VII
¿Veis aquella estrella? dijo el
Emperador al Cardenal de Fesch señalando, en medio del
día, el cielo: pues aquella es la mía.
VIDA DE NAPOLEÓN.
¡Salve, luz
de mi vida!
Guiadora gentil de mi carrera,
¡Estrella mía, salve!
Largo tiempo mis ojos te han buscado:
En el zafir celeste
Clavados largo tiempo, a tus brillantes
Hermanas preguntaron,
¡Ay! y a su voz ninguna sonreía.
Mas tú... yo te conozco,
Y tú me escucharás, Ninfa del Éter.
Sobre tus áureas alas
A tu mortal desciende que te implora,
Y así de su destino
La ley sobre su frente con un rayo
De tu corona escribe:
Ciencias vanas que el alma ensoberbecen
Y el corazón corrompen,
Favor de plebe y dones de tiranos
Este mortal desprecia:
Ni asesino de déspotas, ni siervo
Será, ni de virtudes
Enseñador que ultrajan los mortales
O mofan, ni de leyes
Artífice que a guisa de rameras
Con desdén o con saña
Miran al infeliz, y al poderoso
Cariñosas sonríen.
¡Hombres! pensad, mas permitid que piense:
Dejad pasar su carro
Que no él el vuestro impedirá que marche.
De vuestra fantasía
Los ídolos amad: él nada anhela
De lo que amáis vosotros.
Del corazón en el altar, do tiene
Pocos nombres inscritos,
Arde una llama pura, inmensa, eterna:
¡Hombres! ella le basta;
Nada quiere de vos mas que el olvido.
Viniste, amada Ninfa,
Y agradecida el alma te bendice.
Sobre tus alas de oro
Vuelve otra vez a tu mansión celeste:
Yo lejos de los hombres
Levantaré mi choza solitaria,
Y mis oscuros días
Con tu luz regiré modesta y pura.
Del perdón en las aguas
Me lavaré, y envuelto en mi inocencia
Veré caer y alzarse
Y otra vez sucumbir reyes y pueblos:
Por altos conductores
Veré a un arena vil viles rebaños
Guiar de humanas fieras,
Y apedazarse, devorarse, el alma
Saciar de los caudillos
Con escenas de matanza y de carnaje:
Horrorosas contiendas
Que encienden solo cuantas de infierno hijas
Rabiosas pasiones,
Desde que existe, al universo asuelan,
En máscaras hermosas
Siempre velado el lúrido semblante.
¡Yo lo veré con llanto!
Pero mi pecho latirá tranquilo.
Del Ida allá en la cumbre
Así al Saturnio el gran cantor nos pinta
El áspera refriega
Contemplando de Téucros y de Aquivos:
Caen los héroes; rojas
Con la sangre las límpidas corrientes
El Janto y Símois vuelcan;
La faz llorosa y suplicantes manos
Al Olimpo dirigen
Las Dárdanas esposas y las madres;
De las Deidades mismas
El feliz corazón palpita inquieto:
Y calma goza eterna
El Padre de los hombres y los dioses.
Manuel de Cabanyes
