Esparcido el cabello por la espalda
que fue del sol desprecio y maravilla,
Silvia cogía por la verde orilla
del mar de Cádiz conchas en su falda.
El agua, entre el hinojo de esmeralda,
para que entrase más el curso humilla;
tejió de mimbre una alta canastilla
y púsola en su frente por guirnalda.
Mas cuando ya desamparó la playa,
Mal haya, dijo, el agua, que, tan poca
con su sal me abrasó pies y vestidos.
Yo estaba cerca y respondí: Mal haya
la sal que tiene tu graciosa boca,
que así tiene abrasados mis sentidos.
Lope de Vega
