CafePoetas es un Blog sin animo de lucro donde se rinde homenaje a poetas de ayer, hoy y siempre.

8 de noviembre de 2026

OFRENDAS





En cada mano, el mundo deja
aquello que no tiene su medida:
lo que pesa demás, lo que es ardiente
en exceso -pues nadie
que tenga un alma puede
impasible aguardar como la estrella.

No es que no tenga luz, pero sus rayos
deben llegar a donde no ilumina
el fuego general -al subterráneo
de cada vida, al breve paraíso
que brota de su sed como un relámpago.

Angel Crespo


7 de noviembre de 2026

PRECISAMENTE AHORA QUE NO SE QUE DECIR





Para Clara


Precisamente ahora que no sé qué decir,
que no sé que decirte,
quiero ponerte aquí,
al lado de los días de la isla,
al lado de estas páginas
que escribí con la luz.

Aquí quiero dejar, sencillamente,
unas pocas palabras circundando tu nombre,
envolviendo tu nombre
y tu luz
con la luz.

Antonio Colinas

6 de noviembre de 2026

A GUSTAV KLIMT






Para Alejandro Duque Amusco


No les llega la luz de los diamantes.
Se apagan bajo un agua sin estrellas,
sin reflejos de luna vacilantes,
sin ser ya propiamente sólo ellas.

Las ondinas de giros ondulantes,
las algas en que habitas y destellas,
las danzas temerosas e inconstantes,
tampoco son ya propiamente aquéllas.

Y en óleos repintas tus ensueños,
fantasías de un genio bizantino
abocado al azul de los diseños,

al labio de oro, al pelo columbino,
al cuerpo que se erige entre los sueños
eterno en lo sagrado femenino.

Israel Clara

5 de noviembre de 2026

CANTO AL HOMBRE






Cuando eres, como ahora, hermoso y fuerte,
yo te amo.
Cuando el viento se doblega para ti,
cuando a la tierra tú la rindes, yo te amo.
Yo te amo por osado,
y te amo por heroico, por audaz y porque ofreces
tu hermosura y tu valor. Por derramado.
Firme tú sobre las nubes, navegando los espacios.
Duro tú sobre las aguas, descollante tu estatura
en lo azul del océano... Hombre joven que lo afrontas
cual un elemento más, siendo tú el lazo
de elementos de creación. Yo así te amo.

Desde lejos y despacio, torpemente en el comienzo,
tu andadura cada siglo acelerando...
así has llegado.
Y ya domas a los mares y a los cielos; los cabalgas
como potros tan salvajes como fuiste. A los astros
los asedias sin temor. Igual que un astro, que otro astro
participas del secreto compartido, constelando
como ellos mi cenit. Hombre, te amo.

Yo te amo y te contemplo, yo te admiro y yo te exalto.
E ignorando cómo cantan los arcángeles, te canto.
Mientras seas como eres, una luz entre las sombras,
una luz sobre los bosques, un clamor desde los labios;
mientras cantes y sonrías, esperanza de otro tú
ya menos agrio,
hombre joven, hombre fuerte, hombre hermoso,
yo te amo.

Aunque guardas en tus ojos viejas piedras del basalto
que formaba las murallas de Proverbios y del Cántico,
ya despierta tu mirada a la ternura
enajenados resplandores fugitivos de piedad por lo creado.
Como un hacha cortas tú, y eres tan blando
que te rayan las plegarias y el amor.
Eres compacto
y flexible, quebradizo, vulnerable...
¿De qué rayo fulminose lo divino contra ti?
No te ha abrasado ni la cólera de Dios, ni su contacto.
Sobrepasas a tu propia lava impura, en sobresalto
de promesas y derrotas... Ajeno y amplio
como tierra y como el mar, como el espacio.

Pero, hermoso; pero, audaz. Loco de siembras
que, no estrellas sino mundos, vas hincando.
Empujaste las cavernas, destrozaste las pirámides,
desecaste los diluvios, apagaste los volcanes,
arrancan dando del planeta a los bienaventurados.
¡No volvías la cabeza de oro puro a lo pasado!
Por cruel y por ardiente, yo te amo.

¿Quién no aleja para ti lo que has huido;
quién no llora por tu amor lo que has matado?
Nunca yo que te contemplo; nunca yo
que me he entregado
a la sangre y al gemir de tantos duelos
como pueblan tu yacer y tus contactos.

Ahora, no. Que te liberas y me llevas por el aire,
confiando
en tu propia inteligencia, en tu arrebato.
¡Ah, los vuelos que gobiernas con sonrisa
y dócil mundo
de instrumentos que tú mismo has inventado!
Y te sirven, como sirven los esclavos.

No desciendas, no me abatas. Hombre amado,
te sostengo y me sostiene un interminable rapto.
No eres rojo ni eres negro. Eres blanco,
el fúlgido centellear de intactos arcos.
¡Atrévete con el Bien, sujétalo con tus brazos!

Hermoso varón que tanto presentía
y que he soñado.
Porque eres mi mejor yo, he ahí por qué te amo.

No te quiero cuando débil, sometido, acobardado.
Aunque torvo si acometes, más te busco despiadado
que humillando la cerviz como un toro sin sus mandos.

Que eres viejo, bien lo sé. Sé que debajo
de esta túnica de piel que te envuelve,
estás cansado de los siglos de rodar
para ver de Dios el brazo
que fulmina y que fulmina... Y, ¿no es cansancio
contemplar cómo te hundes en mi vientre,
deslizando tu niñez y tu vigor entre mis flancos
para luego desgajármelos despacio...?

¡Ah, si halláramos la brisa, si encontráramos el látigo
que flagela y que consuma a los más enamorados!
¡Por todo lo que venciste van tus piernas
de cobre forjando ajorcas para sujetar tu paso,
criatura que apretaría eternamente entre mis brazos!
Más allá de la vida y de la muerte,
Hombre, te amo.

Carmen Conde

4 de noviembre de 2026

MIENTRAS TANTO ESCUCHO AQUELLA MUSICA







Nunca había pensado en recuperar aquel tiempo
mas aquí está tu carta desvelándolo
y esas palabras que la cierran
abriendo en mí otro mundo: Mientras tanto,
escucho aquella música y miro los jardines
de invierno.

(Bajaba entre cipreses, enredada en el humo
de las mil chimeneas, una niebla azulada.
No había visto una tierra tan excelsa, unos labios
tan mortales y delicados, una música
como el tiempo sentenciado de las recolecciones,
como la aureola del sol de cobre enfermo
sobre las colinas en que Ficino y Poliziano
platicaron.
He tenido la suerte de ver la mansedumbre
del paisaje arrancado de un Libro de Horas,
de estar allí mirando contigo los jardines
de invierno, sin desear la primavera, ni ansiar
otra estación que no fuera aquella de la eterna
consumación, de la muerte dulcísima
que hacía aún más largos tus brazos,
que enriquecía con humedades tu cintura,
que sepultaba tus ojos bajo un manto de hojas negras.
Pero, ¿cómo se puede desenterrar tus ojos,
desenterrar el sueño para escuchar la música
aquélla, para ver, como entonces,
los jardines de invierno?
¿Qué mano conducía sobre el valle las nubes?
¿Qué mano sostenía, como un cetro, la tarde?
¿Quién dirigía la ascensión del humo
sobre los tejados que acogían
por igual bibliotecas y rebaños?
Recuerdo aquel crepúsculo áspero de las vasijas,
tierno y endurecido como las ramas podadas,
días después, de los olivos.
Tarde que detenía su respiración
a la manera de un ahogado alarido,
como el chillido, muy lejano, de un ave.
Tarde crucificada en las alambradas,
en los brazos descoyuntados de la vid.)


Y dices: Mientras tanto... ¿Es que esperas
una nueva resurrección de tu carne?
¿Acaso puede alguien devolvernos la fiebre
perdida de los ojos, la sangre iluminada
de entonces, que la vida ha vuelto ácida?
Mientras tanto... Oh, sí, acaso aún duren
los jardines de invierno y esa música
de miradas superpuestas sobre las transparencias
de las aguas de los estanques de ayer
condenadas a reflejar el mundo de hoy.
Mas debes de saber que la que mira
ya no es quien levantaba una pira en la tierra
para abrasar la nieve con su nieve.
No se vuelve a vivir lo que se vive.
No se vuelve a vivir lo que se sueña.

Supones que los días no transcurren
porque aterido enmudece el invierno de los campanarios
detrás de los cristales de tu ventana.
Pero hemos crecido en años y en desesperación
y este desconsuelo de las lluvias gastadas.
de la monotonía miserable de las tareas
me indican que tus labios ya no son
tus labios;
ni es el mirar de hoy aquel de entonces.
Sí, ahora te comprendo. Claustros, prados,
el caserío laborioso, ilustrado de cercas y de surcos,
el valle de los humanos, perduran con su música,
pero el dador de males,
despacio, muy despacio
(como el humo de entonces)
arrastra, con la carta que me escribes,
inexorablemente,
tu vida a las orillas del Orco.

Antonio Colinas

3 de noviembre de 2026

ROMPER QUIERO TU BULTO






Romper quiero tu bulto
para que al menos vengas
enojada, y la injuria
me haga escuchar tu voz
antes de aniquilarme.

Hecho añicos, deshecho
su volumen, que mide
en mí toda la distancia
y todo tiempo, en piedras
que insinúan el giro

delicado de un pie,
de un lóbulo la flor
turbadora, de un seno
la frutilla salvaje,
clamará por ti, odiosa.

Y tú vendrás, si vienes,
no con ramas de olivo,
sí con ojos, que dicen
verdes, en que quizás,
antes de que me ciegues

y enmudezcas, yo mire
la ardiente luz oscura
que me sigues negando
cuando pongo una flor
entre esos pechos duros.

Angel Crespo

2 de noviembre de 2026

DESIERTO SAJARA






Sí. Yo tuve un mar sobre mi arena.
Un mar grande sin límites, compacto.
La tierra de oro que abrasa soledades
estuvo henchida augusta del mar que ya no soy.

Picaban gaviotas mi cuerpo remeciente,
movíanse las naves arriba de mis olas.
Pues yo era el mar que hervía sobre la arena rubia,
la arena saturada que hoy clama por su agua.

¡Oh el mar aquí fantasma, el mar que finge el viento,
desmelenando dunas, al aventar mi arena!
¡Ay mar del agua espesa, la que corpórea y dura
ansían caminantes de mi desierto blando!

¿Qué arcángeles de fuego evaporar pudieron
tanto mar que hube, llevándolo a un abismo?
Es mi arena abrasada la más sedienta boca
que clama por un agua que le bebieron dioses.

Los hombres me caminan, soñándome poblado
de aquel mar que fue mío, el mar sobre el desierto.
Yo les mullo mi carne, les recibe mi arena
y se quejan de sed junto a mi sede sin huelgo.

¡Ay mar de mi génesis, el mar que me escurrieron
a una zanja de llamas: cuánto pesa la arena!

Carmen Conde

1 de noviembre de 2026

CIRCENSE







Es un juego de manos y palomas,
sólo un truco infantil para que asistas
a la crueldad de los ilusionistas
que niegan el perdón de los idiomas.

Palabras que son cálidos aromas
para el dolor de sueños hedonistas,
un bálsamo de luz de mil aristas,
instante y mar, abismo al que te asomas.

Eternidad hallada en un perímetro
de cuerpos encendidos al milímetro,
antorchas que tú avivas y liberas

con el aire volátil de los huesos.
Trapecios, naipes, magos y chisteras
donde morir quemados por los besos.

Israel Clara

31 de octubre de 2026

FUGA EN LOS JARDINES





Las más jóvenes, deseándoos, avanzan
por estas avenidas de árboles fragantes.
Evaden primavera que a las flores oxida
con un ardor oliendo a frutas, a corceles. ..
¡Qué salvaje presencia la de las hembras púberes
entre glicinias cálidas, entre celindas vívidas!
Exigen que las amen, que las sigan corriendo
para volcarles júbilos sobre la orilla ebria.

¡Muchachas, corred más: corred hasta la aurora!
Estos grandes varones de los pechos revueltos
ansían desgranaros, ¡oh mazorcas crujientes!,
con su hambre de bocas y su hambre de frutos.
Hasta el río, que es tajo delimitando sueños,
huele a amor ya festines...

Han temblado los álamos al estallar unánimes
los oscuros latidos de dobles ruiseñores.
Los regazos del musgo, el frior de los juncos,
contemplando el encuentro aceleran su verde.
Es un cántico trémulo, en gargantas sorbido
por el amor abierto en mitad de la selva.

¡Corred siempre, muchachas, que el seguiros excita
el ardor de cogeros, suyas todas, a hombres
que de fieros esgrimen el ademán tan sólo!
Y envolveos en ropas de blanco lino puro
para mojar con ellas esos cuerpos calientes,
y amanecer ceñidas, ante el amor que vibra,
por el celo del agua posesor de las vírgenes.

Carmen Conde

30 de octubre de 2026

MEGALITICO





Esa enorme piedra torturada
sostiene el techo de la Noche.
Esta enfebrecida carne penetra la oquedad de los siglos.
En torno un vacío que deshace o sustenta
la soledad del mundo, una luz que ilumina
las heridas producidas en el acero.
Gira la masa enorme de la piedra entre astros.
Es de carne y de piedra el cigüeñal que mueve
desgastado el motor de nuestra Historia.
Libros, cosas y horas amadas, seres
tiernos y dulces como la música del sueño,
frágiles brazos, labios enamorados,
nada podéis contra esta atroz mecánica,
contra esta complicada maquinaria celeste.
Árbol de carne y piedra, huso de sangre,
gira la masa ciega en este espacio
de demenciales constelaciones,
de infinitos silencios.
Sólo en la piedra enorme hay firmeza.
20 Sólo en la piedra hay eternidad.
Un cuerpo está abrazando en otro cuerpo
una hoguera extinta.
La carne sólo horada ceniza en otra carne.

Antonio Colinas