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28 de febrero de 2020

INFELIZ, MAS ME HUBIERA VALIDO



ANÓNIMO (primera mitad del s. XIV)


Infeliz, más me hubiera valido
ser casada,
o tener un cortés amigo
que haber sido monja ordenada.

A monja me metieron para mi daño:
gran pecado
hicieron, según mi parecer;
mas a quienes aquí me metieron
más daño
les dé Dios y los aborrezca.
Porque si yo lo hubiera sabido
-mas fui un poco necia-
ni que todo Montagut me dieran
aquí hubiera entrado.


Poemas y Cantos Anónimos


27 de febrero de 2020

LETRILLA LÍRICA



¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aun no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol
en un día o en un sol:
desde el Oriente al ocaso
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.
Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja
que tu calidad mejora:
si es tu mantilla la aurora,
es la noche tu mortaja.
No hay florecilla tan baja
que no te alcance de días,
y de tus caballerías,
por descendiente de la alba,
se está riendo la malva,
cabellera de un terrón.
Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.


Francisco de Quevedo

26 de febrero de 2020

NAPOLEÓN Y LOS HÉROES DEL 2 DE MAYO



Ellos murieron con la frente erguida;
también la tumba devoró al coloso
que humilló con su brazo poderoso
la cabeza de Europa enardecida.

Ellos cedieron con afán su vida
por el patrio blasón, noble y hermoso;
él, por regir con cetro belicoso
segundo Dios la humanidad vencida.

Una corona altiva y esplendente,
del tercer Bonaparte el culto abona
regia brillando en su blasón potente;

de ellos la tumba la virtud pregona;
¡héroes... dormid en paz...! para el que siente,
vuestra tumba es mejor que su corona...!


Bernardo Lopez Garcia

25 de febrero de 2020

TU ERES MI MARIO



I

¿Por qué inclinas la cabeza?
¿Por qué llegas a la mesa
sin mirarme cara a cara?
¿Qué cavilas? ¿Dónde estás?
Como si un remordimiento
te amargara el pensamiento
y un delito me ocultaras
que no puedes confesá.
¿Qué te pasa a ti, arma mía,
que desprecias la comía,
que te está asomando el llanto
sin motivo ni razón
y te pones amarillo
cuando miras el cuchillo
como si te diera espanto
de una mala tentación?


ESTRIBILLO

Toma tu copita,
tu cigarro puro,
y anda y que te miren las niñas bonitas.
¡Te tengo seguro!
Que si ayer viniste
casi amaneciendo
fue por los amigos... Que te entretuviste...
¡Yo to lo comprendo!
Yo soy mu dichosa,
yo no desconfío...
Por más que le gustes a las buenas mosas...
¡Tú eres mi marío!


II

¿Por qué duermes intranquilo?
¿Por qué vives siempre en vilo
si yo no te pido cuentas
de ande vienes y ande vas?
¡Si es por mí por quien suspiras!
Lo demás sé que es mentira...
Ni le pasas una renta,
ni es tu amó, ni lo será.
Ni mereces un castigo
porque hablando tú conmigo
te equivoques y me suertes
otro nombre de mujé...
Son cosillas pasajeras
que, si yo me las creyera,
mereciera hasta la muerte
por dudar de tu queré.


ESTRIBILLO


Ese oló que llevas
a mí no me asusta...
Tú te has perfumado por hacer la prueba...
Pa ve si me gusta.
Toma, este pañuelo...
¿Quién te lo ha prestao?
No me gastes bromas para darme celos...
¡Qué susto me has dao!
Vete a da una vuelta,
tráeme algún regalo,
que yo no me acuesto... Yo estaré en la puerta
por si vienes malo.


ESTRIBILLO (repetición)


No vivas pendiente
del murmullo ajeno,
ni de que me venga contando la gente...
¡Yo sé que eres bueno!
¡Yo soy mu dichosa!
¡Yo no desconfío!...
Son criticaciones de cuatro envidiosas...
¡Yo sé que eres mío!



Rafael de León


24 de febrero de 2020

CANCIÓN



Amor, yo nunca pensé,
aunque poderoso eras,
que podrías tener maneras
para trastornar la fe,
hasta ahora que lo sé.


Pensaba que conocido
te debía yo tener,
mas no pudiera creer
que era tan mal sabido,
ni tampoco yo pensé,
aunque poderoso eras,
que podrías tener maneras
para trastornar la fe,
hasta ahora que lo sé....


Rey Don Juan II de Castilla


23 de febrero de 2020

ROSA DEL PARAÍSO


Esta emoción divina es de la infancia,
cuando felices el camino andamos
y todo se disuelve en la fragancia
de un Domingo de Ramos.


El campo verde de una tinta tierna,
los montes mitos de amatista opaca,
la esfera de cristal como una eterna
voz de estrellas. ¡Un ídolo la vaca!


Aladas sombras en la gracia intacta
del ocaso poblaron los senderos,
y contempló la luna, estupefacta,
el paso de los blancos mensajeros.


Negros pastores, quietos en los tolmos,
adivinan la hora en las estrellas.
Cantan todas las hojas de los olmos,
la mano azul del viento va entre ellas.


El agua por las hierbas mueve olores
de frescos paraísos terrenales,
las fuentes quietas oyen a las flores
celestes, conversar en sus cristales.


Con reflejos azules y ligeros
el mar cantaba su odisea remota,
gentil de luces bajo los luceros
que a los bajeles dicen la derrota.


Mi bajel, en el claro de la luna,
navegaba impulsado por la brisa,
sobre ocultos caminos de fortuna... 
¡Era el cielo cristal, canto y sonrisa!


Con el ritmo que vuelan las estrellas
acordaba su ritmo la resaca,
y peregrina en las doradas huellas
fue sobre el mar una nocturna vaca.


En mi ardor infantil no cupo el miedo,
la vaca vino a mí, de luz dorada,
y en sus ojos enormes, con el dedo
quise tocar la claridad sagrada.


Ramón Maria del Valle Inclan

22 de febrero de 2020

EL CARNAVAL



Hic summa est insania.

 Horacio.



Callad, no me sopléis, diosas del Pindo,
Y tú, crinado Apolo, aparta a un lado,
Que hoy de tu numen délfico prescindo.

A ti, Momo procaz y descarado,
A ti te invoco, mofador eterno,
Ya del estro satírico impulsado.

Tu influjo, con permiso del gobierno,
A mí descienda, y reirán los hombres,
Y reirá Caronte en el Averno.

Y tú, lector benigno, no te asombres
Si a las nueve doncellas no demando
Inmortales proezas y altos nombres;

Que ni es este su siglo, ni en su bando
Me acogerán los Píndaros; que el búho
Mal con los cisnes brillará cantando.

Ingenuo en lo que valgo me valúo,
Y no soy como Clori la italiana,
Que exige pesos mil por cada dúo.

No, hinchando mi pellejo cual la rana
Que reventó de orgullo, hasta las nubes
Alzar pretendo yo la frente vana.

Tú, que al Olimpo sin escala subes,
Allá pulsa mi lira, Fabio mío,
Y dancen en tu torno los querubes.

De ti, de tu sublime desvarío,
Y del humano género demente,
Y de mí, de mí propio yo me río.

¿Y por qué no reír? ¿Soy yo intendente?
¿Soy padre provincial? ¿Soy covachuelo?
¿Quién me obliga a fruncir la adusta frente?

Quien no espera una toga, ni un capelo,
Ni cruzarse del santo Hermenegildo,
Siquiera de reír tenga el consuelo.

Respeto a quien me manda, y no le tildo;
Sus timbres, su decoro, su importancia
Por mí no ha de perder ningún cabildo;

A nadie ofendo yo. Pues, pesia Francia,
¿Por qué no he de reír, si a la chacota
Me provoca doquier la extravagancia?

Mas no te admires, no, si alguna gota
Mezclo de amarga tuera con la risa
Que me respinga ya naturalota.

¿Oís? Ya, maldiciendo al que le pisa,
Petardos vende el ciego por la plaza,
Y petardos el dengue de Melisa.

Ya la pueril caterva se solaza
Prendiendo al elegante remilgado
Sobre el rico sedan hedionda maza.

¡Oh Carnaval risueño y anhelado!
Haciendo gala ya del sambenito,
El pueblo te saluda alborozado.

¡Ya, abusando del público apetito,
Esta es la mía!, dice el pastelero,
Y el hojaldre encarece y el cabrito.

Ya la manola con procaz salero
Cantando al son de ronca pandereta
Alborotado tiene el barrio entero.

Ya al avaro, ignorante de la treta,
Cabe el umbral de alegre barbería
Escarmienta clavada la peseta.

Ya, cuando el manto de la noche fría
Al mundo vela, en lúbrica algazara
Madrid aguarda el presuroso día.

¡Filósofos! Mirad. ¿Quién lo pensara!
Rubias, cetrinas, espantosas, bellas...
Ya no hay mujer contenta con su cara.

¡Filósofos! Reíd. Veinte doncellas,
Modelos de beldad, Fileno esquiva,
Y de vieja salaz sigue las huellas;

Vieja salaz, que un soplo la derriba,
Y aun en el pecho siente, a par del asma,
De ridículo amor la llama activa.

¡Huye a rezar, escuálida fantasma!
¡Huye, y sumida en olvidado lecho
Ponte la consabida cataplasma!

¿Veis aquel que tan vano y satisfecho
Arrastra en el salón purpúreo manto?
Pues no tiene ni viña ni barbecho.

¿Veis aquel otro que se engríe tanto
Porque ostenta una toga? Ayer me dijo:
¡Qué morazo sería aquel Lepanto!

Necio y sabio, la corte y el cortijo...;
Todo se amasa aquí. Cada viviente
Es una farsa andando, un acertijo.

Ya el guirigay resuena impertinente.
¿Y cómo no reír cuando a un becerro
Oigo charlar en tiple aunque reviente?

¿Y cómo no reír cuando por yerro
Se ciñe diplomática venera
Quien debiera llevar rudo cencerro?

Ved. En vano Damón busca a Glicera,
Y en tanto un licencioso mancebillo
De su mórbido talle se apodera.

¿Y quién se guarda del osado pillo?
¿Y quién le acusa, quién, si cada bulto
Puede apenas pisar medio ladrillo?

¡Qué bulla! ¡Qué sudar! Acá un singulto;
Allí se escucha un ¡ay, que me sofoco!
Allá de un pisotón nace un insulto;

Otro acullá da vueltas como loco;
Otro, creyendo oír plática tierna,
Oye tal vez rabaneril descoco;

Más allá con las náyades alterna
En muelle danza un sátiro nefando
Que cinco lustro se mueve en cada pierna.

No allí de puro amor el eco blando;
Que el metro de Reaumur sube con furia.
¿Dónde es ido el rubor? Es contrabando.

Ya al oído más casto no es injuria
Torpe solicitud. Ya su veneno
No reboza galante la lujuria.

¡Oh cuadro escandaloso! Mal enfreno
Mi horror al contemplarte y mi quebranto;
Que cristiano soy yo, no sarraceno.

No llega, oh Momo, mi locura a tanto
Que a carcajadas sin pudor me ría
Cuando debo anegarme en triste llanto.

Ya opresa de dolor el alma mía...
Mas ¡llorar un satírico poeta!...
¡Y en Carnaval!... No, no. ¿Qué se diría?

¿Eres tú, me dirán, anacoreta?
¿Tendrás más juicio tú, que nos reprendes,
Si el dominó te cubre y la careta?

¿Acaso el mundo reformar pretendes?
¿No ha de otorgarse al pueblo algún recreo?
¡También contra las máscaras la emprendes!

Basta, no me creáis; que me chanceo.
Torno a reír, y el dominó me pongo,
Y en bacanal festín me regodeo.

¿Yo llorar? Solitaria como el hongo.
Llore la fea que el cartón desata,
Al componerse incauta su zorongo.

El necio llore que gastó su plata,
Y acudiendo a la cita de una Elena,
Topa una bruja lagañosa y chata.

Llore aquel que su capa, mala o buena,
Pierde en la confusión; y más si en tanto
Goloso Micifuz traga su cena.

Llore a lágrima viva don Crisanto,
Que buscando un amor pesca una fiebre,
Y su viaje apresura al camposanto.

Llore y alfalfa coma en un pesebre
Aquel que por bailar una galopa
Deja que otro galán cace su liebre.

Llore el que gasta miles en su ropa,
Y un clavo se la rasga, o vierte en ella
Beodo bailarín la henchida copa.

Llore y maldiga su menguada estrella
El que se ve de un fatuo perseguido,
Que le soba, y le tunde, y le atropella.

Llore y se ahorque el mísero marido
Que de la mano lleva a su consorte
Donde la espera incógnito el querido.

Llore y escarnio sea de la Corte
El que en la fe descansa de su novia
A quien de micos sitia una cohorte.

Que se divierta. Es fiel. Si uno la agobia...
¡Bien! Serás venturoso en tu himeneo
Como yo soy obispo de Segovia.

¿Qué mucho, si en tan cínico bureo
Tal vez sucumbe Porcia, y Artemisa
Afrenta a su llorado Mausoleo?

Amor en Carnaval anda de prisa.
¿Veis? Por allá desfila una pareja.
¿Dónde van? ¿Qué sé yo?... No irán a misa.

Allá sueña placeres una vieja,
Y a su hija entre tanto un mozalbete
Placeres no soñados aconseja.

¡Clara!... Lléveme usted al gabinete.
Allí estaba bailando la mazurca...
No la veo. ¡Ay Jesús! ¿Dónde se mete?

¡Clarita! Y yo que estoy hecha una urca,
¿Cómo pasar?... ¡Dios mío, qué empellones!...
Quien sepa el paradero de una turca...

¡Eh! ¡Que deshace usted los rigodones!
¡Clara!... ¡Sí, buenas noches! Ya está Clara
Donde no la hallarás ni con hurones.

Llore el que paga triple en cada vara
La tela que en egipcio le convierte
A un mercader ladrón, que no es Guevara.

Llore el menguado cuya dura suerte
A escuchar le conduce un desengaño,
Y le dicen después que se divierta.

Mas ¿qué digo llorar? Aun en su daño
Todo prójimo ria y se alboroce;
Que no hay dos Carnavales en el año.

Y en buen hora Semíramis retoce,
Y con Dido Temístocles meriende,
Y baile Jezabel con Carlos Doce.

Y aquí y allá Cupido como duende
Gire triunfante, sin cuidarse un punto
De si Holanda sucumbe o se defiende;

Que también de la guerra es un trasunto
Danza de Carnaval, por más que en ella
Pocas damas imiten a Sagunto.

Y si teme la púdica doncella
Que audaz alguna diestra la analice,
No al baile tentador lleve su huella.

Y con tu prenda en tálamo felice
Duerme y ronca, oh marido, si la danza
Funesta cefalalgia te predice.

Haya broma, haya júbilo, haya holganza.
Alégrese Madrid: puto el postrero;
Que ya el terrible Miércoles avanza.

Jóvenes, vaya todo al retortero.
Descolgad las cortinas de damasco,
O víctimas seréis de algún prendero.

¿Dónde está mi broquel? ¿Dónde mi casco?
Se lo llevó Fabián el meritorio.
¿Y qué me pongo yo? ¡Vaya, que es chasco!

Venga usted a ayudarme, don Liborio;
Que no sé yo ponerme los greguescos.
Acuda usted... ¡Jesús, qué purgatorio!

¿Y usted no tiene traje? ¡Estamos frescos!
Vamos, póngase usted esa chamberga,
Que un día espanto fue de los tudescos.

Tú en esa funda de colchón te alberga;
Tú ponte el casacón de la otra noche,
Y tú el refajo y el jubón de jerga.

¿Estamos todos? ¡Ay! Me falta un broche. 
¡Mi careta! ¡Mi liga! ¡Oh pierna...! -Vaya,
No mire usted, don Blas. ¡El coche! ¡El coche!

¡Oh bien haya mil veces, oh bien haya,
Farsante Carnaval, tu amable caos
Que previene al placer tan ancha playa!

Niñas, de la estación aprovechaos.
¡Buen ánimo, donceles!, ¡arma!, ¡guerra!;
Que gran cosecha habrá de Menelaos.

Si llora algún Heráclito y se emperra,
Ya veréis como a sátiras le hundo
Y le diré: no hay santos en mi tierra.

Ayer cierto doctor, hombre profundo,
Con tétrico semblante me decía:
Perpetuo Carnaval es este mundo.

Tal vez a la infernal hipocresía
De la piedad cobija el sacro velo,
Y en la humildad se esconde la osadía.

Máscara de amistad viste Juanelo,
Que hoy te acaricia, y forjará mañana
Contra tu honor anónimo libelo.

Tal vez entre la turba cortesana
Fidelidad parece la lisonja,
Y celo ardiente la calumnia insana.
Aquel que siente escrúpulos de monja
Si por la puerta pasa del teatro,
Es de los hijos pródigos esponja.

Don Luis, que dice a Laura: te idolatro,
Es máscara también; que su falsía
Anda a caza de tres y engaña a cuatro.

Y mujeres sin fin te nombraría
Que, con ungüentos que inventó una bruja,
Estrenan una cara cada día.

Juan, que andaba no ha mucho a la granuja,
De noble patriotismo se disfraza,
Y es del erario público sanguja.

Máscara lleva aquel que de su raza
La nobleza desmiente, y en su mano
No sentaría mal una almohaza.

Y máscara también el publicano
Que con plumas de cándida paloma
Garras esconde de rapaz milano.

Y es máscara falaz el suave aroma
Que compra a Petibón aquel mancebo,
Ciudadano asqueroso de Sodoma.

Y aquel... Mas callo ya; que me conmuevo,
Y me ciega el furor, y en esta era
A predicar verdades no me atrevo.

Dijo el doctor, y echó por la otra acera;
Y me guardó las vueltas; y con maña
En un burdel entró. ¿Quién lo creyera!...
Muchos doctores hay de esta calaña.



Manuel Bretón de los Herreros

21 de febrero de 2020

POEMA DE LA VIDA


Canto Primero
Idilio


I

Es la suprema floración del año.
Ya la niebla no oculta los bohíos
y los nidos del bosque, ayer vacíos,
están llenos de pájaros hogaño.

Los vernales deshielos, como un baño,
el valle inundan con raudales fríos,
donde llenan sus ánforas los ríos
y beben las bandadas y el rebaño.

Ya de la sierra en el crestón gigante
desbaratóse el gélido turbante
que el invierno formó con sus neblinas

y, sobre el cielo azul, cuando atardece
la sarta de las grullas desaparece
y flotan las primeras golondrinas.


II

Estremécese el aura tremulenta
y la tierra, a los húmedos halagos,
sigue, ya sin temor a más estragos,
su fecunda labor, constante y lenta.

Doquier la vida su vigor ostenta:
festonea las lilas y los dragos,
hace brotar los mustios jaramagos,
hincha la yema y el botón revienta.

Al tronco de los Arboles se prende
de la hiedra la azul y verde malla,
que en el bardal su pabellón extiende.

Y, empapada del Éter en las ondas,
del sol al fuego, la campiña estalla
en explosión de pétalos y frondas.


III

En los collados y en la selva inculta
del maternal amor se muestra el celo:
oye el ave el reclamo, deja el cielo
y acude al nido que el ramaje oculta.

Entre las hojas de la encina adulta
se siente el ensayar del primer vuelo,
y en el pico de rosa del polluelo
su pico de ámbar la torcaz sepulta.

Muge la vaca en tanto que se aleja
la cría por las quiebras del camino
y, al blando son de la amorosa queja,

tiembla, cual amapola sobre el lino,
la roja lengüecilla de la oveja
del cordero el blanco vellocino.




Canto Segundo
Epitalamio


I

Resplandece la bóveda infinita
con el fuego abrasante del verano
y, en la inmensa extensión, el soberano
elemento prolífico palpita.

La vida, como el alma de Afrodita,
todo lo enciende: al hongo en el pantano,
el ave y al cuadrúpedo en el llano
y en el huerto a la humilde bellorita.

Exhalan sus aromas penetrantes
el apio y la silvestre madreselva
y el laurel odorífero retoña.

Y, el balar de los hatos trashumantes,
en lo más escondido de la selva
tañe Pan su dulcísima zampoña.


II

Son las bodas campestres de las flores.
Al beso del amor, antes latente,
estremece sus ondas el ambiente,
írguense los estambres tembladores.

Se impregnan los insectos zumbadores
en el polen de oro refulgente
y al par le lleva en su regazo ardiente
el viento grácil esparciendo olores.

¡Oh, céfiro! ¡oh, abeja! ¡oh, mariposa!
¡con qué ansiedad tan pudibunda espera
vuestra llegada la naciente rosa!

Posad sobre su cáliz que el deseo
desflora, mientras canta Primavera
los eróticos cantos de Himeneo.


III

Todo, al soplar las brisas tropicales,
mueve la sangre y todo a amar provoca.
Naturaleza entera es una boca
donde palpitan besos inmortales.

Requiébranse en la rama los turpiales
lanzando su canción alegre y loca
y, en la cortante arista de la roca,
se acarician las águilas reales.

Tálamo de las tiernas golondrinas
es el aire, del tigre la espelunca,
del triscador ganado las colinas...

Nada tu fuerza poderosa trunca,
pues, renaciendo tú de las ruinas,
¡oh, fecundante Amor, no mueres nunca!



Canto Tercero
Elegía


I

En la intrincada senda, y en el rojo
peñón, y en la monótona llanura,
no queda ya ni un resto de verdura,
ni una brizna de hierba, ni un abrojo.

Tan sólo cuelga su último despojo
la seca hiedra, de la tapia obscura,
bajo la cual el ábrego murmura
y crujen las hacinas del rastrojo.

Viene la tarde cenicienta y fría
y una desolación abrumadora
se extiende sobre el monte y la alquería.

Nada se oye vivir. Sólo en la hora
del declinar tristísimo del día,
la parda grulla en el erial crotora.


II

¡Qué tristeza tan honda en el paisaje!
Del Norte frío al destructor aliento
suspendióse en el campo el movimiento
y gimieron los troncos y el ramaje.

Ya no hay nidos, ni cantos, ni follaje,
no se escucha un murmurio ni un acento
y apenas, junto al lago tremulento,
se oye graznar al ánade salvaje.

En las regiones de Aquilón desata
su furia y con fragor se precipita,
sin cesar, sin cesar escarcha y llueve;

mientras inmensamente se dilata
desesperante, trágica, infinita,
la sepulcral blancura de la nieve.


III

Si tan helada soledad impera
en el mar, en la tierra y en el cielo,
si ya no corre el límpido arroyuelo
ni se mece el rosal en la pradera,

¡ah! no pensemos que la vida muera:
amortajada con su blanco velo,
bajo la opaca crústula del hielo
una inmortal resurrección espera.

Mas ¿quien puede escuchar las misteriosas
voces que eleva en místico murmullo
el más alto seno de las cosas?

Nada sucumbe: el escondido germen,
la crisálida envuelta en su capullo,
la célula y el grano... ¡todos duermen!



Manuel Jose Othon