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1 de octubre de 2021

A ANDRES

Epístola



¿Quieres casarte, Andrés? ¿O te propones
a mi dictamen acceder sumiso?
¿Tan dócil es tu amor? ¿O tan dudoso
el mérito será de tu futura
Doña Gregoria, que el quererla mucho,
o no quererla, de mí voz depende?
En fin, si mi opinión saber deseas
te la diré; pero el asunto es grave
y toca en la moral filosofía,
no se diga de mí, que en delicadas
materias uso de pedestre estilo
y frase popular. Tú, que las noches
pasas leyendo la moderna solfa
de nuestros cisnes, y por ella olvidas
de Lope y Laso la dicción, escucha:
que en la misiva que a copiarte empiezo,
mi dictamen te doy, no te conjuro.


Si, tus abriles, bonancibles años,
que meció cuna en menear dormido,
del bostezarte sueñecito umbratil;
huyen, y huyendo, amigo Andrés, no tornan.
¿Qué nube de esperanzas y deseos
te halaga en derredor? ¡Ay! teme, teme
letargoso placer, velar cargoso
y rugosa inquietud que a par te cercan.
Entra amigo en ti mismo, o si te place
huye dentro de ti: consulta un rato
la sensatez en lóbrego silencio,
y hondamente exclamante ella te aleje
de la deshermandad desamistada,
que los cuidados cárdenos profusa.
Presto será que el pestilente soplo
del ejemplo mortal de un mundo infecto,
arideciendo el alma infructuosa,
sin esperanza la semilla ahogue
que natura plantó: ni el freno triste,
ni el helado compás de la prudencia,
su vividor hervir harán que cese.


Todo al tiempo sucumbe: el cedro añoso,
la dócil caña en gratitud riendo
dulce; como de leve niebla umbría
el insensato orgullo. Infortunado
clima aridece ya con sus heladas,
crujientes pesadumbres, y fraguras,
el numen invernal: llegan las horas
de hielo y luto, y se empavesa el cielo.
Salud, lúgubres días, horrorosos
aquilones, salud; que ya se cubre
selvosa soledad de nieve fría,
y el alto sol mirándola se embebe.
Ábrego silvador, cierzo bramante,
y a la tormenta, excitan borrascosa
soplan el solo de venganza, y nubes
obscuras en los vientos cabalgando,
bañan y abisman los tranquilos surcos.


Empero ley primaveral que vuelve,
dócil se presta al orearte soplo
del aura matinal: cuanto es so el cielo
todo anuncia, placer: la etérea playa
velada en esplendor, colma la selva
de profusión fragante, los soplillos
del favonio y el beé de las simplillas
corderas, que yerbilla pastan verde.
¡Oh coronilla! A ti también te veo,
y la sien de la espiga; aunque levante
el abrojo su frente ignominiosa.
Las fuentes, los arroyos saltadores,
sierpes de nácar, con albores giran;
forman torcidas calles, y jugando
con las flores se van. Canta el pardillo
y ledo mira al sol, vuela y se posa,
o al vislumbrar de la modesta luna,
le responde la eco solitaria.


La estación estival empós se sigue,
y el agosto abrasado ahoga las flores
con ardor descollante. Palidece
el musgoso verdor, oigo quejarse
en seco son el vértigo del polvo;
y lo que por doquier bañado en vida
el céfiro halagaba, estinto yace.
El sol en su hosquedad desjuga el suelo,
y mientras amiga la espigosa Ceres
con la pecha del trigo desuraña
al cultor fatigado; los umbrosos
frescores, el postrer aliento ríen.


Luego con sus guirnaldas pampanosas,
octubre empampanado, en calma frente,
la alegría otoñal nos da que vuelva:
a la esperanza la corona el goce,
y la balanza justa al sol voluble
ya le aprisiona en sus palacios frescos.
Cefirillo tal vez enamorado
de alguna poma, bate el ala, y llega,
y la besa, y la deja, y toma, y mece
las hojitas, y bulle, y gira, y para,
y huye, y torna a mecer... Dejad que ciña
la temulenta sien, ¡oh, Ninfas blondas!
Mil veces Evohé... Cien copas pido,
y empós, y a par, y cabe mí colmadlas,
y otras ciento me dad... Así natura,
las leyes no exorables acatando,
próvida el perenal destino sigue,
engranando los seres con los seres;
que unos de otros empós, en rauda marcha,
crecen, y llegan, y los tragan, y huyen.


¡Ay! ¡Amigo hermanal! Cauto desoye
luengos transportes y cobarde miedo,
que a la infantina juventud apena.
Se alejan ya los intornables días,
tremolando el terror. Ocia; si es dado;
no quieras zozobrar en el arrollo,
con los reveses reluchando indócil.
¿Ves la rueda insociable de fortuna
resaltar vacilante, en rechinido,
y agudo retiñir? ¿Y como torva
la insaciabilidad del oro insomne,
la avaricia clavó dentro del pecho?
¿Ves la envidia voraz? ¿Ves la perfidia,
riendo muertes, profusas protervias,
y el puñal del desprecio, la ponzoña
de la doblez, los hielos del olvido,
que la alma fuente del sentir cegaron?
Heme en fin junto a ti: que ya te tiendo
un brazo de salud. ¡Ay! No disocies
a la fiel confianza de tu frente.
Con el destilo escuda la dureza,
y flecha tu interior con las memorias.
No el díscolo interés soplando estéril,
impida de tu pecho al golfo umbrío,
que en claridad lumbrosa se desnuble.


El hombre es solo quien guarnece al hombre,
mi buen Andrés. No marques en oprobio
tu vivir breve: al sexual cariño
el brutal apetito rinda el cetro,
y cubre con tu mano tu deshonra.
Que en cuanto vieres navegar los astros,
verás, ¡ay, ay, ay, ay! que es llanto el gozo:
que las pasiones para siempre yacen,
yacen, sí, yacen: a la tumba lleva
el frío de el no ser: entre orfandades
pasea en espectáculo profundo
la muerte el carro, y propiciar no puede
más al mortal que suspirar deseos.


¿Me has entendido Andrés? Si reconoces
que de tan inhumana jerigonza
nada se entiende, y te quedaste a obscuras;
quema tus libros y renuncia al pacto,
y hasta que aprecies el hablar castizo
de tus abuelos solterón te quedas:
y que Doña Gregoria determine
lo que la esté mejor. Si mi discurso,
enfático, dogmático, trifauce,
te ha parecido bien, y en él admiras
repetido el primor de tus modelos;
no te detengas: cásate esta noche,
y larga sucesión te den las Furias.


Leandro Fernandez de Moratin