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16 de abril de 2021

SONETOS



Soneto 1


Si lo que el alma me revela, cuando,
Filis, contemplo la divina y rara
beldad al mundo más que el cielo clara,
que adoro ardiendo y reverencio amando,


con el acento doloroso y blando
que me quejo de ti, significara,
parara el Sol, las fieras humillara,
arrebatara el cielo contemplando.


Mas como el rayo de tus bellos ojos
otras tinieblas amanece agora
en el que fué mi ocaso oscurecido,


silencio eterno esconde el que te adora,
a quien los rayos de tu Oriente rojos
encubren nubes de perpetuo olvido.




Soneto 2


La fatal influencia que recibo
del movimiento de las dos estrellas
al cielo más divinas, y más bellas
al mundo que de Febo el rayo vivo;


la escura nube del desdén altivo
impide que resulte agora dellas
bien a mi mal, alivio a mis querellas,
fin al dolor y fin al llanto esquivo,


Suspiro de continuo y, suspirando,
apenas disminuyo la cerrada
niebla que esconde mi divina lumbre.


Venus, si agravios mueven tu hijo blando,
asegura tu Reino y de pasada
haz que pierdan altivos gloria y cumbre.




Soneto 3


Lejos Amintas de su fiel ganado,
toro viejo y fortísimo buscando,
por la espesura de la selva errando,
en la manada de Damón prendado,


bella cabra perdida, el enriscado
cerro paciendo, Cytiso mirando,
su cayado le tira, y, en llegando,
cayó mortal al florecido prado.


Halló dos cabritillos en la dura
concavidad del monte, diólos luego
a su Filis y della una comida;


y las armas, los pies, la vestidura
y el matador cayado, vuelto en fuego,
Pan, dejaron tu planta enriquecida.




Soneto 4


Ay, no te alejes, Fili, ay, Fili, espera
el tu Damón, que más que a su ganado
te reverencia y ama; y si el osado
curso prosigues, tiempla la carrera.


Ya no te sigo; Fili, la ligera
planta refrena, que el temor helado
de tu mal me detiene y tú el amado
Damón huyes cruel, cual cruda fiera.


Detén, Filis cruel, detén el paso;
no te ofenda la planta riguroso
cardo cruel de tierra no labrada.


Diciendo aquesto triste y doloroso,
esquivando la vida desdichada,
cayó Damón al Sol del campo raso.




Soneto 5



Viva yo siempre así con tan ceñido
lazo, Filis, contigo, como aquesta
yedra inmortal en esta encina puesta,
que le enreda su tronco envejecido.


Mira allí un olmo seco y un florido
junto a la fuente, que una vid le presta
hermosura y valor; y tú dispuesta
a perseguirme, pónesme en olvido.


Por ti, cruel, olvido mi ganado,
y le dejo sin guarda del ardiente
lobo cruel, ganado que tú amaste.


Un cabritillo deste coronado
monte, vi yo llevar; lloré, y, presente
a mi dolor, soberbia te gozaste.




Soneto 6



De yedra, roble y olmo coronado,
al pie de una copiosa y verde encina
por cuyo tronco y ramas encamina
dorada vid su lazo enamorado,


Damón del Tajo, a ti Padre sagrado
Baco, consagro aquesta cabra; inclina
tu rostro agora, si la faz divina
volviste al deshojar tu tronco amado.


Esta cabra te ofrezco que solía
agora con el diente y con el cuerno
descomponer tus vides sin sosiego.


Dijo Damón, y, haciendo un ancha vía
al cuello, cayó en tierra y con el tierno
olor de Arabia, al cielo subió el fuego.




Soneto 7




Ésta es, Tirsis, la fuente do solía
contemplar su beldad mi Filis bella;
éste el prado gentil, Tirsis, donde ella
su hermosa frente de su flor ceñía.


Aquí, Tirsis, la vi cuando salía
dando la luz de una y otra estrella;
allí, Tirsis, me vido, y tras aquella
haya se me escondió, y así la vía.


En esta cueva deste monte amado
me dió la mano y me ciñó la frente
de verde yedra y de violetas tiernas.


Al prado, y haya, y cueva, y monte, y fuente,
y al cielo despareciendo olor sagrado,
rindo de tanto bien gracias eternas.




Soneto 8



Filis, más bella y más resplandeciente
que el claro cielo y que el ameno prado:
este gamo de flores coronado
que a su madre quité, te ofrezco ausente.


Riéndoseme agora dulcemente,
me lo pidió Testilis; mas cansado
me tienen ya sus risas; que tu helado
ceño me ha de perder eternamente.


A ti le doy y a ti también te guardo
dos tórtolas hermosas y una bella
garza que ayer cogí del monte al río.


Y si el amor de Tirsis por el mío
quieres dejar, escoge tú de aquella
manada mía un toro blanco y pardo.




Soneto 9



«Cuando Filis podrá sin su querido
Damón vivir ausente y apartada,
la corriente del Tajo acelerada
buscará su principio conocido.»


Leyendo aquesto escrito en un florido
tronco de un haya de una vid cercada,
Tirsis, perdida su color rosada,
cayó llorando en tierra sin sentido.


Después, lleno de rabia el desdichado,
quebrando su zampoña, y en aquella
y en esta rama dando, su mal mira.


Y hablando con el árbol deshojado,
dijo llorando: Filis, dura y bella...
Mas no pudo acabar, vencido de ira.




Soneto 10


Pastor, que lees en esta y en aquella
planta Fili y Damón, que Fili adora,
sabe que tanto fué piadosa agora
Fili a Damón, cuanto es terrible y bella.


¡Ay!, yo la llamo, yo la ruego, y ella
mísero no me escucha y huye a la hora,
y cuanto me huye más, más me enamora:
que en ella puso su crueldad mi estrella.


Ayer, llevando mi ganado al río,
al pie de un verde Mirto, entretejiendo
Violetas y Amaranto la vi sola.


Ladró Melampo, y ella cruel huyendo,
desamparando monte y valle umbrío,
huyó de mí y el viento socorrióla.




Soneto 11


Mi propio amor entiendo que es la cierta
causa que mi ganado sin contento
se rige apena en pie; no lluvia o viento,
ni pasto amargo de montaña yerta.


Mas ¿qué cuidado es éste, si la incierta
muerte luchando con el alma siento,
y, Filis cruda, nunca me arrepiento
de verte siempre de piedad desierta?


¡O, si al menos sobre este monte yerto,
adonde lloro de continuo llanto,
aquel pino cubriese el cuerpo mío,


y pasando por este valle umbrío
dijeses, Filis, con amargo llanto:
Allí yace mi triste amante muerto!




Soneto 12


Santa madre de amor, que el yerto suelo
vistes de los colores del Oriente,
sereno el cielo y quieto el viento ardiente,
rota la nieve y desligado el hielo,


mientras al descubierto y raso cielo
pacen mus vacas yerba floreciente,
Tirsis, pastor de toros, humildemente
te esparce aquellas flores sin consuelo.


Y cuanto puede te suplica y ruega,
con la voz y el espíritu cuitado,
que entienda el cielo su dolor estrecho.


Que Filis, por quien vive apasionado,
no le aborrezca tanto y desta ciega
ligadura de amor lo libre el pecho.




Soneto 13



Títiro, al asomar de dos hermosos
luceros, con quien haze amor temerse,
vi los ojos de Tirsis encenderse
y andar tirando amor rayos furiosos.


Espera Tirsis, y ellos con piadosos
pero falsos descuidos dejan verse;
arde Tirsis y ciega, y, sin valerse,
entran su alma enemigos engañosos.


¡Ay del estrago que el pastor cuitado
padeció sin razón mirando a Filis!
Olvida el prado y aun a sí se olvida.


Quéjase al cielo, y quéjase Amarilis
también al cielo, su pastor trocado,
sin esperanza y con segura vida.




Soneto 14


Títiro, voy por esta solitaria
senda siguiendo mi fortuna sola;
que como el cielo pudo levantóla
de muy clemente y mansa en muy contraria.


Voy tan confuso y mustio, que ordinaria-
mente me llaman y me gritan: ¡Ola.
que se despeña tu ganado, Ola!
Yo lloro y sigo mi fortuna varia.


Tal es la deuda que a mis ojos debo,
que con menos pasión de la que paso
no pagaré la gloria que recibo.


¡Ay, yo la dejo y el adverso caso
que se me da por enemigo nuevo,
sin ella quiere sustentarme vivo!





Soneto 15


Noche, que, en tu amoroso y dulce olvido,
escondes y entretienes los cuidados
del enemigo día, y los pasados
trabajos recompensas al sentido.


Tú, que de mi dolor me has conducido
a contemplarte y contemplar mis hados,
enemigos agora conjurados
contra un hombre del cielo perseguido,


así las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren y tu amiga frente
de veleño y ciprés tengas ceñida.


Que no vierta su luz en este suelo
el claro Sol, mientras me quejo ausente
de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.





Soneto 16



Cuantas estrellas tiene el firmamento,
la selva flores y el Euxino arenas,
tantas y más son, Títiro, mis penas,
si yo me entiendo con el mal que siento.


Bien es que la ocasión de mi tormento
tiene principio de las más serenas
lumbres del cielo; mas de dos ajenas
voluntades jamás viene contento.


Vos que miráis del puerto la tormenta
y descubrís en su rigor el claro
norte que os hizo descubrir la tierra,


mirad mi luz, a quien el cielo avaro
con turbias nubes cubre, porque sienta
cuánto mal haze, si una vez se cierra.





Soneto 17



Solo, y callado, y triste, y pensativo,
huyo la gente, con los ojos llenos
de dolor y de llanto, los serenos
ojos huyendo que me tienen vivo.


Allá queda mi espíritu cautivo
penando su pasión; y ellos, ajenos
de su primero amor, los bellos senos
humedecen, llorando su hado esquivo.


Yo, que aguardé la luz de su belleza,
dentro del alma lleva el golpe fiero,
y allí me sigue donde voy su ira.


Gran bien quito a mis ojos; y el primero,
por quien llora mi alma su dureza,
es ver la pena que en su rostro mira.





Soneto 18



Este Enzélado altivo pensamiento,
por otro atrevimiento derribado,
en este pecho, mongibel tornado,
tal fuego lanza, que abrasarme siento.


Y sin memoria del soberbio intento,
por quien en vida vive sepultado,
tan furioso revuelve mi cuidado,
que mueve guerra al estrellado asiento.


Padece el desdichado eternamente,
y padeciendo a libertad espira;
procuro de ayudarle lo que puedo.


Mas si miro mi cielo reluciente,
tales y tan ardientes rayos tira,
que como el triste pensamiento quedo.





Soneto 19



Camino por el mar de mi tormento
con una mal segura lumbre clara,
falta la luz de mi esperanza cara,
y falta luego mi vital aliento.


Llévame la tormenta en el momento
por adonde viviente no llevara,
si rigurosamente no trazara
dar fin en una roca al mal que siento.


Espántame del crudo mar hinchado
la clemencia que tiene de matarme
y en el punto me gozo de mi muerte.


Caí; la mar, en habiéndome gozado,
y porque era matarme remediarme,
a la orilla me arroja y a mi suerte.





Soneto 20



Tirsis, la nave del cuitado Iolas,
hecha tablas, la vuelca mar furioso;
cuerpo muerto y espíritu penoso
le traen fiera Leucipe y fieras olas.


Dió mil voces al cielo y escondiólas
crudo cielo en el manto tenebroso
de la callada noche; y el rabioso
Bóreas le apresuró la muerte a solas.


Salieron a la playa deseada
Lícidas y Damón, del mar echados;
oyéronle, mas no le socorrieron.


¡Ay, teme, Tirsis, la tormenta airada,
que en el lugar donde otros perecieron,
mal te pueden valer tus crudos hados!





Soneto 21



Tirsis, aquí donde los ojos bellos;
de tu Amarilis bella deshicieron
las turbias nubes, que otro tiempo fueron
ira del crudo cielo y rigor dellos,


aquí me tiene amor de los cabellos,
forzando el alma y cuerpo, que se dieron
a enemigos extraños, que trajeron
nueva traición para matar sin vellos.


Tal me tienen mis ojos engañosos,
dando camino al alma a mis contrarios,
que conozco mi mal y temo el daño.


Yo los traeré por valles solitarios,
entre salces y espinos escabrosos,
para pagar mi bien y ver su engaño.





Soneto 22



Ya quebradas prisiones, ya cadenas
reforzadas amor arrastra, en tanto
que, de tu sinrazón y de mi llanto,
tomas seguro para darme penas.


No son de menos fuerza las serenas
lumbres del cielo que idolatro, cuanto
las ligaduras del furioso encanto
con que de mi sentido me enajenas.


No, amor, no dejaré tu real bandera,
menos que con la vida y alma triste;
cantaré donde fuere tu grandeza.


Dame seguro tú de una firmeza
que vacila en mi daño, que, aunque muera,
no dejaré de amar lo que me diste.





Soneto 23



La blanca nieve y la purpúrea rosa,
que no acaba su ser calor ni invierno,
el Sol de aquellos ojos, puro, eterno,
donde el amor como en su ser reposa;


la belleza y la gracia milagrosa
que descubren del alma el bien interno,
la hermosura donde yo discierno
que está escondida más divina cosa;


los lazos de oro donde estoy atado,
el cielo puro donde tengo el mío,
la luz divina que me tiene ciego;


el sosiego que loco me ha tornado,
el fuego ardiente que me tiene frío,
yesca me han hecho de invisible fuego.





Soneto 24



Este vital aliento que respiro,
que parece la vida que sustento,
cuando, con presuroso y presto aliento,
el fuego ardiente que me yela espiro,


si fuera parte de mortal suspiro,
ya hubiera consumido mi tormento.
Fuego debe de ser, que yo lo siento
cuando vencido de mi mal suspiro.


Las lágrimas también, que ardiendo vierto,
si son lo que parecen solamente
de helado fuego y abrasado yelo,


¿qué ordena tras mi grave pena el cielo,
si de los daños de mi estado incierto
alcanzo el orden de mi mal ardiente?





Soneto 25



Ninfas, de los Arabios y Sabeos
olores de jazmín, acanto y nardos,
cuajad los aires y cubrid los cardos
destos lugares de sepulcros feos.


Después que derribaron mis trofeos
las prestas Parcas y los hados tardos,
no parecen los cielos, de mil pardos
turbios velos que cuajan mis deseos.


Quiera la majestad del que gobierna
la divina y humana pesadumbre,
que adorne su beldad tu simulacro.


Dijo Damón, y oyó su endecha tierna
Júpiter, y, tronando en la alta cumbre,
Iris resplandeció y el cielo sacro.





Soneto 26



Al asomar del Sol por el Oriente
de oro su frente y de cristal ornada,
al pie de un verde mirto, que colgada
tiene una lira inútil aún ausente,


Tirsis rompió el silencio, la doliente
voz desligando al alma encadenada
de los revueltos Áspides, que atada
tienen la fuerza de su pecho ardiente.


Cielo, dice, si es fuerza que yo muera,
como a muchos han muerto sus intentos
atrevidos, sin nombre y engañados,


un hombre triste soy como cualquiera;
pero los de tan altos pensamientos
siempre han sido del cielo derribados.





Soneto 27



Silencio mudo, que en tu manto envuelto,
me conduces al punto riguroso
de mi dolor, mi espíritu penoso
en dolorosas lágrimas resuelto,


si como le contemplo agora vuelto
pronóstico y agüero temeroso
de la vida, que temo, tenebroso
monstruo le viera por tus sombras suelto


no llorara recelos inhumanos
antes de ver trocada la ventura
que ha de ser ocasión de mi tormento.


Ya se han hecho temer los soberanos
claros ojos que adoro, que un contento
cuando más enriquece menos dura.





Soneto 28



Clara luna, que altiva y arrogante
vas haciendo reseña por el cielo
de tu hermosura, que el nevado yelo
de tus cuernos la torna rutilante,


si en la memoria de tu dulce amante
no se ha muerto la gloria y el consuelo,
que recibiste amando, y el recelo
con que le adormeciste en un instante,


vuelve a mirar de la miseria mía
la sinrazón, si acaso graves males
hallan blandura en tus serenos ojos.


Que ya -culpa del cielo- los veo tales,
que apartarán la amarga compañía
destos tristes y míseros despojos.





Soneto 29



Vuelvo los ojos graves y caídos
al dolor, que el espíritu congoja,
y apenas mi piadoso llanto afloja
el lazo al cuello, al alma los sentidos.


Ellos mal concertados y avenidos
acrecientan al alma su congoja,
y ella apremiada, como puede, arroja
la grave carga que los tray rendidos.


No se puede valer con su fortuna,
que ha mucho que la sigue, procurando
dar un fin desastrado a su contento.


Deja el cuerpo mortal, si estás penando,
alma doliente, que sin duda alguna
morirás, que te cerca gran tormento.





Soneto 30



Agora que de nubes la cabeza
o, Rey de montes, tienes coronada,
la frente yerta y de turbada helada
destilando del Tajo la braveza,


cuya vejez temprana, la belleza
del rostro de la tierra despojada,
encaneciendo con tu faz nevada,
todo mi bien conviertes en tristeza,


yela mi pecho, y endurece mi alma;
no consuman agravios una vida
con tanto riesgo de perderse amando.


Y el triunfo rico de corona y palma,
que lleva una dureza encruelecida,
consagraré al lugar que estás bañando.



Francisco de la Torre