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12 de agosto de 2022

A DON JOSE ANTOLIN RODULFO



Si ofreciera al mortal naturaleza
su vasto plan, abismo de belleza,
trazado con perfecta simetría,
de modo que al romper la luz del día,
sólo viesen sus ojos aburridos,
en montañas, en bosques, en ejidos,
en aves, en cuadrúpedos e insectos,
eterna imitación de ángulos rectos,
cortando donde quiera sus adornos
en uniformes líneas y contornos,
y nunca de estos límites saliera;
dime, caro Rodulfo, si tal fuera
de nuestra madre toda la pericia,
¿no se muriera un hombre de ictericia?
¿Te ríes? pues en este fiel retrato
de todo el que se llama literato,
de todo el que compone prosa o verso,
miras el símil propio. El universo,
como siervo infeliz que come y calla,
trémulo al yugo ajeno se avasalla;
los turcos al Sultán, al Cezar los rusos,
y a dogmas arbitrarios y confusos,
el genio, vasto origen de placeres:
el más libre, el más noble de los seres,
¿no es un dolor que en insensato orgullo,
trueque por un aplauso y un murmullo,
su excelsa independencia y energía?
¿Qué lo amansen con torpe algarabía,
bajo una masa enorme de preceptos,
profesores exóticos e ineptos?
Tú dirás que esta guerra es algo brusca,
y que por cierto mi opinión ofusca
con halagüeños ímpetus la moda.
¡Esta respuesta acaso se acomoda,
también al que nutrido en ciencias graves,
enterró los preceptos con seis llaves,
y dando a su país glorias opimas,
sedujo al orbe entero con sus rimas?


A cien autoridades, otras ciento,
y otras mil opondrás: vano argumento.
Y el que su pabellón audaz tremola,
no cede al peso de afamados nombres:
los preceptos son obra de los hombres.
Naturaleza, en su mandato augusto,
no nos ha dado reglas, sino gusto.
Ora do quier, en su expresión divina,
grabada mirarás esta doctrina:
Naturaleza es bella, porque es varia.
Tal es la ley del genio. Temeraria,
la mano del saber rompió su hechizo
con vana pompa y relumbrón postizo.
Mas ya recobra la razón sus fueros,
y pues abre la fama dos senderos,
libre en su decisión la fantasía,
falle entre Desdémona y Atalía.


De la patria infeliz ¿quién no deplora
los destinos? Allí cayó en buen hora
la gótica armazón del gongorismo;
cayó sumido en mofa, y en su abismo
se alzó con impertérrita arrogancia,
mestiza inspiración nacida en Francia.
cunde veloz el apestado germen,
las gracias callan, y las musas duermen,
mientras Tomás, en verso y relamido,
mide y combina el tiempo y el sonido.
Mas donde descargó con mayor rabia
todo su empeño la caterva sabia,
fue en la móvil escena del teatro,
pues allí consiguieron tres o cuatro
regodearse en usurpado solio,
convirtiendo el talento en monopolio.
Las jornadas murieron. Mas exactos,
nos condujeron de París los actos.
Calderón hizo tres, mas ellos cinco,
y como en Francia siguen con ahínco,
desde el principio al fin el mismo metro,
ya que el gusto francés empuña el cetro,
toda pasión, toda persona y lance,
se explicaba en monótono romance.
Esto no es más que un rápido compendio
de nuestra esclavitud y vilipendio.
Calló el sonoro genio de Castilla:
su lozano vigor, su habla sencilla,
degradados en vínculos protervos,
se rastreaban como torpes siervos.


Descolló en tanto un hombre cuyo ensayo,
como tras larga noche puro rayo,
la senda rompe al luminar augusto,
vaticinó el reinado del buen gusto.
Sal, artificio, corrección, pureza,
dio blanda a Moratín naturaleza.
Sonriole el poder; feliz obtuvo
bienestar, opinión: mas se detuvo
temeroso, al hollar el sacro templo,
pagando su tributo al mal ejemplo.
Él en nuestros magníficos anales,
henchidos de proezas inmortales,
de nobles y poéticos despojos,
ni aun quiso iluso recrear los ojos.
De la comedia histórica no quiso
pisar la entrada. ¡Y qué! ¿Será preciso
cerrar la escena a tantos nombres grandes,
a la gran Isabel, al gran Fernández,
porque no hay en su historia un majadero,
que con talante desquiciado y fiero
se dé una puñalada al acto quinto?
¿Sólo han de parecer en el recinto
de la comedia el vicio y el enredo?
Moratín a su siglo tuvo miedo,
y refrenó su alcance ilimitado,
para dar gusto a un club engalicado.
¡Tres años cada pieza! Y en tres años,
¿qué nos da Moratín? ¿hechos extraños,
hombres nuevos, pinturas nunca vistas?
No por cierto: cual otros mil copistas,
saca a lucir el perseguido amante,
y un fanático viejo, y un pedante,
y una de esas mujeres infelices,
que cubren con el rezo sus deslices.
¿No tiene el corazón otros dobleces
más profundos? ¿Con esas pequeñeces
se pone el sello al siglo, y se destruye
la mancha que lo afea y prostituye?


Mas osado al pulsar la hispana lira
la musa de León su musa inspira,
y él y Meléndez, en cantar sonoro,
restituyen a España su decoro.
Nueva región de anchura noble y alta,
nos abren juntos. La razón se exalta,
la rima se ennoblece, y de Sofía
resuenan en correcta melodía
las santas leyes. Callan los maestros,
y retoñan en pos vates siniestros
a millares: tropel servil e insulso,
todo movido por igual impulso.
Los versos blancos y las negras odas
inundan raudas las imprentas todas.
Una es la locución y la pintura,
y el ¡salud! y el do quier, y la natura.
Las mismas rimas, y las mismas frases.
Tiemblan las bibliotecas en sus bases,
al recibir el desmedido acopio,
y, cual si el aire se tornara en opio,
la sociedad bosteza y se amodorra.
Falta un genio atrevido que socorra
nuestras letras hundidas en miseria:
falta un Byron a la abatida Hesperia.
Uno que busque en sí, y halle en sí solo,
lo que otros piden al vetusto Apolo.


Mente nutrida en abandono amargo;
libre, soberbia, exenta del letargo
que empaña y turba los nativos fuegos
con charla culta y humos palaciegos.
Hombre que cara a cara al infortunio
sepa afrontar, y que el ardor de Junio,
y de Diciembre el huracán arrostre;
que al caprichoso público no postre
la rodilla, ni silbo o burla tema;
que desprecie los grillos de un sistema,
ni otro sistema en escribir admita
que el entusiasmo ardiente que lo agita;
que temeroso de que el humo espeso
de la ciudad, con lánguido embeleso
su pecho ablande y su pesar ofusque,
lejos del hombre sus modelos busque.
Verás cual a su voz se desmorona
la estructura trivial y monótona
del lenguaje poético; la rima,
más dócil al ingenio que a la lima,
desechando el adverbio y participio
no admitirá en sus sílabas el ripio,
que hoy de la inspiración ocupa el puesto.
Se acabará el somnífero repuesto,
que produce al lector náuseas y bilis,
de Lauras, y Filenas, y Amarilis.
Será espejo del ímpetu sublime
fiel la expresión, sin que a su lado arrime
torpe escritor que los conceptos masca,
voces de relumbrón y de hojarasca.
Lo diré con rubor: creyó sencilla
mi osada musa traspasar la orilla
del Rubicón poético, y en breve,
cual se remonta por el aire leve,
de gas henchida, barnizada esfera,
súbito para la veloz carrera,
vacila, retrocede, y luego floja
desde la altura espléndida se arroja;
tales, después de inútiles conatos,
se abatieron mis fuegos insensatos.
Pido a Horacio perdón de tanto exceso;
torno al hondo nivel, y bajo el peso
de la mediocridad que al alma abruma,
deshecha la ilusión, suelto la pluma.


Jose Joaquin de Mora