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11 de mayo de 2019

SILVAS






1

Al silencio


Hijo prudente del temor callado
y la tiniebla muda,
hermano del sosiego y del reposo,
a ti buscando voy por monte y prado,
a ti con voz aguda
invoca ya mi acento numeroso,
a ti, jamás del mar tempestuoso
alterado testigo,
a ti, de las batallas enemigo,
que la palestra horrenda no conoces,
a ti, mi dulce amigo,
dirijo claras mis incultas voces,
a ti, maestro sabio,
que doctos haces sin mover el labio.


A ti, gran secretario de prudentes,
doy mi mayor secreto
por ser de suyo el bien comunicable;
no te saldrá de los piadosos dientes
de la vista el objeto
en la naturaleza más amable;
no daré mi concepto al variable
amigo cortesano,
mejor al solo rústico villano
que con troncos y bueyes comunica,
y la amigable mano
en cuanto vive a la mancera aplica,
pues a troncos y bueyes
contara mi delito y no a los reyes.


Deja, pues, deja el algodón mullido,
las velludas alfombras,
los descansos de pluma regalados,
el ampo de la nieve no ofendido
y las que ocupan sombras
términos de tu alcázar dilatados;
mueve los pies ligeros no calzados,
alados sí, te ruego,
con las garzotas del volante ciego
hacia el palacio en que mi sol te espera;
no admires tanto fuego
como se encierra en su elevada esfera,
que cuando más se enciende
regala más que el más voraz ofende.


Llega, que allí tendrás de blando armiño
acopados montones,
donde esté tu cuidado satisfecho;
allí tendrás con regalado aliño
de nevados vellones
un deleitoso descansado lecho;
allí tendrás para celar tu pecho
mil martas cebellinas
con felpas abrazadas peregrinas,
y con abierto sin hilar capullo
las paredes vecinas
cubiertas, convidando a manso arrullo,
tal que a ser tú el estruendo
quedaras admirado, enmudeciendo.


Si trace los ojos de Argos vigilantes
juntos en la cabeza,
el menos vivo triunfará del sueño,
y los agudos más, más penetrantes,
tocando en la belleza
menor que intento, adorarán mi dueño;
bien es gustar en vaso tan pequeño
y en término tan breve,
como una sombra que a la luz se atreve
y como cien cristales, tan suave
licor, que el que lo bebe
sólo en los campos del silencio cabe,
porque su hidropesía
en las cortes escándalo sería.


Rubias centellas de apacibles ojos,
a quien no causa espanto
que en rubios arcos flechan al deseo;
los lazos de oro sin concierto flojos
y aljófares sin llanto
sobre plata bruñida en dulce empleo;
flor más suave que del monte hibleo
y abeja recatada,
de nadie vista y todos envidiada;
dulce oriente suave que respira
armonía templada
más que las fuerzas del levante, admira
si esto vieres: dudando
en ti la admiración hable callando.


Caro amigo, discreto
silencio, cuando sepas mi secreto
vuelve a tu alcázar, y a las sombras todas
que ayudan tu concepto
convida, puesto el sol, para mis bodas;
que yo encubierto quedo
porque aun no me señales con el dedo.




2


A Fénix, en Generalife, ausencia


Fénix, ausente hermosa,
ejemplo dulce del clavel lozano,
firme enseñanza de la fresca rosa,
este que os sacrifico llanto tierno
recibidle, primicia de mi mano,
cosecha pobre del pesado invierno,
que, ausente vuestro sol, cesó el verano.


Llegue, pues, suba la elevada cumbre
dorada en vuestra lumbre,
que tras tinieblas tantas
a vuestras aras besará las plantas
y sobre la eminente pesadumbre,
reina de tanta vega,
que si en ella la vista se despliega
y no la cogen vuestros claros ojos,
a sí misma se niega,
aquestos tiernos rendirá despojos,
regalo al alma, tiros al sentido.


Quien dice que la ausencia causa olvido
no conoce la gloria
que constituye amor en la memoria
del alma a quien se entrega.
¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido,
aunque veloz desprecie en ligereza
al viento siempre alado,
aunque distancia ponga
inmensa su fatiga
entre el acero que dejó manchado
y el pecho lastimado?


Pues herida de amor tan penetrante,
que dio a mi corazón vuestra belleza
(no es mucho al alma siga),
¿cómo podrá olvidarla mi terneza,
si a más sentir me obliga?
Aunque ausencia interponga
pesados montes y elevadas sierras,
la herida una vez hecha
poco importa que diste de la flecha:
siempre y en toda parte será herida.


¿Veis la llama colérica encendida
con término elegante
por pino antiguo discurrir volante
hasta que deja el material difunto?
¿Veis que si eterno como anciano fuera,
sin dividirse punto,
permanente la llama consistiera?


Pues en mi amante pecho
dos fuegos introducen vuestras guerras:
uno será con el vivir desecho,
que asido vive al corazón cansado;
otro, que está en el alma colocado,
evo será de duración ardiente,
si no encendido más, más elevado.


¿Veis en aquesas vegas espaciosas
el árbol trasplantado,
floreciente imitando vuestras rosas,
cómo, aunque el sitio mude,
copiosamente a dar su fruto acude?


Fruto es de aqueste combatido tronco
del cierzo de esta ausencia
daros amor, rendiros la memoria.
Así lo dice el instrumento ronco,
así lo dice el canto,
así los ojos tristes,
que derramando regocijos viste
en la más dulce parte de mi historia.


Guióme a tanto mal y al triste llanto
presente, en que me anego,
si no en poblado aquel valiente ciego,
en el camino una cobarde fiera.
¿Quién tal de mí creyera?
Robóme la mitad del alma mía.
¡Oh necia! ¿Cómo a los que amor unía
divides tan severa?
¿Qué se puede? Vivamos apartados,
amada Fénix mía, en esperanza
de que podrán los hados
darnos a manos llenas la venganza.


Pedro Soto de Rojas