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16 de agosto de 2021

EL FILOSOFO Y EL FAISÁN




Llevado de la dulce melodía
 Del cántico variado y delicioso
 Que en un bosque frondoso
 Las aves forman, saludando al día, 
 Entró cierta mañana 
Un sabio en los dominios de Diana.


 Sus pasos esparcieron el espanto 
 En la agradable estancia;
 Interrúmpese el canto;
 Las aves vuelan a mayor distancia; 
 Todos los animales, asustados, 
 Huyen delante de él precipitados,
 Y el Filósofo queda 
Con un triste silencio en la arboleda. 


 Marcha con cauto paso ocultamente; 
 Descubre sobre un árbol eminente 
 A un faisán, rodeado de su cría,
 Que con amor materno la decía:
 Hijos míos, pues ya que en mis lecciones 
Largamente os hablé de los milanos, 
De los buitres y halcones,
 Hoy hemos de tratar de los humanos. 


 La oveja en leche y lana 
Da abrigo y alimento 
 Para la raza humana,
 Y en agradecimiento
 A tan gran bienhechora, 
La mata el hombre mismo y la devora.


A la abeja, que labra sus panales
 Artificiosamente, 
La roba, come, vende sus caudales, 
 Y la mata en ejércitos su gente.


 ¿Qué recompensa, en suma,
 Consigue al fin el ganso miserable 
 Por el precioso bien, incomparable, 
 De ayudar a las ciencias con su pluma?
 Le da muerte temprana el hombre ingrato,
 Y hace de su cadáver un gran plato. 


Y pues que los humanos son peores
 Que milanos y azores
 Y que toda perversa criatura,
 Huiréis con horror de su figura.


 Así charló, y el hombre se presenta. 
 Ese es, grita la madre, y al instante 
 La familia volante 
Se desprende del árbol y se ausenta. 


¡Oh cómo habló el Faisán! 
Mas ¡qué dijera 
 El Filósofo exclama, si supiera
 Que en sus propios hermanos
 La ingratitud ejercen los humanos.


Felix Maria Samaniego