CafePoetas es un Blog sin animo de lucro donde se rinde homenaje a poetas de ayer, hoy y siempre.

3 de junio de 2026

SE QUE HABLAN MAL DE MI. SE QUE ME ESPIAN







Sé que hablan de mí, sé que me espían
entre un macizo de altísimos papayos.
El viento (despreciable) acumula las nubes
contra el sol que calienta
las aguas de mi baño. Reclinada
en los bordes de la loza,
rígido el cuello (la cervical nerviosa),
lejos de la veranda junto a los chopos
(¿qué es un chopo?) o los chanchos de tierra.
Y las aguas que pierden su tibieza
(mi carne de gallina). Incómoda
con mi propio destino. Ya no quiero
saber todas las cosas que sabía
(las mejores recetas de pescado
y el grito de las aves). Es mejor
yacer cual un adobe en los escombros
(que ninguno codicia bien o mal).
Sé que hablan de mí, sé que me espían.
En este vaso verde como un prado
(laberinto sin fondo)
apachurro yo misma mi limón.
Prefiero ajarme con ron y cola-cola
que en la mano del viejo repelente.
No es que ignore mi páncreas
ni que cante (perro lobo a la luna)
las sombras de la muerte. Amo la Vida
y me gusta tocarla como tocan
las sábanas de Holanda .
mi vientre en los veranos y apretarla
como aprietan en invierno
las pieles de los osos. Ese viento
(siempre despreciable) revuelve las mamparas,
los toldos del jardín.
Rescato la botella de ron, me bamboleo
con las últimas noticias. Al nuevo día
no me quiero hecha polvo en el espejo,
no me quiero hecha polvo en el espejo,
no me quiero hecha polvo en el espejo.

Antonio Cisneros

2 de junio de 2026

SIN SOMBRA






Como tantas otras veces
pero ya nunca más
has de venir
de noche hasta mi cuarto
y mostrarme
el camino del cielo hacia la Isla.

Como tantas otras veces
no esperaré tu rostro tras el cristal
empañado de mi ventana
ni me sorprenderá tu sombra
revuelta entre mis calcetines, sombra
oculta bajo alguna camisa o en la raya
perfecta de un pantalón planchado.

Con el seguro azar indiferente,
hasta el próximo remordimiento, hasta la próxima
indefensión, nos despedimos.
Como tantas otras veces, pero ya nunca más.

Juan Cobos Wilkins

1 de junio de 2026

MINA 1004






Arder, yo vi a mi abuela arder.
Agosto. Chihuahua, 1956. Ella ardió,
su fuera y su dentro, ardió en la calle Mina 1004.
Vi a mi padre envolverla en una sábana, el colchón ardía;
las cortinas, la alfombra, su vestido
ennegrecieron. Todo lo recogió.
“No hagan ruido, su madre está cansada”.
Lo vi salir de luto esa tarde de agosto con su corbata negra.
La recogió. Ceniza y llanto recogió.

El humo de la abuela en el zaguán, las tías
sorbiendo ásperos los grumos del café.

Había que borrar lo oscuro que dolía,
disolver la sal, el llanto,
abrazarse y sofocar el temblor del viaje.
Escuchar a Paul Anka y en la falta de pulso
rayar el disco de 45 revoluciones por minuto.

Por instantes vivía, por instantes
todo fue púrpura: ella, el
cansancio, las frondas de los álamos. Después
el vidrio, el vidrio en el cedro,
el rostro quemado bajo el humo.

Ella, mi madre, también ardió. En lágrimas su sonrisa apagada:
“Arréglame el pelo, me dijo, déjame salir
a ver si ya está seca la ropa”.

Tuve miedo. De que sus pasos lentos no volvieran, de la tersura
de la hoja, del sigiloso carcomer,
del reseco peso de la hiedra, ya sin muro, del
florero en la cocina, sin flores. De ese cuarto ciego con su muerte tuve miedo.
De mí misma y el filtrarse del viento
que se llevaba el polvo de los sicomoros.

Jeannette Clariond

31 de mayo de 2026

VINO LENTO





En la conversación tranquila has visto
el paso irreductible de los años,
cómo el cuerpo desciende los peldaños
del tiempo que te vuelve viejo y listo.

Cada día regresas al existo
de recuerdos antiguos y ya extraños,
cuando te encuentras por los aledaños
de tu casa a Ingrid Bergman, Jesucristo,

a Dante y a Petrarca, o a Virgilio
que vuelve de su infierno a su otro exilio,
al sueño en que conviertes su añoranza.

Disfruta de la tarde a sorbos lentos,
abraza el mar y bébete los vientos,
la lentitud del vino es tu tardanza.

Israel Clara

30 de mayo de 2026

DISTANCIA EN LOS ESPEJOS






Solamente era un niño y no sabía
que vivir, y morir, todo era en vano.
Pensaba que morir era cristiano,
no aquel incendio que te consumía.

Pasó el tiempo y la muerte la hice mía
con la extensión y la impiedad del llano.
Te ofrecí a manos llenas, en mi mano,
el consuelo que es larga tiranía.

Siempre intenté salvarte en el recuerdo
e impusieron su juego los espejos.
Te desvaneces poco a poco y pierdo

la velada señal de tus reflejos.
De tu beso y ternura no me acuerdo.
No pensé que morir fuera tan lejos.

Israel Clara

29 de mayo de 2026

PIDE UN DESEO







A cambio de tu Adiós, 
en el adiós pedías
-con los ojos
del ensueño cerrados- al cometa fugaz
un deseo imposible:
el ansia,
la pasión de escribir. Renacida
de nuevo con aquel
temblor
-paraíso o poema-
del primer libro.

Juan Cobos Wilkins

28 de mayo de 2026

NADA QUE OBJETAR





En Éfeso las tardes son de fuego
para el hombre que escribe sus sentencias
cuestionándose dioses y existencias,
legándolas a un mundo hostil y ciego.

Dejaré las palabras para luego.
Ansioso estoy de amores y experiencias,
pero en sombra convierto las vivencias
que no sé atesorar y que relego.

No hay nada que objetar al sabio Heráclito.
Murieron también Dios y su Paráclito
en un sueño olvidado en el que pierdo

la certidumbre a la que me consagro
cuando es negado al hombre hasta el milagro
de revivir dos veces un recuerdo.

Israel Clara

27 de mayo de 2026

REQUIEN POR UN SUICIDA






En la estancia vacía el suicida
contempla las navajas y sus filos
que cortan los tendones y los hilos
del tenue resquebrajo de la vida.

Y adormeciendo el grito de la huida,
escucha la canción de los vinilos
y se despide del ciprés de Silos,
de toda su tristeza sin medida.

En la noche cerrada de los sueños,
los temores se le hacen hogareños.
Nunca detuvo el viento el fiero potro.

Porque en las alas rotas de los besos,
en la piel dolorida y en los huesos,
nunca quedó en un hombre rastro de otro.

Israel Clara

26 de mayo de 2026

NADA O LOS DIOSES






Tendrás que decidirte.
¿Y si el príncipe entre ser o no ser elige «o»?
Algún día tendrás que decidirte.

Los recuerdos dispuestos para cera y alfiler de vudú, 
eso o la nada: la nada o el presentimiento de quien se lava las manos, 
se enjabona con la roja pastilla de su propio resbaladizo corazón: 
el corazón grabado en el árbol, 
su flecha o la manzana sorprendida por un gusano de oro:
veneno, amor. Y muerte y fruta
que en la más alta rama de ese tronco
tatuado a punta de navaja adolescente desafía la gravedad, 
reta al soberbio desnudo del primer pecado o paraíso.

Los recuerdos, la nada, el corazón, veneno,
amor, eso o los dioses.
Los complicados dioses del dios que al hundirse la tarde despliega
sus grandes alas blancas sobre las aguas igual que un salvador nenúfar,
flotar para luego estrellarse
contra el silencioso y excitado iceberg de su pecho.
Naufragio o mares que en verano reciben los cuerpos con el ansia sagrada, 
con el mismo antropófago misterio de la transubstanciación.

Tendrás que decidirte.
La noche, Rimbaud
o Emily Dickinson, turquesa y devorado, o la noche
entera de la luz encendida en lectura, en poemas,
para que no arroje el insomnio su fantasma, 
su pañuelo blanco de muerte sobre el rostro, 
para que las islas de nunca jamás salgan volando
igual que una bandada de cometas huidas y, al fin,
una cabeza se recline en tu hombro como si fuera el viento
suave que tumbase los trigos.
El humo de los trenes, el humo de los barcos, los muelles, 
el andén, las estaciones... los ojos de ese niño
solo tras el cristal de un autobús, su brillo
húmedo que desmiente la sonrisa que dedica a sus padres.
O el disparo redondo de una 
o antes del alba y tu propia cabeza caída:
caída como el cuello roto de un cisne que era un dios,
una media de seda posada en tu clavícula. Tendrás
que decidirte:
la O es el nido obscuro donde un caníbal sueña con Rimbaud
pero se tiende bajo el peso del esqueleto ingrávido de un ángel.
Tendrás que decidirte:
no hay vivisección posible sin sangre salpicada de polen sobre el mármol, 
y aún menos cuando son las vocales brillantes insectos de colores metálicos
que entran por la herida del costado abierto del poema. Nadie
elige entre la lluvia en el patio vacío del colegio y la lluvia
en las hojas antiguas de las aspidistras, nadie escoge
de los invertebrados la pequeña luminiscencia que podría salvarnos. 
Optar es desprenderse de un brazo como de un largo guante malva.
Amontonar besos igual que un hormiguero de arenisca. Fingir
que la nostalgia no te va cubriendo de clorofila
y una dulce ondulación verde es ya la espalda, y pesa.

Juego infantil, cruel: o esto o nada. 
Esto o el tiempo en que la espuma de afeitar
era sólo un perro rabioso, el mendigo
del papel de plata con aquella pregunta
sonando como una moneda siempre en su boca, 
a quién quieres tú más.

Y quieres más azul, más violencia, 
más rayas en la cebra y más colores en sus rayas, 
quieres una doble orilla en donde cada ola
pueda dejar su propio ahogado, y llevarse
mar adentro la sombra, ya como piel mudada, 
vacía de ese ahogado.
Quieres volcar el tintero y regresar al último pupitre
donde los ciervos, los leones, las águilas... 
 todas las fieras de la selva
continúan en los cuadernos amarillos aprendiendo
todavía a multiplicar. 
Quieres la huelga de los mineros secundada
por la Vía Láctea, el peine que deja los cabellos
salpicados de pequeñas interrogaciones
como fosforescentes caballitos de mar, quieres la tímida
pólvora de Emily Dickinson para que el guerrillero cargue su fusil.

Desasosiego, asombro de la O en su horca o su sexo.

Y quieres
para abrazar, para escribir
cartas a los amigos, huellas dactilares que impriman
la aurora boreal, para rozar la mejilla hermosa, cansada, de tu madre ,
quisieras, como antes de entrar al cine, la tibieza
en las manos del mágico cartucho humeante de castañas.

Decidir no es temer. Amar no es decidir.

Sea, si tanto quieres, el misterio
de ambas: disyunción y a la par, al tiempo, analogía: sea
escritura o paraíso, nada
o los dioses.

Juan Cobos Wilkins

25 de mayo de 2026

INUNDACION INTIMA






He pensado a menudo en esa lluvia
que algunas veces llega a las ciudades
y no da fe de ninguna tristeza,
sino que cae sola y sin remedio,
como queriendo hablar de cosas buenas
que la gente se obstina -y los poetas-
en transformar en pálidas ausencias.
Porque la lluvia, el mar, las nubes, todo
lo que es acuático y azul es triste,
porque eligen los muertos esa playa,
ese oleaje, ese perenne frío,
las gárgolas hirvientes de nostalgia,
la soledad y el llanto de los niños.
A menudo he pensado en ese instante,
cuando tan sólo se es una promesa
de luz que llegará a ser luz un día,
cuando la oscuridad se manifiesta
y es un ámbito extraño de la vida,
el cuerpo que es metáfora del aire,
la palabra que es carne y vivifica.
He pensado a menudo en esa lluvia
que llega inesperadamente y lo hace
en líquidas mañanas que se acercan,
en tu noche olvidada entre los siglos
y un tembloroso mar lleno de estrellas.
La lluvia se consuma con el hombre
y se funde en el todo y en la nada.
Tu regreso inminente se confirma
y estoy solo en tu muerte como el agua.

Israel Clara