En Éfeso las tardes son de fuego
para el hombre que escribe sus sentencias
cuestionándose dioses y existencias,
legándolas a un mundo hostil y ciego.
Dejaré las palabras para luego.
Ansioso estoy de amores y experiencias,
pero en sombra convierto las vivencias
que no sé atesorar y que relego.
No hay nada que objetar al sabio Heráclito.
Murieron también Dios y su Paráclito
en un sueño olvidado en el que pierdo
la certidumbre a la que me consagro
cuando es negado al hombre hasta el milagro
de revivir dos veces un recuerdo.
Israel Clara
