Para María Isabel Segarra
Se encontraron de pronto, sin apenas buscarse,
en un sinfín nostálgico de cuerpos sobrehumanos.
Y se reconocieron ya no amigos, ni hermanos,
sino frutos prohibidos locos por devorarse.
Es ahora que tienen miedo de separarse,
ahora que la noche los envuelve en sus manos
de ceniza y estruendos, edenes pompeyanos
que en abrazos de fuego les invita a enterrarse.
Murieron abrazados hasta el fin de los tiempos,
hasta que expertos hombres, forenses de la tierra,
los hallaron idénticos entre vestigios viejos,
ajenos a la muerte, al mar de contratiempos
que vencieron unidos en una antigua guerra
que a través de los siglos los trajo de tan lejos.
Israel Clara
