CafePoetas es un Blog sin animo de lucro donde se rinde homenaje a poetas de ayer, hoy y siempre.
Mostrando las entradas con la etiqueta Salvador Rueda. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Salvador Rueda. Mostrar todas las entradas

16 de febrero de 2023

EL COPO




Tiñese el mar de azul y de escarlata;
el sol alumbra su cristal sereno,
y circulan los peces por su seno
como ligeras góndolas de plata.


La multitud que alegre se desata
corre a la playa de las ondas freno,
y el musculoso pescador moreno
la malla coge que cautiva y mata.


En torno de él la muchedumbre grita,
que alborozada sin cesar se agita
doquier fijando la insegura huella.


Y son portento de belleza suma:
la red, que sale de la blanca espuma:
y el pez, que tiembla prisionero en ella.





Salvador Rueda

17 de septiembre de 2022

COPLAS



1


Como el almendro florido
has de ser con los rigores,
si un rudo golpe recibes
suelta una lluvia de flores.


2


Antes que el sepulturero
haya cerrado mi caja,
echa sobre el cuerpo mío
tu mantilla sevillana.


3


Tiro un cristal contra el suelo
y se rompe en mil cristales,
quiero borrarte del pecho
y te miro en todas partes.


4


Sobre su negro ataúd
daban las gotas del agua,
¡qué lejos el cementerio
y qué noche tan amarga!


5


A las puertas de la muerte
sentado habré de aguardarte;
no faltarás a la cita,
allí te espero, ya sabes.


6


Allá en el fondo del río
cuando nada turba el agua,
palpita de las estrellas
el hormiguero de plata.


7


Aprovecha tus abriles
y ama al hombre que te quiera,
mira que el invierno es largo
y corta la primavera.


8


Para alcanzar las estrellas
sonda el cisne la laguna;
en el mar de los amores
yo soy cisne y tú eres luna.


9


A la luz de tu mirada
despido mis penas todas,
como a la luz de los astros
la hoja despide la sombra.


10


No soy dueño de mí mismo
ni voy donde a mí me agrada,
atado llevo el deseo
al hilo de tu mirada.


11


Parecía la amapola
que ayer vi en el cementerio,
sus rojos labios que ansiaban
darme los últimos besos.


12


Cuando eche mi cuerpo flores
sólo una cosa te pido,
que las pongas en el pecho
donde no pude estar vivo.


13


Mira qué triste está el cielo,
mira qué sendas tan solas,
mira con cuánta amargura
se van quejando las hojas.


14


Para mirar qué es la vida,
cuando estoy en mi aposento
con un fósforo señalo
la forma de un esqueleto.


15


La campiña cuando sales
se inunda de luz alegre,
y las hojas de las ramas
baten las palmas al verte.


16


De dos montañas distintas
corren al mar dos arroyos,
y en el camino se juntan
para no caminar solos.


17


Tengo los ojos rendidos
de tanto mirar tu cara,
si los cierro, no es que duermen,
es tan sólo que descansan.


18


Tus ojos son un delito
negro como las tinieblas,
y tienes para ocultarlo
bosque de pestañas negras.


19


De aquella peña más dura
sale el manantial alegre,
de un pecho con ser humano
no sale el cariño siempre.


20


Dentro de una calavera
dejó la lluvia un espejo,
¡y en él a la media noche
se contemplaba un lucero!


21


Para formarle un collar
a tu pecho, dueño mío,
voy buscando por las ramas
los diamantes del rocío.


22


Fuera entre todas las cosas
por abrazarte temblando,
enredadera florida
de tu cuerpo de alabastro.


23


Rayito fuera de luna
para entrar por tu ventana,
subir después por tu lecho
y platearte la cara.


24


Cuando me esté retratando
en tus pupilas de fuego,
cierra de pronto los ojos
por ver si me coges dentro.


25


Dos velas tengo encendidas
en el altar de mi alma,
y en él adoro a una virgen
que tiene tu misma cara.


26


Cuando me envuelvo en el rayo
de tus pupilas siniestras,
como terrible martillo
toda mi sangre golpea.


27


Creyendo darlo en tu boca
he dado en el aire un beso,
y el beso ha culebreado
como una chispa de fuego.


28


Divididas en manojos
están tus negras pestañas,
y cuando la luz las besa
no he visto sombras más largas.


29


Si quieres darme la muerte
tira donde más te agrade,
pero no en el corazón
porque allí llevo tu imagen.


30


Viviendo como tú vives
enfrente del cementerio,
qué te importa ver pasar
un cadáver más o menos.


31


Una lápida en su pecho
pone al amar la mujer,
que en letras de luto dice:
«muerta, menos para él».


32


A saludar a su amada
voló un dulce ruiseñor,
vio otro pájaro en su nido
y de repente murió.


33


El día de conocerte,
mira qué casualidad,
tu nombre estuve escribiendo
en la escarcha de un cristal.


34


En el altar de tu reja
digo una misa de amor,
tú eres la virgen divina
y el sacerdote soy yo.


35


Yo no sé qué me sucede
desde que te di mi alma,
que cualquier senda que tomo
me ha de llevar a tu casa.


36


Sobre la almohada
donde duermo a solas,
¡cuántas cosas te he dicho al oído
sin que tú las oigas!


37


Cuando el claro día
llama a mis cristales,
desvelado me encuentra en la sombra
trazando tu imagen.


38


Hay en tu mirada
yo no sé qué cosa,
que en mis fibras penetra y penetra
como espada sorda.


39


Creyendo en mis sueños
poder abrazarte,
¡qué de veces, mi bien, he oprimido
las ondas del aire!


40


Jugara la vida
gozando en perderla,
si a las cartas les dieran su sombra
tus pestañas negras.


41


El acento dulce
de tu voz amada,
me parece una ola de llanto
que besa las playas.


42


Cada vez que a verte voy
en tu puerta me detengo,
pues temo que la alegría
me trastorne el pensamiento.


43


Sólo le pido al Eterno
que al despuntar cada día,
las sombras de nuestros cuerpos
sorprenda la luz unidas.


44


Si fuera rayo de luna
por tus ojos penetrara,
y en silencio alumbraría
el sagrario de tu alma.


45


Quisiera tener un rizo
de tu oscura cabellera,
para gastarme los ojos
en sólo mirar sus hebras.


46


Ya viene la primavera,
ya los pájaros se hermanan,
cuánto espacio entre nosotros
y cuán cerca nuestras almas!


47


Tu desaire más ligero
pone mi pecho vibrando
como un granillo de arena
hace temblar todo un lago.


48


Antes de yo conocerte
soñaba que me amarías;
¡quién presta oído a los sueños,
quién de los sueños se fía!


49


Cuando muerto esté en la tumba
toca en ella la guitarra,
y verás a mi esqueleto
alzarse para escucharla.


50


Cuando a media noche
los ramajes tiemblan,
el silencio interrumpen y pasan
las almas en pena.



Salvador Rueda

26 de julio de 2022

LA SANDIA



Cual si de pronto se entreabriera el día
despidiendo una intensa llamarada,
por el acero fúlgido rasgada
mostró su carne roja la sandía.


Carmín incandescente parecía
la larga y deslumbrante cuchillada,
como boca encendida y desatada
en frescos borbotones de alegría.


Tajada tras tajada, señalando
las fue el hábil cuchillo separando,
vivas a la ilusión como ningunas.


Las separó la mano de repente,
y de improviso decoró la fuente
un círculo de rojas medias lunas.




Salvador Rueda

7 de julio de 2022

LA COPLA



Tiene la mariposa cuatro alas;
tú tienes cuatro versos voladores;
ella, al girar, resbala por las flores;
tú por los labios, al girar, resbalas.


Como luces su túnica, tú exhalas
de tu forma divinos resplandores,
y fingen ocho vuelos tembladores
tus cuatro remos y sus cuatro palas.


Ya te enredas del alma en una queja,
ya en la azul campanilla de una reja,
ya de un mantón en el airoso fleco.


En el pueblo, andaluz, copla, has nacido,
y tienes ¡ave musical! tu nido
de la guitarra en el sonoro hueco.



Salvador Rueda

24 de junio de 2022

HORA DE FUEGO



Quietud, pereza, languidez, sosiego...;
un sol desencajado el suelo dora,
y a su valiente luz deslumbradora
queda el que a fascinado y ciego.


El mar latino, y andaluz, y griego,
suspira dejos de cadencia mora,
y la jarra gentil que perlas llora
se columpia en la siesta de oro y fuego.


Al rojo blanco la ciudad llamea;
ni una brisa los árboles cimbrea,
arrancándoles lentas melodías.


Y sobre el tono de ascuas del ambiente,
frescas cubren su carmín riente
en sus rasgadas bocas las sandías.



Salvador Rueda

5 de febrero de 2022

LA BACANAL




1


Está de fiesta la triunfante Roma;
desierto y mudo su elocuente Foro;
con estallar de estrépito sonoro
la delirante bacanal asoma.


No importa que minando la carcoma
esté su base de sillares de oro,
ni que entre mares de imborrable lloro
caiga como la impúdica Sodoma.


El festival con su esplendor la baña,
y sus noches magnificas recrea,
y con báquicos bailes le acompaña.


Y Roma, entre el festín que la rodea,
vacila como tronco en la montaña
que, antes de herirlo, el viento bambolea.





2


Abren la marcha grupos numerosos
de Silenos con pieles revestidos,
que adelantan el paso confundidos
con grupos de bacantes bulliciosos.


Agitando los tirsos primorosos
de cien lazos espléndidos ceñidos,
excitan y enardecen los sentidos
con sus bailes de ritmos cadenciosos.


De la noche rompiendo las tristezas,
van antorchas de rayos penetrantes
que del cuadro destacan las bellezas.


Y un escuadrón de sátiros saltantes
conduce en las cornígeras cabezas
hojas de hiedra en círculos triunfantes.





3


Mujeres con figura de victoria
siguen vestidas de lujosas galas,
y abren en sus omóplatos las alas,
símbolo de su triunfo y de su gloria.


Vivas luces ardiendo a la memoria
del gran Dionisos brillan cual bengalas,
y de sus tonos tienden las escalas
sobre el festín de la romana escoria.


Un bello altar de perlas coronado,
que irradia como asiático tesoro,
va de frondosas pámpanas orlado.


Y en pos de cien niños a compás sonoro,
llevan como presente delicado
el azafrán en páteras de oro.





4


Tras de un tropel que rompe y desbarata,
libre de toda ley, lazos y frenos,
llegan en el tumulto dos Silenos
en cuya piel la luz rayos desata.


Uno que el vivo júbilo retrata
va dando brincos de destreza llenos,
y el otro lanza vibradores truenos
de una trompeta de maciza plata.


Entre los dos, de trágico vestido,
un hombre va colérico accionando
y el rostro tras la máscara escondido.


Es el actor que avanza declamando,
y viene con acento enardecido
dáctilos y espondeos recitando.





5


Esparciendo, prolíficas, los dones
con que la madre tierra las dotara,
entre pompas que un rey ambicionara
avanzan las diversas estaciones.


Resuenan encomiásticas canciones
en las que va la perfección más rara,
y en copa enorme que de hervir no para
hacen sátiros mil sus libaciones.


Trípodes al de Delfos semejantes
y piedras erizadas de facetas,
van mezclados con copas deslumbrantes.


Y ensalzan en su lira los poetas,
con ditirambos bellos y brillantes,
el premio destinado a los atletas.





6


Baco, encima de un carro reluciente,
va por torvas panteras arrastrado,
y en un vaso de plata cincelado
bebe la espuma del licor hirviente.


Un tazón de Laconia transparente,
bajo el dosel de pámpanas formado,
luce su primoroso modelado
junto a jarros y perlas del Oriente.


Muestran las cabelleras destrenzadas
en el carro triunfal nobles matronas
con las sacerdotisas inspiradas.


Y cubiertas de pieles de leonas,
van al pagano rito encadenadas
mujeres con laureles y coronas.





7


Cien brutos de otro carro van tirando:
es un lagar de áureos racimos lleno,
que están, al son de un canto de Sileno,
enardecidos sátiros pisando.


Al brusco ritmo con que van bailando,
la uva derrama su jugoso seno,
y fingen sordo resonar de trueno
los duros pies el suelo golpeando.


Copas de plata el chorro desprendido
reciben en sus fondos deslumbrantes,
cual si el nácar hubiéralos bruñido.


Trasiéganlas las turbas delirantes,
y el carro lleva a su espaldar uncido
un reguero de lúbricas bacantes.





8


De la profusa bacanal liviana
avanza otro vehículo asombroso
bajo un odre gigante y portentoso
que de leopardas pieles se engalana.


Sobre su inmensa cima soberana,
como en hombros de homérico coloso,
en montón hacinado y prodigioso
junta sus artes la ciudad romana.


Jarros, trípodes, vasos a porfía,
bajo relieves de cincel divino,
asombran la exaltada fantasía.


Y a lo largo llevadas del camino,
al par que derramando la alegría,
van vertiendo las cráteras el vino.





9


Sigue un cuadro de gracia y de belleza:
niños vestidos de ideal blancura
muestran ceñidas en la frente pura
coronas que tejió Naturaleza.


Sobre un carro cargado de riqueza
vierte una gruta esencias y frescura,
y hay un coro de ninfas que asegura
verde laurel a la gentil cabeza.


Dos fuentes de las peñas se desmandan
entre ramajes y aromadas pomas,
y leche y vino en sus raudales mandan.


Ungen el aire asiáticos aromas,
y por cima del carro se desbandan
espirales de espléndidas palomas.





10


Dos cazadores con venablos de oro,
de numerosos perros circundados,
que Hircania regaló en sus collados
para ornamento del festín sonoro,


van escuchando el encendido coro
de entusiásticos himnos, dedicados
al dios que lleva a su poder atados
tanto regio esplendor, tanto tesoro.


Arboles de magnífico follaje
ponen dosel de agreste poesía
al cuadro halagador con su ramaje.


Y en sus hojas estalla la armonía
de cien aves de espléndido plumaje
que en bellas jaulas regaló Etiopía.





11


Siguen el lento paso torvas fieras
de hirsuta piel en tintas salpicadas,
elefantes de trompas enroscadas,
las de diente voraz rubias panteras.


Con lanas como blondas cabelleras
van las llamas de formas delicadas,
y las alas de armiño inmaculadas
abren los cisnes como dos banderas.


Águilas de pupila rutilante,
de duras garras y de corvo pico,
nobleza prestan al festín brillante.


Y el pavo real, de tornasoles rico,
desata la baraja deslumbrante
de las plumas sin fin de su abanico.





12


Cierra la marcha, espléndido y grandioso,
un grupo de cien carros resonantes,
donde avestruces, ciervos y elefantes,
pasan en un desfile esplendoroso.


Baco, en medio, deslumbra victorioso
coronado de pámpanas flotantes,
entre sabias ciudades que triunfantes
simbolizó el artista prodigioso.


El vino en copas cinceladas prueban
sátiros que, beodos, van saltando
y a las bacantes lúbricas sublevan.


Y esclavos rudos a compás danzando,
ébano en troncos colosales llevan
sobre los recios hombros descansando.





13


Y entre esa orgía de placer profundo,
pasmo y asombro del cerebro humano,
que atraviesa en desfile soberano
con su tropel de carros rubicundo;


entre ese delirar vivo y jocundo
río que corre al lóbrego Océano
donde revueltas en su estruendo vano
van a morir las glorias de este mundo,


la antigua sociedad, roto su cielo,
siente que en su espaldas se desploma,
y herida pliega el vacilante vuelo.


Borra el festín su embriagador aroma,
se apagan las antorchas, tiembla el suelo,
¡se abre el abismo y se sepulta Roma!



Salvador Rueda