Para Caterina
He leído en la noche tu evangelio,
una herencia de cielos y de mares
robada a algún poeta transatlántico
que te habló entre rapsodias y bocetos
de los límites ficticios de la vida,
mientras los delineantes de los años
terminaban sus planos sin demora
para abrirte a un océano de hielo.
Conociste lugares inauditos,
te perfumaste el cuerpo con esencias
de una tierra vecina a Samarcanda
y cubriste tu rostro con las máscaras
de otoñales Venecias fantasmales.
Las leyendas de Persia te hechizaban
y colmabas tus copas de elixires
que rebosaban odio hacia la muerte,
cantos carnavalescos que inventabas
bajo la rendición final del tiempo.
Me enamoré del aire de tu cuerpo
y de tus ojos grises como nubes.
Llegaste en una tarde hecha de otoño
y te fuiste con miedo entre la lluvia
que te había traído de tan lejos,
de tu isla de naranjas siempre dulces,
de tu isla a contraluz de los ensueños.
Han pasado los años y me tienes
a expensas de tus ojos y tus manos,
y este ruido metálico en lo oscuro
es el ángel que aprieta tus cadenas.
Lloverá alguna tarde mientras sueñas
más lejos de este cuerpo que te escribe,
porque tu soledad no es la de un cuerpo,
tu soledad es más compleja y triste,
la soledad constante de tu invierno.
Con suavidad derramaré los frascos
que esconden el olor de tu existencia,
y miraré otra vez por la ventana
dibujando tu cuerpo allá en lo oscuro,
esperando una noche y otra noche,
en soledad, tu regreso en las lluvias.
Israel Clara
