al rumor misterioso de la selva,
La voz de aquella noche sin aurora
Que difunde, su sombra en mi leyenda.

II

La corriente del tiempo,
En brazos del pasado,
Como el cadáver de otros tantos hijos,
Ha dejado los años tras los años.
Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro
Deja envuelto en la sombra de las islas
A un villorrio español, que fue fundado
En la desierta margen donde el río
San Salvador, hermoso tributario
Del Uruguay, derrama en éste
Su caudal, entre sauces y guayabos.
El pueblo aquel, sentado en el desierto
Como un aventurero temerario,
¿Es algo más que una visión de gloria?
¿Brotó del suelo o descendió de lo alto?
Sus cimientos han sido varias veces
Con sangre de dos razas amasados;
Sus techos convertidos en hogueras,
Varias veces al campo iluminaron;
Y ya, más de una vez en la colina
Quedaron sus escombros solitarios,
Como los negros miembros de un gigante
Por la zarpa del tigre hecho pedazos.
Desde el fondo del bosque, los charrúas
Observan los bastiones castellanos,
Las rudas estancadas
De troncos de algarrobos y quebrachos
Antemura sin fosos ni poternas,
Remedo de baluarte que, hacia el campo
Defiende el caserío
Cuyos techos se asoman al barranco.
Techos pajizos de bambú, con hebras
de la raíz del ñapindá amarrados;
Muros de tierra negros
Entre despojos de bateles náufragos,
Que rodean la casa construida
Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado,
Con sillares de piedra
Que el tiempo y los incendios respetaron;
Tal es la población conquistadora
En que aun tremola el pabellón hispano,
Sereno corno siempre
El desierto sin nombre desafiando,
En una tierra, madriguera hermosa
Del indio más bizarro
De los que aullaron y aguzaron flechas
En el salvaje mundo americano:
Como el cachorro oculto bajo el cuerpo
Del tigre provocado,
Así se esconde la uruguaya tierra
De su indómito rey bajo los arcos.
El indio ruge, al escuchar la planta
Del extranjero blanco,
Con rugidos de rabia y de deseo,
Siempre en acecho, cauteloso, huraño.
Brilla el ojo del indio en la espesura;
Suena por todos lados
Su alarido feroz; brotan rabiosos
De entre las flores sus agudos dardos.
¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento
Sus gritos ignorados.
Donde esconde la muerte las lumbreras
Que enciende sobre el haz de los pantanos.
Allí donde tan sólo se ve un grupo
De chircas o de cardos,
Hay rostros, escondidos en la sombra,
Siempre despiertos, sangre olfateando.
Allá en el matorral algo se mueve...
¿Quién trepa en el barranco?
¿Sentís un grito en la lejana orilla?
Es la muerte... si vais, veréis su rastro.
¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto,
Quizá lo sobrehumano;
Algo más que la muerte, más oscuro...
¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo?
España va, la cruz de su bandera,
Su incomparable hidalgo;
La noble raza madre en cuyo pecho
Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos,
El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,
Era el cerebro acaso
Del continente muerto,
Ya sumergido en el abismo Atlántico.
Que, no teniendo en sí, para el cadáver
De aquel coloso espacio.
Dejó asomar, sobre la vasta tumba
Miembro insepulto, el mundo americano,
Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo,
Con pasmo temerario.
Luchar con lo fatal desconocido;
Despertar el abismo y provocarlo;
Llegarse a herir el lomo del desierto
Dormido en el regazo
De la infinita soledad su madre,
Y en él cavar el pabellón cristiano,
Y resistir la convulsión suprema
Del monstruo aquél al revolverse airado,
Sin que el pavor le acongojara el alma,
Ni el resistir le desarmara el brazo.

III

En las torcidas calles del villorio
La guarnición se ve diseminada:
Quién aguza en la piedra
El hierro de su lanza,
Quién enluce un mohoso
Capacete, o remalla
Alguna vieja cota, o busca en vano
Sobre la gola encaje a la celada;
Quién las piezas ajusta
De sus gastadas armas,
Espaldares o antiguas escarcelas
De coseletes varios arrancadas;
Mientras allá, a la sombra
Tendido en una acacia,
Algún soldado arrulla sus recuerdos
Con un cantar querido de la patria.
El brazo desfallece,
Sin que por ello desfallezca el alma
De los rudos guerreros españoles
Que para dar la postrimer lanzada,
Persiguen y no encuentran
El corazón de la invencible raza
Que prolonga el honor de su agonía
Más allá de su vista legendaria
En el cobrizo Pecho de algún indio
Postrado en la batalla,
Las escamas grabadas y arabescos
Se hallaron de las cotas Y corazas.
De los blancos guerreros que el charrúa,
Con fuerza extraordinaria,
Estrujaba en el nudo de sus brazos
Que la Muerte tan sólo desataba;
Y en los dientes de muchos,
O en sus manos crispadas
Trozos sangrientos de enemiga carne
Con vestigios de vida palpitaban
Pero jamás un ruego,
Nunca una Sola lágrima
Plegó los labios ni anublo los ojos
Del sueño de las selvas uruguayas.

IV

Sapicán, el cacique mas anciano,
Ya cayó en la batalla
Después que Por Garay en la llanura
Vio deshechas sus tribus más bizarras.
Sopló la Muerte y apagó en sus ojos,
Sedientos de venganza
El último fulgor. Pero aun la muerta
Bel indio en las pupilas amenaza,
Cuando las tribus, con clamor inmenso,
Del combate separan
Su cadáver, envuelto en los vapores
De la caliente sangre que derrama.
Murió; pero en la noche, cuando el astro
No alumbra las barrancas
Y se duermen las víboras, y agita
Sólo el ñacurutú sus lentas alas;
Cuando las sombras salen de los árboles
Y con los vientos andan.
Y la nutria nadando cruza el río,
Y canta el grillo oculto entre las matas,
El cacique aparece.
Ya lo han visto las tribus espantadas
Buscar en vano su arco entre los juncos
0 su maza de pórfido en las aguas.
Cuando como jauría
De lebreles con alas,
Vientos de tempestad cruzan rabiosos
Aullando de la selva entre las ramas;
Cuando las nubes negras
Se ven amontonadas
Un momento no más sobre el relámpago
Que por el fondo de los cielos pasa,
Y las gotas de lluvia
En las hojas restallan,
Y golpean el lomo de los tigres
Que encandilados y encogidos braman.
La sombra silenciosa
Cruza en los aires pálida,
En medio la tormenta que acaudilla
Con su antigua actitud siempre gallarda.
Esa es su frente estrecha,
Su cabellera lacia,
Y su saliente pómulo, y sus ojos
Pequeños, de pupila prolongada.
Al acecho dispuesta
Y a devorar distancias;
A encenderse, a apagarse entre la sombra,
Y a comprimir relámpagos de rabia.
El viento que en su torno
Los centenarios ñandubáis descuaja,
No mueve ni un cabello del cacique
Que a través de los árboles resbala,
y si acaso dispersa
Los miembros de la sombra alguna ráfaga
De los vientos del Sur vuelven al punto
A reunirse y cobrar la forma humana,
El rayo no lo ofende
Aunque a liarse a su cabeza vaya,
O silbando en su cuerpo se retuerza
Y lo ilumine con su lumbre cárdena.
El indio sigue mudo,
Buscando siempre su guerrera maza,
Y a su paso los tigres se espeluznan
Y las tribus se esconden espantadas.
Las plumas erizando,
Dando graznidos, el fulgor apagan
De sus redondos ojos las lechuzas
Que huyen a guarecerse en las barrancas.
Hasta que, al oír el indio
La primera canción que anuncia el alba,
En el aire sutil pierde sus formas,
Se diluye en la luz, se va o se apaga.

V

También Abayubá cayó en la lucha!
Abayubá a quien llaman
En vano con sus grandes alaridos
Las tribus que el cacique acaudillaba.
Era el joven amado
Del viejo Sapicán; con sus palabras
Encendía el valor de los charrúas
Y con su paso y su actitud gallarda.
Aun contaba sus fríos
Por sus manos que, hiriendo con la maza,
Eran rudas y fuertes como el viento
Que sopla al Uruguay desde las pampas.
¡Cómo cayó! Al sentirse
Pasado por el hierro de una lanza,
Trepó por ésta hasta morir, cortando
Con el diente afilado por la rabia.
La rienda del caballo en cuya grupa
El español acaba
Con el puñal, la destructora brega
Que la ocupada lanza comenzara.

VI

¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona?
También sus sombras vagan
En la noche sin lunas, y se envuelven
En el triste vapor de las montañas.
¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto
Buscaba en el combate la venganza
De Abayubá, cuando del sueño frío
Sintió en los huesos la corriente helada.
El fiero Magaluna.
Ligero como el tigre, se abalanza
Al cuello del corcel del enemigo
Al que sus dientes y sus uñas clava:
Se agita, grita, ruge.
Mientras el jinete el pecho le traspasa:
Sólo la muerte lo desprende, y yerto
El cuerpo sólo se desploma y calla.
No volverá a tenderse
El arco de algarrobo que ajustaba
La mano de Yaci, del joven indio
Que daba muerte al yacaré en las aguas:
No encenderá sus fuegos
En el bosque del Hum ni en sus barrancas
El valiente Terú; las sombras negras
Gimen cuando se posan en sus armas.
Maracopá y Abaroré no existen¡
¡Gualconda ya es esclava!
Ya no reirá la dulce Liropeya,
La virgen más hermosa de la playa.
Hija del tiempo de los soles largos,
Que brillan en las ramas
Cuando el botón del ceibo se revienta
Como urna de sangre. Por llevaría
A sus toldos de pieles, muchos indios
Se hendieron con sus hachas;,
Venció Yandubayú,
Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda.
Murió Yandubayú, ¡también ha muerto?
Jamás en su piragua
Vendrá a buscar a Liropeya, nunca
Se oirá su voz en medio la batalla.
Los hijos valerosos
De muchas indias, cuando no contaban
Haber visto diez veces hojas nuevas.
Abrir en el penacho de las palmas,
Han caído en la lucha
Dando débiles gritos de venganza;
Sus brazos no eran fuertes y sus flechas
Eran temidas sólo de las gamas.
Los viejos que habían visto
Nacer la primer luna, y en los talas
En que hoy las uñas el leopardo afila
Habían visto correr la primer savia,
También hicieron arcos,
Y aguzaron las puntas de las lanzas,
Y fueron al combate lentamente
Apoyados en ellas o arrastrándolas.
Y todos han caído
Unos tras otros en la diestra pampa;
Y nadie abrió sus párpados; la noche
Bajo de ellos quedó, la noche larga,
Triste, sin lunas, la del viento negro,
En la que nunca aclara.
Ya no se mueven los caciques indios,
No encienden fuegos; para siempre callan.

VII

Héroes sin redención y sin historia,
Sin tumbas y sin lágrimas!
¡Estirpe lentamente sumergida
En la infinita soledad arcana!
¡Lumbre espirante que apagó la aurora,
Sombra desnuda muerta entre las zarzas
Ni las manchas siquiera
De vuestra sangre nuestra tierra guarda,
Y aun viven los jaguares amarillos!
¡Y aun sus cachorros maman!
¡Y aun brotan las espinas que mordieron
La piel cobriza de la extinta raza!
Héroes sin redención y sin historia,
Sin tumbas y sin lágrimas;
Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido?
¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?
Como el pájaro canta en una ruina,
El trovador levanta
La trémula elegía indescifrable
Que a través de los árboles resbala,
Cuando os siente pasar en las tinieblas
Y tocar con las alas
Su cabeza, que entrega a los embates
Del viento secular de las montañas.
Sombras desnudas que pasáis de noche
En pálidas bandadas
Goteando sangre que, al tocar el suelo,
Como salvaje imprecación estalla:
Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso
Mártires de una patria,
Monstruoso engendro a quien feroz la gloria
Para besarlo, el corazón arranca?
Sois del abismo en que la mente se hunde
Confusa resonancia;
Un grito articulado en el vacío
Que muere sin nacer, que a nadie llama;
Pero algo sois. El trovador cristiano
Arroja, húmedo en lágrimas
Un ramo de laurel a vuestro abismo...
Por si mártires fuisteis de una patria!

Juan Zorrilla de San Martin

28 de diciembre de 2010

LIBRO PRIMERO CANTO SEGUNDO


I

Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
Balancearon los verdes camalotes,
Y en el silencio del juncal murieron.
Las aguas se han cerrado;
Las algas despertaron de su sueño,
Y a la flor abrazaron, que moría,
Falta de luz, en el profundo légamo...
Las grietas del sepulcro
Han engendrado un lirio amarillento;
Tiene el perfume de la flor caída.
Su misma palidez... La flor ha muerto!
Así el himno sonaba
De los lejanos ecos;
Así cantaba el urutí en las ceibas.
Y se quejaba en el sauzal el viento.
Siempre llorar la vieron los charrúas;
Siempre mirar al cielo,
Y más allá... Miraba lo invisible
Con sus ojos azules y serenos.
El cacique a su lado está tendido.
Lo domina el misterio;
Hay luz en la mirada de la esclava.
Luz que alumbra sus lágrimas de fuego,
Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas

II

Ese dulce reflejo
De que se forma el nimbo de los mártires,
La diáfana sonrisa de los cielos.
Siempre llorar la vieron los charrúas,
Y así pasaba el tiempo.
Vedla sola en la playa. En esa lágrima
Rueda por sus mejillas un recuerdo.
Sus labios las sonrisas olvidaron.
Sólo brotan de entre ellos
Las plegarias, vestidas de elegías,
Como coros de vírgenes de un templo.

III

Un niño, llora. Sus vagidos se oyen
Del bosque en el secreto,
Unidos a las voces de los pájaros
Que cantan en las ramas de los ceibos.
Le llaman Tabaré. Nació una noche
Bajo el obscuro techo
En que el indio guardaba a la cautiva
A quien el niño exprime el dulce seno.
Le llaman Tabaré. Nació en el bosque
De Caracé el guerrero;
Ha brotado en las grietas del sepulcro
Un lirio amarillento.
Sonrisa del dolor, hijo del alma,
¡Alma de mis recuerdos!
Lo llamaba gimiendo la cautiva
Al estrecharlo en el materno pecho.
Y al entonar los cánticos cristianos
Para arrullar su sueño:
Los cantos de Belén que al fin escucha
La soledad callada del desierto.
Los escuchan las dulces alboradas,
Los balbucen los ecos
Y, en las tardes que salen de los bosques,
Anda con ellos sollozando el viento.
Son los cantos cristianos, impregnados
De inocencia y misterio,
Que acaso aquella tierra escuchó un día,
Como se siente el beso de un ensueño.

IV

El indio niño en las pupilas tiene
El azulado cerco
Que entre, sus hojas pálidas ostenta
La flor del cardo en pos de un aguacero,
Los charrúas, que acuden a mirarlo,
Clavan sus ojos negros
En los ojos azules de aquel niño
Que se reclina en el materno seno.
Y lo oyen y lo miran asombrados
Como a un pájaro nuevo
Que, unido a las calandrias y zorzales,
Ensaya entre las ramas sus gorjeos.
Mira el niño a la madre. Está llorando,
Lo mira y mira el cielo,
Y envía en su mirada al infinito
Un amor que en el mundo es extranjero.
Mas ya ama al bosque, porque da su sombra
Al indiecito tierno;
Ya es para ella más azul el aire,
Más diáfano el ambiente y más sereno.
La tarde, al descender sobre su alma,
Desciende como el beso
De la hermana mayor sobre la frente,
Del hermanito huérfano;
Y tiene ya más alas su plegaria,
Su llanto más consuelo,
Y más risa la luz de las estrellas,
Y el rumor de los sauces más misterio.
.........................

V

¿Adónde va la madre silenciosa?
Camina a paso lento
Con el niño en los brazos. Llega al río.
¡Es la hermosa mujer del Evangelio
¡E invoca a Dios en su misterio augusto!
Se conmueve el desierto.
Y el indio niño siente en su cabeza
De su bautismo el fecundante riego.
La madre le ha entregado sollozando
El gran legado eterno.
El Uruguay, al ofrecer sus aguas
Entona en el juncal un himno nuevo.
Se eleva, en transparentes espirales
El primitivo incienso;
Una invisible aparición derrama
De su nimbo la luz entre los ceibos.
Se adivinan cantares
A medio pronunciar que flotan trémulos.
Y de que seres absortos los escuchan
Se cree sentir el contenido aliento;
Hay sonrisas posadas
Entre los puros labios entreabiertos
De un invisible coro que, en el aire,
Bate a compás sus alas en silencio.
Hay contacto del cielo con la tierra...
¡Es que hay allí misterio!
Vacila el hombre ante su influjo y mudo
Cierra los ojos, para ver más lejos.

VI

Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos
Gotas de llanto veo
Que humedecen tu voz y tus miradas,
Tus cantos y tus besos;
Con ese llanto siempre
Al despertar te encuentro
Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas
Hasta el mismo silencio de tus sueños?
¡No llores más! Porque no llores nunca
Yo rezo, siempre rezo
La oración qué despierta en mis auroras
Y se duerme conmigo cuando duermo.
¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden.
¿Oyes? Están muy lejos.
Beben sangre de Palmas y algarrobos,
Y después dormirán no tengas miedo.
En la cruz que reciben las plegarias,
En esa que has clavado entre los ceibos,
A hacer su nido bajarán los ángeles
Y a recoger mis ruegos.
No llores, que la virgen invisible
Que me enseñas a amar, vendrá por ellos.
Y a ti también te besará en la frente,
Y a nuestro lado velará tu sueño.
La madre sollozaba;
Estrechaba a su hijo sobre el seno,
Y sus miradas húmedas
Escalaban los mundos ascendiendo.
Huían de la tierra, hasta posarse
En el regazo eterno
Pero el cielo ansiosas descendían
El indio niño a acariciar de nuevo.

VII

Cayó la flor al río,
Y en el obscura légamo
Derramó su perfume entre las algas.
Se ha marchitado, ha muerto.
Las algas la estrecharon
En sus brazos de hielo...
Ha brotado en las grietas del sepulcro
Un lirio amarillento.

VIII

Duerme, Hijo mío. mira: entre las ramas
Está dormido el viento;
Así tu llanto
No será acerbo.
Yo empaparé de dulces melodías
Los sauces y los ceibos,
Y enseñaré a los pájaros dormidos
A repetir mis cánticos maternos.
El niño duerme, Duerme sonriendo.
La madre lo estrechó dejó en su frente
Una lágrima inmensa, en ella un beso,
Y se acostó a morir. Lloró la selva
Y, al entreabrirse, sonreía el cielo.

XI
¿Sentís la risa? Caracé el cacique
Ha vuelto ebrio, muy ebrio.
Su esclava estaba pálida, muy pálida...
Hijo y madre ya duermen los dos sueños.

Juan Zorrilla de San Martin

14 de marzo de 2010

LIBRO PRIMERO CANTO PRIMERO



I

El Uruguay y el Plata
Vivían su salvaje primavera;
La sonrisa de Dios de que nacieron
Aun palpita en las aguas y en las selvas;
Aun viste el espinillo
Su amarillo típoy; aun en la hierba
Engendra los vapores temblorosos
Y a la calandria en el ombú despierta;
Aun dibuja misterios
En el mburucuyá de las riberas,
Anuncia el día, y por la tarde enciende
Su último beso en la primera estrella;
Aun alienta en el viento
Que cimbra blandamente las palmeras.
Que remece los juncos de la orilla
Y las hebras del sauce balancea;
Y hasta el río dormido
Baja en el rayo de las lunas llenas,
Para enhebrar diamantes en las olas,
Y resbalar o retorcerse en ellas.

II

Serpiente azul de escamas luminosas
Que, sin dejar sus ignoradas cuevas,
Se enrosca entre las islas, y se arrastra
Sobre el regazo virgen de la América,
El Uruguay arranca a las montañas
Los troncos de sus ceibas
Que, entre espumas e inmensos camalotes
Al río como mar y al mar entrega.
El himno de sus olas
Resbala melodioso en sus arenas,
Mezclando sus solemnes pensamientos
Con el del blanco acorde de la selva;
Y al grito temeroso
Que lanzan en los aires sus tormentas,
Contesta el grito de una raza humana
Que aparece desnuda en las riberas.
Es la raza charrúa
De la que el nombre apenas
Han guardado las hondas y los bosques
Para entregar sus notas al poema;
Nombre que aun reproduce
La tempestad lejana, que se acerca
Formando los fanales del relámpago
Con las pesadas nubes cenicientas.
Es la raza indomable
Que alentó en una tierra
Patria de los amores y las glorias,
Que al Uruguay y al Plata se recuesta;
La patria, cuyo nombre
Es canción en el arpa del poeta,
Grito en el corazón, luz en la aurora,
Fuego en la mente, y en el cielo estrella.

III

La encuentra el pensamiento antes que el hombre
Antiguo la sorprenda,
En lucha con la tierra y con el cielo,
Y en su salvaje libertad envuelta.
Para ella, el horizonte cierra el mundo
Con un muro de piedra;
Tras él duermen las tardes y las lunas;
Tras él la aurora duerme y se despierta,
Cruza el salvaje errante
La soledad de la llanura inmensa
Y el amarillo tigre, como él hosco,
Como él fiero y desnudo, la atraviesa.
El tigre brama; el indio
Contesta en el silbido de su flecha.
¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso,
Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja?
¿Para él está formada
Esa encantada tierra
Que a los diáfanos cielos de Diciembre
Les devuelve una flor por cada estrella?
¿Para él sus grandes ríos
Cantando se despeñan
Los himnos inmortales de sus ondas?
¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella?
¿Fue el último vestigio
De un mundo en decadencia?
¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso
Que surgió obscura de la luz eterna?
La eterna lumbre sólo engendra auroras.
La noche, las tinieblas
Son ausencia de luz; la eterna noche
Es sólo del Creador la eterna ausencia.
En esa raza, en su excelso origen
Aun el vestigio queda,
Como el toque de luz amarillento
Que un sol que muere en los espacios deja.
Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños,
Fuego que encienden sólo las ideas;
Mas la lumbre se extingue, y una raza
Falta de luz, se extinguirá con ella.
Nacida para el bien, el mal la rinde;
Destinada a la paz, vive en la guerra...
¡Hojas perdidas en su tronco enfermo
El remolino las arrastra enfermas¡

IV

A las tribus lejanas
Convocan las hogueras
Que encendió Caracé sobre las lomas
Como gritos de fuego y de pelea.
Caracé, en cuyo cuerpo
Las heridas se cuentan
Como las manchas en la piel del tigre,
Y por eso le prestan obediencia.
Caracé, en cuyo toldo
Las pieles y sangrientas cabelleras
De los caciques yaros y bohanes
Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza;
Que tiene diez mujeres
Que aguzan las espinas de sus flechas,
Y los fuegos encienden de su toldo,
Y el jugo de las plantas le fermentan,
Nadie sabe los fríos
Que ha vivido el cacique; pero cuentan
Que allá en el tiempo de los soles largos,
Al Uruguay llegó, desde la sierra.
Lejana, muy lejana,
Que ve salir el sol, cuando las ceibas
En que hoy anida el águila, sentían
Correr la savia en su primer corteza.
Ya entonces había visto
Cruzar las lunas en las horas lentas;
Pero aun es joven cual si con sus manos
Contar sus fríos Caracé pudiera;
Aun en sus fuertes dedos
Es la maza de piedra
El brazo de la muerte que en las tribus
Derrama el frío que en Ion huesos queda.

V

¿Por qué el vicio cacique
A las turbas congrega,
Toma la maza y apercibe el arco
Que nadie sino él cimbrar intenta?
Por qué bajo sus párpados
Brilla con luz siniestra
La pupila pequeña y prolongada
En que se encienden sus miradas fieras?
¿Acaso los bohanes
La vencida cabeza
Alzan de nuevo, y su guerrera lanza
Del charrúa clavaron en la selva?
¿Acaso al otro lado
Del río como mar, las humaredas
Se ven del indio querandí, y provocan
Del Uruguay la tribu turbulenta?
No: Caracé no teme
Que los indios se atrevan
A encender junto al Hum un solo fuego
Mientras seis lunas a brillar no vuelvan.
Lo que hace que el cacique
Ciña a su frente estrecha
Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo,
Y al par del fuego, su mirada encienda,
Es que tendido estaba
En la playa desierta,
Cuando vio que cruzaba por las islas
Del Paraná-Guazú, piragua inmensa.
Que como garza enorme,
Flotaba entre la niebla
Dando a los aires las extrañas alas,
Y volando con rumbo a la ribera.
El Uruguay en vano
Sale a su encuentro y ladra bajo de ella;
En vano, con sus olas encrespadas,
Sus costados airados abofetea;
La nave altiva:
Lanza un grito del cielo que retiembla,
Llega a la costa y, agarrando al río
Por la erizada crin, en él se sienta.

VI

A Caracé el cacique
Han rodeado las tribus más guerreras,
Y entre el espeso matorral del río,
Como banda escondida de luciérnagas,
Los ojos de los indios fosforecen,
Al ver sobre la arena
Cómo descienden de la extraña nave
Los hombres blancos de la raza nueva
Y cómo, dando al viento
Y clavando en el suelo su bandera,
Se agrupan en su torno, y con sus voces
La sorprendida soledad atruenan.
¡Extraños seres! Brillan
A los rayos del sol. Nada recelan.
Y las lomas los miran y el barranco;
Y el Uruguay se empina y los observa,
Y los indios ocultos
Mutuamente se muestran,
Con los brazos desnudos extendidos,
El grupo extraño que al jaral se acerca.

VII

Entre inmenso alarido,
Una lluvia rabiosa de saetas
Parte del matorral, y de salvajes
Un enjambre fantástico tras ellas.
La bola arrojadiza
Silba y choca del blanco en la cabeza,
Cae al sepulcro el español herido
Amortajado en su armadura negra,
.....................
Y los guerreros blancos
Huyen despavoridos por las breñas,
Dejando sangre en la salvaje playa
Y una mujer en la sangrienta arena.
Parece flor de sangre,
Sonrisa de un dolor; es la primera
Gota de llanto que, entre sangre tanta,
Derramó España en nuestra tierra.
Pálida como un lirio,
Sola con vida entre los muertos queda.
Caracé, que a su lado se detiene,
Con avidez salvaje la contempla,
Mientras los rudos golpes
De las hachas de piedra
Del postrado español en la armadura
Y en los cráneos inmóviles resuenan.

VIII

"De los guerreros muertos
Vuestra será la hermosa cabellera:
Su blanca piel ajuste vuestros arcos,
Y sus dientes adornen vuestras tiendas;
Y sus extrañas armas,
Ove brillan como el astro, serán vuestras;
Y los tipoys que sus espaldas cubren
Como las rojas flores a la ceiba.
Caracé sólo quiere
En tu toldo a la blanca prisionera,
Que de su techo encenderá los fuegos,
Los fuegos de] amor y de la guerra".
Tal hablaba el cacique
En sus brazos llevando a Magdalena
Al bosque solitario de los talas
En que el indio formó su madriguera.

IX

Hermanos del dolor, bardos amigos,
Trovadores galanos de mi tierra,
Que me seguís en la jornada obscura
A través del misterio de la selva:
Ensayad en el alma
El acorde otoñal: la noche llega.
El acorde que suena cuando el ave
Vuelve en silencio al nido que la espera;
Y hasta el lirio más pálido del campo
Para dormir en paz su bronce cierra,
Y su perfume virgen
Con el amor de otros perfumes sueña.
Vosotros, los que al paso de la tarde
Inclináis tristemente la cabeza,
Y amáis el cielo cuando en él agita
Su ala tremante la primera estrella;
Calzaos las sandalias
Con que hasta el alma del dolor se llega.
Sí el alma vuestra, oh, bardos!,
Bañada en el Jordán de la tristeza,
Es pura como la última palabra
Que acaso os dijo vuestra madre muerta,
Llegaos en silencio
Al tálamo sangriento de la selva...
Es ya de noche; los rumores lloran...
¡No despertéis a la española enferma

Juan Zorrilla de San Martin