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18 de febrero de 2022

TREINTA AÑOS




¡Treinta años! ¿Quién me diría 
que tuviese al cabo de ellos, 
si no blancos mis cabellos 
el alma apagada y fría? 


Un día tras otro día 
mi existencia han consumido, 
y hoy asombrado, aturdido, 
mi memoria se derrama 
por el ancho panorama 
de los años que he vivido. 


Y aparecen ante mí 
fugitivas y ligeras, 
las venturosas quimeras 
que desvanecerse vi: 
la inocencia que perdí 
y aquel vago sentimiento 
que animó mi pensamiento 
cuando eran mis alegrías 
las mágicas armonías 
del mar, del bosque y del viento. 


Han sido para mi daño 
en la vida que disfruto, 
un siglo cada minuto, 
una eternidad cada año. 


El dolor y el desengaño 
forman parte de mí mismo, 
y el torpe materialismo 
de esta edad indiferente, 
cubre de sombras mi frente 
y abre a mis pies un abismo. 


Sacude el mar su melena 
de crespas olas, rugiendo, 
y con pavoroso estruendo 
los aires asorda y llena. 


Pero una playa de arena, 
su audaz cólera contiene... 
¡Ay! ¿Quién habrá que refrene 
el tormentoso océano 
que en el pensamiento humano 
ni fondo ni orillas tiene? 


¡La razón!... Tanto se encumbra 
tan locamente camina, 
que ya no es luz que ilumina 
sino hoguera que deslumbra. 


Al horror nos acostumbra, 
siembra de ruinas el suelo, 
y en su inextinguible anhelo 
alzase hasta Dios atea 
con la sacrílega idea 
de derribarle del cielo. 


He visto tronos volcados, 
instituciones caídas, 
y tras recias sacudidas 
pueblos y reyes cansados. 


Propios y ajenos cuidados 
muévenme continua guerra, 
y mi espíritu se aterra 
cuando, perdida la calma, 
siento rugir en el alma 
la tempestad de la tierra. 


Cuando pienso en lo que fui, 
hondas heridas renuevo, 
y me parece que llevo 
la muerte dentro de mí. 


No veo lo que antes vi, 
no siento lo que he sentido, 
no responde ni un latido 
del corazón si a él acudo, 
llamo al cielo y está mudo, 
busco mi fe y la he perdido. 


Infeliz generación 
que vas, con loco ardimiento, 
nutriendo tu entendimiento 
a expensas del corazón, 
dime, ¿no es cierto que son 
vivas tus penas y ardientes? 


¿No es verdad que te arrepientes, 
presa de terrores graves, 
de los misterios que sabes 
y de las dudas que sientes? 


¡Yo sí! Feliz si lograra, 
después de mis desengaños, 
lanzar hacia atrás los años 
que el destino me depara. 


Pero ¡ay! el tiempo no para 
ni tuerce su curso el río, 
ni vuelve al nido vacío 
el ave muerta en la selva, 
¡ni quiere el cielo que vuelva 
la esperanza al pecho mío!



Gaspar Nuñez de Arce