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9 de octubre de 2020

LAS EXEQUIAS DE LA LEONA




En su regia caverna, inconsolable 
El rey león yacía, 
 Porque en el mismo día
 Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. 


 A palacio la corte toda llega, 
Y en fúnebre aparato se congrega. 
 En la cóncava gruta resonaba 
 Del triste rey el doloroso llanto; 
 Allí los cortesanos entre tanto
 También gemían porque el rey lloraba; 
 Que si el viudo monarca se riera, 
La corte lisonjera 
Trocara en risa el lamentable paso. 


 Perdone la difunta: voy al caso. 
 Entre tanto sollozo 
El ciervo no lloraba, yo lo creo; 
 Porque, lleno de gozo, 
Miraba ya cumplido su deseo.
 La tal reina le había devorado 
 Un hijo y la mujer al desdichado.
 

El ciervo, en fin, no llora;
 El concurso lo advierte:
 El monarca lo sabe, y en la hora 
 Ordena con furor darle la muerte.


 ¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo,
 Si apenas puedo hablar de regocijo? 
 Ya disfruta, gran rey, más venturosa,
 Los Elíseos Campos vuestra esposa:
 Me lo ha revelado, a la venida,
 Muy cerca de la gruta aparecida.


 Me mandó lo callase algún momento, 
 Porque gusta mostréis el sentimiento.
Dijo así; y el concurso cortesano 
 Aclamó por milagro la patraña. 
El ciervo consiguió que el soberano
 Cambiase en amistad su fiera saña.


 Los que en la indignación han incurrido 
 De los grandes señores
 A veces su favor han conseguido 
 Con ser aduladores. 
Mas no por esto advierto 
Que el medio sea justo; pues es cierto 
 Que a más príncipes vicia 
La adulación servil que la malicia.


Felix Maria Samaniego