Si mis dedos pudieran
Deshojar a la luna…
Federico García Lorca
Por la luna, mujer, que es sagrada
Y platea estos árboles, juro.
Que mi amor es profundo y es puro…
Así habló el fiel Romeo a su amada.
Arto más que ese Disco de Plata
y esa luna Sangrienta Escarlata.
La omnisciente testigo del Hombre.
Voy en busca de aquel vasto nombre.
Esa ostia de la cual Dios comulga.
Ese faro en el mar de la noche.
Ese ojo del gran Polifemo,
Ya segado por obra de Ulises.
Ese rostro de mil cicatrices.
Esa inmensa ceniza del sol.
Baudelaire, la percibe ofendida.
Y Lugones maligna y campestre.
Federico ve un niño en su mano.
Lafontaine, un ratón en su centro.
Blanca piedra es la luna, Vallejo.
Alfonsina le teme al mirarla.
Cielo negro, Rubén. Luna opaca.
Y Neruda la ha anclado en su verso
Casi fuera del cielo…
Entre un par de montañas.
Sueña Banchs que es de mármol la luna.
Y ese mármol es un pozo seco.
Y ese pozo es sonoro y su eco
Espectral, palidece a la luna.
En un río, dos blancas canoas,
Se deslizan sin sus navegantes.
Con sus remos, su popa y su proa,
Me recuerdan a lunas menguantes.
No es la luna empedrada del charco,
Que estalló bajo el pie presuroso.
Ni es aquella del mar escabroso,
Que ilumina a los trágicos barcos.
Yo la busco en el vago ladrido.
Y en el grito de un hombre que muere.
En el llanto de niños, mujeres,
Solo quiero saber… dónde ha ido.
Luciano Cavido
