1
Al Guadalhorce y su pastorcilla
Honra del mar de España, ilustre río
que con cintas de azándar y verbena
ciñes tu margen, de claveles llena,
haciendo alegre ultraje al cierzo frío,
si ya con tierna planta y dulce brío
vieres la ingrata, causa de mi pena,
hurtar tus perlas y pisar tu arena,
baña sus huellas con el llanto mío.
Así la Aurora vierta por tu orilla
canastillos de aljófar y esmeraldas,
olor las auras, flores el verano.
Y, si esto es poco, así mi pastorcilla,
cuando tus lirios ponga en sus guirnaldas,
te dé licencia de besar su mano.
2
Soneto a la salida de su dama al campo
en el mes de Diciembre
Llegó diciembre sobre el cierzo helado
y de flores el campo vio vestido,
y la redonda llama del sol vido
sin luz, y el cielo de otra luz honrado.
Paróse el mes en felpas aforrado,
por mirar el milagro nunca oído,
cuando a mi Sol de lumbre vio ceñido,
que el cielo alumbra, que enriquece el prado.
La admiración de maravillas tantas
obligó al mes, y el caso, sin segundo,
a contemplar la luz del claro rayo,
mas huyó luego con veloces plantas,
porque, mudando el natural del mundo,
se iba ya convirtiendo en mes de mayo.
3
Soneto a la mirada rigurosa de su señora
Levantaba, gigante en pensamiento,
soberbios montes de inmortal memoria
para escalar el cielo, en cuya gloria
procuraba descanso mi tormento,
cuando bajaron rayos por el viento,
vestidos de venganza y de vitoria,
y, renovando de Tifeo la historia,
la máquina abrasaron de mi intento.
Y ya Paquino, Lilibeo y Peloro
me oprimen con pesada valentía,
y mi pecho es ardiente Mongibelo.
Perdón, señora, pues mi culpa lloro;
no mostréis más, que son, a costa mía,
vuestros ojos los rayos, vos el cielo.
4
Soneto a la boca y ojos de su dama
implorando piedad
El Sol a noble furia se provoca
cuando sin luz lo dejas descontento,
y, por gozarte, enfrena el movimiento
el aura, que de gloria se retoca;
tus bellos ojos y tu dulce boca,
de luz divina y de oloroso aliento,
envidia el claro sol y adora el viento,
por lo que el uno ve y el otro toca.
Ojos y boca, que tenéis costumbre
de darme vida, honraos con más despojos;
mi ardiente amor vuestra piedad invoca.
Fáltame aliento y fáltame la lumbre.
Prestadme vuestra luz, divinos ojos.
Beba yo vuestro aliento, dulce boca.
5
Soneto a Antonio Mohedano pidiéndole
que pinte a su dama
Pues son vuestros pinceles, Mohedano,
ministro del más vivo entendimiento,
almas que le dan vida al pensamiento
y lenguas con que habla vuestra mano,
copiad divino un ángel a lo humano
de aquella que se alegra en mi tormento,
porque tenga a quien dar del mal que siento
las quejas que se lleva el aire vano.
Cuando el original me diere enojos,
quejaréme al retrato, que esto medra
quien trata amor con quien crueldades usa.
Mas temo que quedéis, viendo sus ojos,
como quien vio a Campestre, o a Medusa:
enamorado, o convertido en piedra.
6
Soneto, imitación del Tasso, a las rosas
Estas purpúreas rosas que a la Aurora
se le cayeron hoy del blanco seno,
y un vaso de pintadas flores lleno,
oh dulces auras, os ofrezco agora,
si defendéis de mi divina Flora
con vuestras alas el color moreno,
del sol, que, ardiente y de piedad ajeno,
su rostro ofende porque el campo dora.
Oh hijas de la Tierra, peregrinas:
mirad si tiene mayo en sus guirnaldas
más frescas rosas, más bizarras flores.
Llorando les dio el alba perlas finas;
el sol, colores; mi afición, la falda
de mi hermosa Flora, y ella, olores.
7
Soneto sobre la belleza frágil y perecedera
Con planta incierta y paso peregrino,
Lesbia, muerta la luz de tus centellas,
llegaste a la ciudad de las querellas,
sin dejar ni aun señal de tu camino.
Ya el día, primavera y sol divino,
de tus ojos, tu labio y trenzas bellas,
dieron al agua, al campo, a las estrellas,
luz clara, flores bellas, oro fino.
Ya de la edad tocaste tristemente
la meta, y pinta tu vitoria ingrata
con pálida color el tiempo airado.
Ya obscurece, da al viento, vuelve en plata,
de los ojos, del labio, de la frente,
el resplandor, las flores, el brocado.
8
Soneto en burla de quiméricos
argumentos caballerescos
Rompe la niebla de una gruta escura
un monstruo lleno de culebras pardas,
y, entre sangrientas puntas de alabardas,
morir matando con furor procura.
Mas de la escura, horrenda sepultura
salen rabiando bramadoras guardas,
de la Noche y Plutón hijas bastardas,
que le quitan la vida y la locura.
De este vestiglo nacen tres gigantes,
y de estos tres gigantes, Doralice;
y de esta Doralice nace un Bendo.
Tú, mirón, que esto miras, no te espantes
si no lo entiendes; que, aunque yo lo hice,
así me ayude Dios que no lo entiendo.
9
A un nuestro amigo, músico malo.
Dicen que Orfeo piedras, animales,
y aguas trajo con voces soberanas;
también, cantando tú, quitas mil canas,
y anoche en ti se vieron sus señales;
que un mojón te tiraron las canales
a la parroquia de las almorranas,
y sobre ti llovieron las ventanas
lo que ya fue alimento de orinales.
Diste a huir, y al fin de unas callejas
te sacaron las márgenes redondas
de tu capa dos perros, a maitines.
Cantando haces derretir las tejas,
tañendo llamas las saladas ondas,
huyendo te acompañan los mastines.
10
Soneto burlesco a una dama
Cantar que nacen perlas y granates
si estampas los toribios de tus patas,
llamar coturnos breves tus zapatas,
escribir que eres ninfa del Eufrates,
decir, siendo tus codos acicates,
que son tus brazos tiernos como natas,
cuyas canillas te vendió baratas
la ninfa de que hacen los chizgates,
es un cierto mentir a fuego lento,
para que se derrita un pecho moro,
si nace a ser verdugo de poetas.
Mas tú misma echarás de ver que miento;
que las ninfas bordaban paños de oro:
tú no sabes echarme unas soletas.
Pedro Espinosa