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19 de septiembre de 2019

A UNA ACACIA


¡Árbol que amé! Te reconozco: en vano
el ábrego inclemente, el bóreas ronco,
con empeño tirano
contra tu pompa y majestad conspiran,
y en torno hacinan de tu mustio tronco
tus hojas, ¡ay! que murmurando giran.


Te reconozco, sí; que tu mudanza
no es mayor, no, que la mudanza mía.
Marchita, cual tus ramas, mi esperanza;
perdida, cual tus hojas mi alegría;
más que te quiso en tu verdor florido,
-cuando, cual tú, lozano se sentía -
hora te quiere el corazón herido,
contemplando tu duelo
bajo ese opaco y macilento cielo.


¡Ay! que también sus bóvedas etéreas
a mudanza cruel condena el hado...
Hoy luce un sol nublado
entre sombras aéreas,
que dudoso color visten al día;
y en el blando sosiego de la noche,
- bajo tu copa umbría -
en otro tiempo he visto placentera
surcar la luna, en esmaltado coche,
el campo azul de la tranquila esfera.


Entre tus ramas trémulas, su rayo
filtraba puro a iluminar mi frente;
mientras que el aura del risueño Mayo,
en gratos sones de mi lira ardiente,
rápida difundía
un nombre dulce, de inefable encanto...
Que sorda murmuró la fuente fría,
que el ave insomne repitió en su canto,
y allá distante - en el herboso hueco
de la gruta sombría -
volvió a mi oído melodioso el eco.


¡Liras del corazón! ¡Voces internas!
¡Divinos ecos del celeste coro
en que glorias sin fin, dichas eternas
e inagotable amor, en arpas de oro
cantan los serafines abrasados,
en alfombra de soles reclinados!
¡Oh, cómo entonces en el alma mía
resonar os sentí! Del pecho hirviente,
cual rápido torrente,
brotaba sin cesar la poesía...
Y un santo juramento
- que el labio apenas pronunciar osaba -


en alas del amor al firmamento
desde el fogoso corazón volaba,
allá en el infinito
su inmenso porvenir buscando escrito.


¿ Y de esta suerte pudo
mentir el alma y engañar el cielo?
¿Una efímera flor - lujo del suelo -
es de la dicha el triste simulacro,
y en un alma inmortal el fuego sacro
del sentimiento vívido y profundo,
existe y muere sin dejar señales,
cual árbol infecundo
o como planta en yermos arenales?...


¿Do llevaron los vientos
tantos de amor dulcisimos acentos,
tantos delirios de esperanza bella?
Aquellas dulces horas
que fueron ¡ay! cual deliciosas, breves,
¿adónde huyeron sin dejar ni huella?...
Al sacudir sus alas bramadoras
entre tus hojas. leves,
¡árbol querido! el aquilón sañudo
- que envuelto en nieblas por los aires zumba -
cual tu tronco, desnudo
dejó mi corazón, y mis amores
con tus marchitas flores
hundió a la par en ignorada tumba.


Igual hado nos cabe:
por eso te amo y a buscarte vuelvo
cuando te deja tu verdor suave;
que pasajero fue, cual la esperanza
de mi ya mustio corazón. La suerte
de tu pompa fugaz también alcanza
a mis dichas mezquinas;
y el astro sin calor, que alumbra inerte
tus míseras ruinas,
la imagen es del pálido recuerdo
de aquel amor que para siempre pierdo.


Mas volverá, con Mayo,
la alegre primavera,
y tu beldad primera
tornará a darte el sol...


Sucederán las auras
a vientos bramadores,
y a lívidos vapores
las nubes de arrebol.


De la africana costa,
do vaga peregrina,
veloz la golondrina
te volverá a buscar;


que en tus pobladas ramas,
bajo dosel florido,
vendrá a labrar su nido,
atravesando el mar.


Y en torno revolando
de tu frondosa copa,
verás alegre tropa
de pajarillos mil...


Y con aromas puros,
- que al florecer exhalas -
perfumarás las alas
del céfiro gentil.


¿Por qué llorar tu suerte?
¿Por qué gemir tu duelo?
Que te marchite el hielo,
te azote el aquilón...


Tus gérmenes de vida
no agotan sus rigores;
cual tus perdidas flores
las que recobras son.


De un verdor te desnudas,
y otro verdor te cubre;
lo que te quita Octubre,
te restituye Abril.


Hoy eres a mis ojos
vestigio abandonado,
mañana honor del prado
y orgullo del pensil.


¡Mas nunca reverdecen
marchitas ilusiones!
¡No tienen estaciones
los yermos del dolor!


¡A revivir ni un día
ningún poder alcanza
de efímera esperanza,
la deshojada flor!


¿Qué sol habrá que venza
al desengaño esquivo,
y su calor nativo
a un alma yerta dé?


El fuego que a natura
de vida ardiente inflama,
¡no enciende, no, la llama
de la extinguida fe!


¡Sufre los aquilones,
oh árbol afortunado,
que a restaurarte - tras su soplo helado -
el dulce aliento del Favonio esperas!
Cuando esa, que depones,
pompa gentil te restituya Mayo,
y tus flores primeras
broten del sol al fecundante rayo,
la triste lira mía
no templaré para cantar tu gloria,
ni una insana memoria
vendré a abrigar bajo tu copa umbría...


Mas pueda entonces, pueda,
rica de aromas, de verdor y flores,
(¡esta esperanza a mi dolor le queda!)
sombra prestar a mi sepulcro frío...
Y cuando torne el aquilón impío
a marchitar tus plácidos colores,
las ramas melancólicas inclina
sobre mi humilde losa;
y en hora silenciosa,
- cuando la noche lóbrega domina
las lánguidas esferas,
y esparce su narcótico beleño -
que tus hojas postreras
giren en torno, y a mi eterno sueño
con lúgubre murmullo
benignas den el postrimer arrullo!


Gertrudis Gomez de Avellaneda

18 de septiembre de 2019

ESTACIÓN SUMERGIDA



Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba;
quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra,
encima el cielo deshaciendo su cabellera.
Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida,
un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias.
De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras,
y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados
devorando las cerezas maduras del sol.

Propicio tiempo para levantar cruces de barro
en el pecho de mapuches asesinados, para los caballos crepusculares
que se extravían en las acequias.
Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos,
voy a beber grandes tragos de poemas silvestres
veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas,
aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos,
hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios
a las antiguas bodegas de la noche.

Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas
en torno a la mesa de los días,
desconozco el tren que me dejó entre ellas,
viéndolas alimentarse de cantos estrangulados,
persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio.
Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan
del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente.
Una ola invade mi habitación, recuerdo a mi vecina
cantando hasta que el cielo le llenaba las manos de azul,
yo no besé esas manos, yo tenía al viento cordillerano
arañándome, y la muerte oculta tras viejas y profundas fotografías.
Aferrado a un puente de madera,
inclinado sobre las venas turbias de la noche
pasan botellas vacías, libros oxidados de relecturas,
el barrio de las prostitutas pobres
donde cierro los labios por no decir mi nombre.
No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber quién soy verdaderamente.

Me gustaría despertar con los labios húmedos
como después de los largos besos de las sabias primas,
como si estuviese tomando café servido por mis hermanas.
Pero si abro los ojos también estaré sumergido,
pues la lluvia hace girar su pausado gramófono,
mientras hay un nevar de alas deshechas por los días,
velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta,
helada como parroquias y confesionarios que no se desprende,
si la pudiese deshacer un brillar de días felices.

Ahora lo sé, he estado siempre despierto,
mirando silenciosamente la estación sumergida
donde los huesos de las nubes hilachean los árboles.

Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos-
pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.

Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos,
mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
y confusamente respira en el mar del invierno.


*Poema escrito por el autor a los 17 años.


Jorge Teillier


17 de septiembre de 2019

CANCIONES



1


¡Ham, ham, huid que ravio!
con ravia, de vos no trave
por travar de quien agravio
recibo tal y tan grave.


Si yo ravio por amar,
esto no sabrán de mí,
que del todo enmudescí,
que no sé si no ladrar.


¡Ham, ham, huid que ravio!
¡O quien pudiese travar,
de quien me haze el agravio
y tantos males passar!


Ladrando con mis cuidados,
mil vezes me viene a mientes
de lançar en mí los dientes
y me comer a bocados.


¡Ham, ham, huíd, que ravio!
Aullad, pobres sentidos;
pues os hazen mal agravio,
dad más fuertes alaridos.




Cabo


No cessando de raviar,
no digo si por amores
no valen saludadores,
ni las ondas de la mar.


¡Ham, ham, huíd, que ravio!
Pues no cumple declarar
la causa de tal agravio,
el remedio es el callar.





2


Cuidado nuevo venido
me da de nueva manera
pena la más verdadera
que jamás he padescido.


Yo ardo, sin ser quemado,
en bivas llamas deamor;
peno sin aver dolor,
muero sin ser visitado
de quien con beldad vencido
me tiene so su bandera.


¡O mi pena postrimera,
secreto huego encendido!





3


Sólo por ver a Macías
e de amor me partir,
yo me querría morir,
con tanto que resurgir
pudiese dende a tres días.


Mas luego que resurgiese
¿quién me podría tener
que en mi mortaja non fuese,
linda señora, a te ver,
por ver qué planto farías,
señora, o qué reir?


Yo me querría morir,
con tanto que resurgir
pudiese dende a tres días.





4


Tan fuertes llamas deamor
trebajan la vida mía
no te viendo,
que sin pena e sin dolor
todo el mundo quedaría,
yo moriendo.


Congoxa, dolor, tormento,
e quantas penas sentir
por amor e comedir
se podrían, yo las siento.


De tanto mal sofridor
cada ora e cada día
soy biviendo,
que sin pena e sin dolor
todo el mundo quedaría,
yo muriendo.


¡O muerte, singular gloria,
viniendo, me puedes dar,
que pueda al mundo dexar
sin pena por mi memoria!


Bivo tan triste amador
la tu cruel señoría
atendiendo,
que sin pena e sin dolor
todo el mundo quedaría,
yo muriendo.





5


Bien amar, leal servir,
cridar et dezir mis penas,
es sembrar en las arenas
o en las ondas escrevir.


Si tanto quanto serví
sembrara en la ribera,
tengo que reverdesciera
et diera fructo de sí.


Et aun por verdat dezir,
si yo tanto escreviera
en la mar, yo bien podiera
todas las ondas teñir.





6


O desvelada, sandía,
loca muger que atendí,
decías: Verné a tí,
e partiste; por tal vía,
desseo sea tu guía.


Por pena, quando fablares
jamás ninguno te crea;
quantos caminos fallares
te buelvan a Basilea.


Vayan en tu compañía
coitas, dolor et cuidados;
fuyan de tí los poblados,
reposo et alegría,
claredat et luz del día.


El trotón que cavalgares
quede en el primer viage
los puentes por do passares
quiebren contigo al passage.


E por más lealtad mía,
penes, non devas morir,
mas si otras cuidas servir,
a la hora yo querría
ver la tu postremería.


En tiempo de las calores
fuyan te sombras et ríos,
aires, aguas et frescores,
sol et fuego et grandes fríos.


Tristeza et malenconía,
sean todos tus manjares
fasta que assí tornares
delante mi señoría,
cridando: ¡Meçed! ¡Valía!




7


Bive leda, si podrás,
e non penes atendiendo
que segund peno partiendo
non espero que jamás
te veré nin me verás.


¡O dolorosa partida!
¡Triste amador, que pido
licencia, et me despido
de tu vista et de la vida!


El trabajo perderás
en aver de mí más cura,
que según mi gran tristura,
non espero que jamás
te veré nin me verás.


Pues que fustes la primera
de quien yo me cativé,
desde aquí vos do mi fe
vos serés la postrimera.





8


Fuego del divino rayo,
dulce flama sin ardor,
esfuerço contra desmayo,
remedio contra dolor,
alumbra tu servidor.


La falsa gloria del mundo
y vana prosperidad
contemplé;
con pensamiento profundo
el centro de su maldad
penetré.


Oiga quien es sabidor
el planto de la serena,
la qual temiendo la pena
de la tormenta mayor,
plañe en el tiempo mejor.


Así yo, preso de espanto,
que la divina virtud
offendí,
comienço mi triste planto
fazer en mi juventud
desde aquí;


los desiertos penetrando,
do con esquivo clamor
pueda, mis culpas llorando,
despedirme sin temor
de falso plazer e honor.




Fin


Adiós, real resplandor
que yo serví et loé
con lealtat;
adiós, que todo el favor
e cuanto de amor fablé
es vanidat.


Adiós, los que bien amé;
adiós, mundo engañador;
adiós, donas que ensalçé
famosas, dignas de loor,
orad por mí pecador.




9


Muy triste será mi vida
los días que non vos viere;
y mi persona vencida
del dolor de la partida,
morirá quando muriere.


Bivirán los pensamientos
que con vos siempre he tenido;
no morirán los tormentos
dados sin meresçimientos
que de vos he rescevido.


Y así será conocido
mi vida quánto vos quiere;
y mi persona vencida
del dolor de la partida,
morirá quando muriere.





10


Yo sola menbrança sea,
enxemplo a todas personas,
la triste Pantasilea,
reina de las Amazonas.


Héctor que gloria posea
amé, por donde muriese
el triste que amar desea
y a mi planto et fin hobiese.


Sola yo, reina amazona,
nascí porque amar debiese
Héctor más que otra persona
¡Cuitada, que nunca lo viese!


Sola yo, la mal fadada,
quiso amor que fenesciese,
amando, et non fuese amada,
nin quien amé conosciese.


Por fama fui enamorada
del que non vi en mi vida;
por armas vencí, cuitada,
e fui por fama vencida.


Yo vengué la reina Ortía
de Hércules et Minelida
domé la gente de Siria,
salvaje, ensoberveçida.


Di vengança de Theseo
a Hipólito ofendida,
vencí al rey Oriseo,
cobré la Siria perdida;


en historias quantas leo
non fallé quien me venciesse,
salvo amor et buen deseo
de un solo que bien quisiesse.


Sentiendo por quien moría
la cruel guerra en que fuese
partí de mi señoría
valer lo que me valiese;


faziendo la luenga vía
contra las partes de Frigia,
las buelfas mortal fería
en el desierto de Libia.


Los alárabes combatía
vencí los fuertes serenios,
gané por donde venía
fasta los montes armenios;


caminando en claro día,
deseo que me guiaba,
vi Troya do parescía
e sus torres demostrava.


¡Quánta fue mi alegría!
¡Quánto va del que bien ama!
Cada paso que movía,
plazer se me acrescentava;


vi la grand cavallería
e gente muy hordenada
de los griegos que movía,
por me vedar la entrada.


A las horas yo sandía
por ver el que deseava,
¡qué fechos de armas fazía
et de qué son peleava!


ya el sol se retraía
e la hueste bien reglada,
quando amor et su valía
les ganamos la jornada.


Yo venciendo, que temía,
siempre teme quien bien ama,
que en tal son no plazería
al poseedor de la fama;


perlas, oro febrería,
vestí a la puerta timblea,
verde y blanco chapería
mis donzellas por librea.


¡Con qué honor me rescebía!
Príamo, rey soberano,
duques que non conoscía,
reys et pueblo troyano,


Héctor sólo fallescía,
sin pena nin gloria alguna,
quando reinar atendía,
la rueda bolvió Fortuna.


Saliendo a rescebirme
el buen rey et su compaña,
non pudo encobrirme
su dolor et quexa tamaña;


sospirando en le dezir
por ver el que bien quería,
respondiome: tu plazer
hoy fenesce en este día.


Seyendo alegre et plazentera
con el gesto que esperaba
de Héctor que muerto era
a mí la nueva llegada.


¡Oh, maldita sea la fada
cuitada que me fadó!
¡Oh madre desventurada
la que tal fija parió!


Amazona, reina triste,
del dios de amor maltractada,
en fuerte punto naciste
o en alguna hora menguada.


¡O triste! mejor me fuera
que nunca fuera nascida;
a lo menos non oviera
la muerte tan conoscida.


Cuitada, triste seyendo,
en mi fortuna pensando;
mis cuitas dolor plañiendo
con dios de amor razonando;


Venus seguiendo tu estoría,
en mi daño consentiendo,
hasme levado la gloria
de amores que non entiendo.


Venus do tanto servicio
que te fize atribulada,
de oración et sacrificio
¿Qué galardón es sacada?


¡Oh triste yo, sin ventura,
un amor tan deseado
la muerte que non se cura,
habérmelo así levado!


¡Maldito sea aquel día,
Archiles, en que naciste!
Buen Héctor ¿qué te fazía
que tanto mal le faziste?


¡O reina! ¿do tu gemido
tu sospiro et tu quebranto?
Coraçón endurescido,
¿cómo non mueres de espanto?


Señor, mientras tu viviste,
de mí fuiste bien amado;
agora, pues feneciste,
nunca serás olvidado.


El buen Héctor enterrado
donde quiera que estuviere,
de mí será acompañado,
cuitada, mientras viviere.


¡O reina desconsolada!
sé que me pueden llamar
la más triste apasionada
de cuantas saben amar.


E aquellas que non te amaron,
Señor, como yo te amé
de sola vista gozaron
¡mezquina! que no gocé.


Bien escura fue mi suerte,
mi quebranto et mi dolor,
non deve refusar muerte
la que pierde tal señor.


A mis cuitas remediaba
cuidando que resurgía;
mas cuando bien lo miraba
mayor planto et cuita avía.


Ya el día fallecía
et la noche se aquexava,
mi alma se escurescía
e mi placer se apocaba


porque partir me fazían
donde el buen Ector estaba,
mis dolores más crecían
et mi placer se apocava.




Fin


De la grand pena que avía
lo más que me consolaba
era que presto moría,
segund el mal que pasaba.


Juan Rodriguez del Padrón