I
Tentado estuve un día
a admitir el destino
que me estaba brindando
un generoso amigo.
Por el bien de mis padres,
más bien que por el mío,
desechando aprensiones,
casi me determino.
Pero, luego, mi musa,
exhalando un suspiro,
se quejó de esta suerte
dentro del pecho mío:
-¿Me abandonas, ingrato;
me dejas, fementido;
y de la recta Themis
te alistas al servicio?
¿Desprecias la corona
de laureles y mirtos,
que te estoy componiendo
desde cuando eras niño?...
¿Has pensado bastante
de tu necio extravío
las funestas resultas?
¿Estás ya decidido?
Dame mi lira, ingrato;
dame mi lira, impío;
y que te den los cielos
la suerte de Batilo.
Piedad, ¡oh musa!, exclamo,
piedad de un afligido
que si engañarse pudo,
nunca ofenderte quiso.
Y desechando luego
mis fatales designios,
a mi lira me torno,
y a mis amados libros.
II
¿Porqué, pues, ya no elogias
el poder de mis armas,
ni mis bellas conquistas,
en dulce metro, cantas?...
-Me preguntó, curioso,
Cupido esta mañana
que a visitarme vino
al despuntar el alba.
-Porque me has engañado,
porque Nise es ingrata,
porque hice juramento
de abandonar tus aras
le contesté, sañudo;
y entonces él, con gracia,
me replicó, diciendo:
-Es muy bella la causa.
¿No ves que por mis leyes,
que todo el mundo acata,
las promesas son burlas,
los juramentos, chanzas?
Olvida, pues, a Nise
si Nise te es ingrata;
pero no menosprecies
a todas las muchachas.
Mira el talle de Zoila,
de Amelia la garganta,
los ojos de Matilde,
la boquita de Laura.
¿Renuncias a la dicha?...
No seas necio, ¡vaya!,
por una bagatela
infelice no te hagas.
Y diciendo y haciendo,
nuevo dardo me clava,
dejándome cautivo
de tus encantos, Laura.
III
A la espléndida mesa
de Jove poderoso
asistieron un día
los inmortales todos;
y al paso que, entre brindis
y conceptos graciosos,
del néctar delicado
saboreaban los sorbos,
cada cual se preciaba
de franco y generoso,
y de ser insensible
al influjo del oro.
Mercurio, por echarles
su vanidad en rostro,
al descuido, en la mesa,
arroja su tesoro.
Y Venus se sonríe;
Ceres abre los ojos;
Marte desfrunce el ceño;
se sobresalta Apolo;
Minerva, por prudencia,
atisba de reojo;
y Vulcano se acerca,
aunque taimado y cojo.
Del seno de su madre;
como muchacho loco,
el Amor, al dinero
se lanza sin decoro,
y solamente Baco,
en profundo reposo,
ni pestañeó siquiera,
porque estaba beodo.
El Interés, entonces,
recogió su tesoro,
y en su interior se dijo:
Ya los conozco a todos.
IV
¿Verdad, querida Nise,
que te agradan mis versos,
tanto porque son míos,
como porque son bellos?
Tan urbana lisonja
en el alma agradezco,
que en tus preciosos labios
vale mucho un requiebro.
Pero si, por fortuna,
te han parecido buenos,
compramelos, bien mío,
que no es muy alto el precio:
una tierna caricia
vale cada soneto;
una endecha, un abrazo;
cada canción, un beso.
Y verás como entonces
arrebatado mi estro
produce en abundancia
delicados conceptos:
que el premio fertiliza
los áridos talentos,
y las musas acuden
al olor del incienso.
V
Pobre soy, nada tengo,
miserable es mi vida;
pero a pesar de todo
paso tranquilos días.
Apolo que protege
a quien Fortuna priva
de sus avaros dones,
tal vez con injusticia;
generoso me ha dado
una pequeña lira
para que, en dulces ocios,
celebre a mi querida.
Tengo amor; soy pagado
tal vez con demasía;
y de mortal alguno
¿envidiaré las dichas?
Surque los anchos mares
quien no tema sus iras;
y el que tesoros quiera
sepúltese en las minas.
Que por la plata toda
que en el Perú se cría,
no cambiaré yo nunca,
ni mi amor, ni mi lira.
VI
Mucho más que el avaro
su riqueza escondida
amo yo, fiel Ernesto,
mi compás y mi lira.
En vano, pues, intenta
tu amistad comedida
persuadirme a que deje
mi soledad tranquila.
En el mar proceloso
de pretensiones míseras
bogar feliz no puede
mi pequeña barquilla.
Demasiado conozco
las propensiones mías;
no nací, no, mi Ernesto,
con ambiciosas miras.
Guárdense los caudales
para quien los codicia,
y obtenga los destinos
el que los solicita:
que yo sólo deseo
modesta medianía,
donde manejar pueda
mi compás y mi lira.
El sueño
Una noche gozaba
del plácido descanso
que adormece las penas
y anubla los cuidados.
Pero, luego, cual uno
que a lo lejos ve un cuadro
y distinguir no puede
sus confundidos rasgos,
repasaba en mi mente
infinitos retratos
de objetos que, despierto,
me son idolatrados.
Y poco a poco crece
el seductor engaño;
y la ilusión se aumenta
por un prodigio raro;
de manera que mi alma,
en un ensueño grato,
distingue bien las formas
como en el día claro.
Ya parece que toco
las cosas con las manos,
y que siento y percibo
los soplos del Austro.
Ya parece que veo
el semblante adorado
de aquélla que, aun en sueños,
me tiene amartelado;
y que feliz cual nadie
disfruto sus halagos,
y tranquilo reposo
entre sus tiernos brazos.
Pero cuando más libre
me juzgo de cuidados,
y a la dicha me entrego
con mayor entusiasmo;
se presenta Cupido
a mis ojos turbados
con la aljaba en el hombro
y la flecha en la mano.
Al verlo, me intimido,
me estremezco, me espanto;
y en fervorosa súplica
le adoro arrodillado.
El hijo bello, entonces,
de la diosa de Pafos
me muestra de su flecha
el filo ensangrentado;
y abriendo los claveles
de sus divinos labios,
me habló de esta manera,
entre alegre y airado:
¡Mortal!... ¿Por qué pretendes
descubrir los arcanos
de mi poder tremendo,
de mi obrar sobrehumano?...
En tus locuras, ciego,
me nombras el ingrato,
el cruel, el homicida,
el traidor, el tirano.
Castigar yo debiera
con suplicios extraños
tu necio atrevimiento,
tu arrojo temerario.
Pero, pues en mis artes
no estás aún versado,
e ignoras la potencia
invencible de mi arco,
perdono por ahora
tus locos arrebatos,
y haciéndote favores
quiero quedar vengado.
¿Ves este invicto acero,
este arpón soberano
que de reciente sangre
se encuentra salpicado?...
Pues con él de tu amada
hoy mismo he traspasado
el insensible pecho,
el corazón ingrato.
El tributo que exijo
de todos los humanos
por su loca arrogancia,
con creces ha pagado;
y te espera rendida,
pues sabe que descanso
tendrán sus fieras ansias
solamente en tus brazos.
Anda, pues, y ya nunca
importunes con llantos,
con suspiros y quejas
mi poder soberano.
Goza de tu querida
los hermosos encantos,
y mi poder celebra
con versos acordados,
que solamente exijo,
de tal favor en pago,
amorosas letrillas
y muy sabrosos cantos.
Miguel W. Garaycochea
