Cierta mañana
decía
a otras flores la azucena:
yo crezco pura y serena
ante las luces del día;
mi hermoso cáliz se ensancha
siempre que el viento lo agita;
ni el huracán lo marchita,
ni el rayo del sol lo mancha.
Y una tierna sensitiva
dijo temblando después:
también mi corola es
hermosa, pura y altiva;
pero los rayos del sol
secando mi aroma están,
y el beso del huracán
mancha mi casto arrebol.
Y Dios, que allá en lo profundo
este coloquio escuchaba,
mientras el cuadro pintaba
de los jardines del mundo,
mandó a las flores preciadas
que de su cáliz las puertas
tenga la azucena abiertas,
la sensitiva cerradas.
Jose Martinez Monroy
