Aquel Hombre Niño, que Nace Agoniza,
Con un ojo ciego y un sordo lamento,
Perjura a su madre con su voz de brisa:
Ya no soy el hijo ingrato y violento.
Aquel Hombre Niño derrama su vaso.
Ya sin importarle, librado a su suerte.
Pero antes le advierte tendido en sus brazos:
No vivirás madre, después de mi muerte.
Y así con Agosto, París, casi ausente,
Semejando, acaso, todos sus escritos.
Lo ha visto apagarse al Poeta Maldito,
Como a tenue lumbre de triste codal.
Mas, su alma obedece a esa Antorcha Viviente,
Por siempre presente en Las Flores del Mal.
Luciano Cavido
