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5 de diciembre de 2009

PARABOLA DEL HUESPED SIN NOMBRE



Han llamado a mi puerta,
que siempre está de par en par abierta
y que esta vez la ráfaga nocturna
cerró de un golpe...
Sola y taciturna,
en el umbral detiénese la extraña
silueta del viador. Lívida baña
su faz la luna; tiene el peregrino
sangre en los pies cansados del camino;
ojos en que retrátase y fulgura
una vasta visión que ha tiempo dura
en incesante asombro;
y con la gruesa alforja, la insegura
mano sustenta un báculo en el hombro.

-¿Quién eres tú? ¿De dónde
vienes, y adónde vas?... Y me responde:
-Nunca supe quién soy, y no sé nada
del principio y el fin de mi jornada.

¡Yo sólo sé que en la llanura incierta
de mi peregrinar, llegué a tu puerta;
que mi cansancio pide tu hospedaje,
y que a la aurora seguiré mi viaje.
Destino, patria, nombre...
¿No te basta saber que soy un hombre?

A sus palabras pienso que mi vida
es como una pregunta suspendida
en el arcano mudo, y digo: -Pasa,
sea la paz contigo en esta casa.

Y entra el viador, y nos quedamos luego
al amparo del fuego.
Nuestro mutismo sobrecoge y pasma,
y cual doble fantasma
que evocara un conjuro,
se alargan nuestras sombras en el muro...

Enrique González Martínez

22 de noviembre de 2009

SALLE ET SILLE



Quema a solas- ¡a solas!- el incienso
de tu santa inquietud, y sueña, y sube
por la escala del sueño...Cada nube
fue desde el mar hasta el azul inmenso.
Y guarda la mirada
que divisaste en tu sendero- una
a manera de ráfaga de luna
que filtraba el tamiz de la enramada-;
el perfume sutil de un misterioso
atardecer; la voz cuyo sonido
te murmuró mil cosas al oído;
el rojo luminoso
de una cumbre lejana;
la campana
que daba al viento su gemido vago...
La vida debe ser como un gran lago
cuajado al soplo de invernales brisas,
que lleva en su blancura sin rumores
las estelas de todas las sonrisas
y los surcos de todos los dolores.
Toda emoción sentida,
en lo más hondo de tu ser impresa
debe quedar, porque la ley es esa:
no turbar el silencio de la vida,
y sosegadamente
llorar , si hay que llorar, como la fuente
escondida.

Enrique González Martínez

3 de noviembre de 2009

INTUS



Te engañas, no has vivido... No basta que tus ojos
se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos
se posen sobre todos los dolores humanos
ni que tus plantas crucen por todos los abrojos.

Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto
surque las lobregueces de tu interior a tientas;
mientras en un impulso de sembrador no sientas
fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.

Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,
tener con mano firme la lámpara encendida
sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo...

Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma,
que absorto en la infinita soledad de ti mismo,
no escuches sino el vasto silencio de tu alma.

Enrique González Martínez

8 de octubre de 2009

DAT SIGNUM



¡Feliz instante! Del galán al peso,
la doncella al final rueda vencida,
sobre el césped que cómplice convida
del libre amor al inefable exceso.

Un cefirillo plácido y travieso
viene a avivar la lumbre ya encendida...
¿Qué mucho que ella al fin quede rendida
y que se escuche el estallar de un beso?

Un cercano rumor de pasos suena,
grana tardía a las mejillas brota,
huye el galán y acábase la escena;

y confusa al pensar en su derrota,
Casta suspira, y coge de la arena
un lazo azul... y la vasija rota...

Enrique Gonzalez Martinez

17 de septiembre de 2009

PORQUE YA MIS TRISTEZAS



Porque ya mis tristezas son como los matices
sombríos de los cuadros en que la luz fulgura;
porque ya paladeo la gota de la amargura
en el dorado néctar de las horas felices;

porque sé abandonarme, con la santa inconsciencia
de una tabla que flota, sobre el mar de la vida,
y aparté de mis labios la manzana prohibida
con que tentarme quiso el árbol de la ciencia;

porque supe vestirme con el albo ropaje
de mi niñez ingenua, aspirar el salvaje
aroma de los campos, embriagarme de sol,
y mirar como en antes el pájaro y la estrella
-el pájaro que un día me contó su querella;
la estrella que una noche conmigo sonrió-,

y porque ya me diste la calma indeficiente,
vida, y el don supremo de la sonrisa franca,
sobre la piedra blanca voy a posar mi frente
y marcaré este día con otra piedra blanca...

Enrique González Martínez

3 de septiembre de 2009

MI TRISTEZA ES COMO UN ROSAL FLORIDO



Mi tristeza es como un rosal florido.
Si helado cierzo o ráfaga ardorosa
lo sacuden, el pétalo caído
se trueca en savia y se convierte en rosa...

Mi tristeza es como un rosal florido.
En mi dulce penumbra sin ruido,
la propia vida con mi llanto riego,
y las horas dolientes que he vivido
impregnan de perfumes mi sosiego...

Mi tristeza es como un rosal florido.
Tú que colgaste en mi dolor tu nido,
sabes que a cada mal brota una yema
y revienta un botón a cada olvido.
¡Perenne floración y eterno emblema!...
Mi tristeza es como un rosal florido.

Enrique González Martínez

1 de septiembre de 2009

RUSTICA



El retozo

No en retóricas vanas el osado
el tiempo pierde y la ocasión propicia;
es tentación muy fuerte la delicia
de aquel rostro gentil y sonrosado.

La fresca brisa y el mullido prado
avivan el afán de la caricia...
¡Fuera en verdad torpeza o estulticia
a Eros tutelar dejar burlado!

Ni fácil ni segura la victoria,
por alcanzar del triunfador la gloria
ninguna avanza ni tampoco ceja;

ágil el mozo, la doncella ducha,
uno del otro dignos, nueva lucha
de Jacob con el Angel asemeja.

Enrrique González Martínez

30 de agosto de 2009

IRAS SOBRE LA VIDA DE LAS COSAS



Irás sobre la vida de las cosas
con noble lentitud; que todo lleve
a tu sensorio luz: blancor de nieve,
azul de linfas o rubor de rosas.
Que todo deje en ti como una huella
misteriosa grabada intensamente:
lo mismo el soliloquio de la fuente
que el flébil parpadeo de la estrella.
Que asciendas a las cumbres solitarias,
y allí, como arpa eólica, te azoten
los borrascosos vientos, y que broten
de tus cuerdas rugidos y plegarias.
Que esquives lo que ofusca y lo que asombra
al humano redil que abajo queda,
y que afines tu alma hasta que pueda
escuchar el silencio y ver la sombra.
Que te ames en ti mismo, de tal modo
compendiando tu ser, cielo y abismo,
que sin desviar los ojos de ti mismo
puedan tus ojos contemplarlo todo.
Y que llegues, por fin, a la escondida
playa con tu minúsculo universo,
y que logres oír tu propio verso
en que palpita el alma de la vida.

Enrique González Martínez

25 de julio de 2009

SOLEDAD TARDIA



Soledad, bien te busqué
mientras tuve compañía...
Soledad, soledad mía,
viniste cuando se fue...
De tus brazos me escapé
cuando en tus brazos dormía;
estar a solas quería
sin adivinar por qué.
Toda la noche vagué,
por verte, soledad mía;
regresé rayando el día,
y dormida la encontré.
De puntillas me alejé
burlando su compañía
por hallarte, y no te hallé;
pero un día que volví,
no la encontré...
¡Ay, mi soledad tardía,
viniste cuando se fue!
Lloré porque no podía
hallarte, soledad mía...
y lloré porque te hallé...

Enrique González Martínez

17 de julio de 2009

LA CIUDAD ABSORTA



Soplaba un manso viento de aquel lado del mar...
La turba era una sola alma para escuchar.

Se concentraba todo en el vago sonido
que venía de lejos... La tarde era tan pura
y la emoción tan honda, que el alma hubiera oído
el vuelo de un celaje cruzando por la altura.

Sólo el mar prolongaba su angustioso tormento
mientras la turba oía la palabra del viento.

Ciudad que vi una tarde y cuyo nombre ignoro;
ciudad de vida unánime y silencios de oro;
ciudad absorta y muda, ciudad cuyo sentido
único es la insaciable codicia del oído;
ciudad a quien la llama de crepúsculos rojos
no despierta una sola inquietud en los ojos;
ciudad que nada mira, ciudad que nada atiende
porque escucha y comprende...

Urbe de cuyos hombres, al pasar a su lado,
no podré decir nunca que me hubiesen mirado;
vieja ciudad fantástica de quien decir no acierto
si la crucé dormido o la soñé despierto...
¡He perdido tu rumbo! ¿Quién me dirá si existes,
obsesión de mis horas infecundas y tristes?
¡Quién sabe si entre sueños te volveré a escuchar,
oh viento que soplabas de aquel lado del mar!...

Enrique González Martínez

9 de junio de 2009

YO VOY ALEGREMENTE POR DONDE VA LA VIDA....




Yo voy alegremente por donde va la vida,
entre vernales hálitos o ventiscas de otoño,
mirando cómo cuaja en la yema el retoño
o cómo voltejea una rosa caída.

Yo voy con el pie ligero y labio sonriente
a veces solo, a veces con el turbión humano,
y llevo mis ensueños cogido de la mano
y mi enjambre de rimas en torno de la frente.

Tengo una flama oculta que siempre va conmigo,
flama de amor que nunca se extingue ni consume;
si hay una flor al paso, aspiro su perfume;
si hay una fresca boca, corro a besarla... y sigo...

Yo soy como un viajero que cruza la floresta
sin que jamás le importe ni rumbo ni distancia,
a quien el bosque entona un himno de fragancia,
una canción de risas y un madrigal de fiesta.

Yo sé que viento y lluvias con ímpetu salvaje
suelen barrer las frondas; mas tengo yo un asilo
callado y misterioso en que esperar tranquilo
a que el sosiego torne y a que el torrente baje.

¡Oh mi divina gruta de goces interiores
en que la vida adquiere intensidad extraña,
que sólo yo conozco, que eternamente baña
un sol que prende luces y que revienta flores!

Allí callada y sola va a meditar el alma
como la linfa corre, como la alondra vuela;
allí el ensueño pasa cual fugitiva estela
que va regando espumas sobre la mar en calma.

Tristezas. . . sí las tengo; mas cuando el alma llora,
un inefable goce con mi dolor se aduna;
romántico trovero de las noches de luna,
soy lujurioso amante del sol y de la aurora.

Yo voy alegremente... De eróticas empresas
no la ocasión propicia esquivo, a fuer de sabio,
y en más de alguna boca bebió el sediento labio
la sangre de las moras y el jugo de las fresas. . .

Yo vivo alegremente; y al dar mi despedida
a mi postrer crepúsculo o a mi última alborada,
estrecharé en mis manos la mano de la amada
y cerraré mis ojos al beso de la vida.

Enrique González Martínez

15 de mayo de 2009

PARABOLA DEL CAMINO





La vida es un camino...
Sobre rápido tren va un peregrino
salvando montes; otro va despacio
ya pie; siente la hierba, ve el espacio...
Y ambos siguen idéntico destino.

A los frívolos ojos del primero
pasa el desfile raudo de las cosas
que se velan y esfuman. El viajero
segundo bebe el alma de las rosas
y escucha las palabras del sendero.

De noche, el uno duerme en inconsciente
e infecundo sopor; el tren resbala
fácil sobre el talud de la pendiente,
y el viajero no siente
que en la campiña próvida se exhala
un concierto de aromas...

El prudente
que marcha a pie, reposa bajo el ala
de un gran ensueño, y trepa por la escala
excelsa de Jacob. Cuando el Oriente
clarea, se echa a andar, pero señala
el sitio aquel en que posó la frente.

Ambos llegan al término postrero;
mas no sabe el primero
qué vio, qué oyó; su espíritu desnudo
de toda adoración se encuentra mudo.
El otro peregrino recuerda cada voz, cada celaje,
y guarda los encantos del paisaje.
Y los hombres lo cercan, porque vino
a traer una nueva en su lenguaje
y hay en su acento un hálito divino...
Es como Ulises: hizo un bello viaje
y lo cuenta al final de su destino...

Porque la vida humana es un camino.


Enrique González Martínez

6 de mayo de 2009

EL RETORNO IMPOSIBLE


Yo sueño con un viaje que nunca emprenderé,
un viaje de retorno, grave y reminiscente...
Atrás quedó la fuente cantarina y jocunda,
y aquella tarde fue esquivo
el torpe labio a la dulce corriente.
¡Ah, si tornar pudiera
Mas sé que inútilmente sueño con ese viaje
que nunca emprenderé.
Un pájaro en la fronda cantaba para mí...
Yo crucé por la senda de prisa, no lo oí.

Un árbol me brindaba su paz...
A la ventura, pasé cabe la sombra sin probar su frescura.
Una piedra le dijo a mi dolor: descansa;
y desdeñé las voces de aquella piedra mansa.
Un sol reverberante brillaba para mí;
pero bajé los ojos al suelo, y no lo vi.

En el follaje espeso se insinuaba
el convite de un ósculo divino...
Yo seguí mi camino y no recibí el beso.
Hay una voz que dice: retorna, todavía el ocaso está lejos;
vuelve tu rostro, guía tus pasos al sendero que rememoras ;
tente y refresca tus labios en la sagrada fuente;
ve, descansa al abrigo de aquel follaje amigo;
oye la serenata del ave melodiosa,
y en la piedra que alivia de cansancios, reposa;
ve que la noche tarda
y oculto entre las hojas hay un beso que aguarda...
Mas, ¿para qué,
si al fin de la carrera hay un beso más hondo que me espera,
y una fuente más pura,
y un ave más hermosa que canta en la espesura,
y otra piedra clemente en que posar mañana la angustia de mi frente,
y un nuevo sol que lanza desde la altiva cumbre su rayo de esperanza ?
Y mi afán repentino se para vacilante en medio del camino,
y vuelvo atrás los ojos,
y sin saber por qué,
entre lo que recuerdo
y entre lo que adivino,
bajo el alucinante misterio vespertino,
sueño con ese viaje que nunca emprenderé.

Enrique González Martínez

30 de abril de 2009

EL GOZO ALUCINADO





El color se me adentra y no lo pinto;
la nota musical llega hasta el fondo
de la entraña cordial, y yo la escondo
en el sacro rincón de su recinto.
El árbol es aliento y no verdura,
germinación de vuelo y no ramaje;
el ojo lo desliga del paisaje
y lo clava en el dombo de la altura.
Apago soles y deseco ríos,
borro matices y deshago formas,
y en propio barro, quebrantando normas,
modelo mundos para hacerlos míos.
Sobrepasa las cosas la mirada,
el sueño crece, lo real esfuma,
y me embarco en las alas de la bruma
corno en una galera aparejada.

Enrique González Martínez

7 de abril de 2009

A LA QUE VA CONMIGO




Iremos por la vida como dos pajarillos
que van en pos de rubias espigas, y hablaremos
de sutiles encantos y de goces supremos
con ingenuas palabras y diálogos sencillos.

Cambiaremos sonrisas con la hermana violeta
que atisba tras la verde y oscura celosía,
y aplaudiremos ambos la célica armonía
del amigo sinsonte que es músico y poeta.

Daremos a las nubes que circundan los flancos
de las altas montañas nuestro saludo atento,
y veremos cuál corren al impulso del viento
como un tropel medroso de corderillos blancos.

Oiremos cómo el bosque se puebla de rumores,
de misteriosos cantos y de voces extrañas;
y veremos cuál tejen las pacientes arañas
sus telas impalpables con los siete colores.

Iremos por la vida confundidos en ella,
sin nada que conturbe la silenciosa calma,
y el alma de las cosas será nuestra propia alma,
y nuestro propio salmo el salmo de la estrella.

Y un día, cuando el ojo penetrante e inquieto
sepa mirar muy hondo, y el anhelante oído
sepa escuchar las voces de los desconocido,
se abrirá a nuestras almas el profundo secreto.

Enrique González Martínez

27 de marzo de 2009

LLAMA ETERNA

¿Qué brilla en tu mirar que el alma enciende
en la célica luz de un sol perdido?
¿Por qué en tu voz de tórtola mi oído
todo lo capta y todo lo comprende?
¿Qué místico mensaje se desprende
de tu silencio al corazón herido?
¿Qué efluvio de un instante ya vivido
en tu ritmo de gracia me sorprende?
Ausentes fuimos, pero nunca extraños.
Yo te debí de amar hace mil años
y agobiarte de idénticas preguntas.
Ayer perdida y recobrada ahora,
tras nueva ausencia y en lejana aurora
han de besarse nuestras almas juntas.

Enrique González Martínez

21 de marzo de 2009

TE ACUERDAS DE LA TARDE?


Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
de la vida profunda el alma de cristal?...
Yo amaba solamente los crepúsculos rojos,
las nubes y los campos, la ribera y el mar...

Mis ojos eran hechos para formas sensibles;
me embriagaba la línea, adoraba el color;
apartaba mi espíritu de sueños imposibles,
desdeñaba las sombras enemigas del sol.

Del jardín me atraían el jazmín y la rosa
-la sangre de la rosa, la nieve del jazmín -
sin saber que a mi lado pasaba temblorosa,
hablándome en secreto, el alma del jardín.

Halagaban mi oído las voces de las aves,
la balada del viento, el canto del pastor,
y yo formaba coro con las notas suaves,
y enmudecían ellas y enmudecía yo...

Jamás seguir lograba el fugitivo rastro
de lo que ya no existe, de lo que ya se fue...
Al fenecer la nota, al apagarse el astro,
¡oh sombras, oh silencio, dormitabais también!

¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
de la vida profunda el alma de cristal?
Yo amaba solamente los crepúsculos rojos,
las nubes y los campos, la ribera y el mar...

Enrique González Martínez

29 de enero de 2009

TUERCELE EL CUELLO AL CISNE




Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda. . .y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.

Enrrique González Martínez

7 de noviembre de 2008

VIENES A MI


Vienes a mí, te acercas y te anuncias
con tan leve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.
Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas.
Y mi vida penetras y te siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan honda calma,
que interrogo al misterio en que me abismo
si somos dos reflejos de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.

Enrique González Martínez

16 de octubre de 2008

EL SEMBRADOR DE ESTRELLAS

Y pasarás, y al verte se dirán: «¿Qué camino
va siguiendo el sonámbulo?....»
Desatento al murmullo
irás, al aire suelta la túnica de lino,
la túnica albeante de desdén y de orgullo.
Irán acompañándote apenas unas pocas
almas hechas de ensueño. . . .Mas al fin de la selva,
al ver ante sus ojos el murallón de rocas,
dirán amedrentadas: «Esperemos que vuelva.»
Y treparás tú solo los agrietados senderos;
vendrá luego el fantástico desfile de paisajes,
y llegarás tú solo a descorrer celajes
allá donde las cumbres besan a los luceros.
Bajarás lentamente una noche de luna
enferma, de dolientes penumbras misteriosas,
sosteniendo tus manos y regando una a una,
con un gesto de dádiva, las lumínicas rosas.
Y mirarán absortos el claror de tus huellas,
y clamará la jerga de aquel montón humano:
«Es un ladrón de estrellas...» Y tu pródiga mano
seguirá por la vida desparramando estrellas...

Enrique González Martínez