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29 de abril de 2019

SONETOS




1


A Fernando de Soria Galbarro.

Este soneto es como prefación y dedicación de los demás



Sé que allá corre el mundo asaz ligero
donde (fatal ministro de su muerte),
pródigamente ponzoñoso, vierte
más de dulzura el verso lisonjero.


Bien como a infante pues, que sin entero
seso el remedio de su mal no advierte,
beba lo falso, y a beber acierte,
yendo engañado al bien, lo verdadero.


Sólo aquel tocó el punto, que prudente
con lo dulce templó lo provechoso
(¿y a quién fue Apolo, a quién, así clemente?).


Yo, Sorino, lo intento, codicioso
de el pro común; tú apruebas que lo intente:
suceso den los cielos venturosos.





2



Tus ojos, bella Flora, soberanos,
y la bruñida plata de tu cuello,
y ese, envidia del oro, tu cabello,
y el marfil torneado de tus manos,


no fueron, no, los que, de tan ufanos
cuanto unos pensamientos pueden sello,
hicieron a los míos, sin querello,
tan a tu gusto victorioso llanos.


Tu alma fue la que venció la mía,
que aspirando con fuerza aventajada
por ese corporal apto instrumento,


se lanzó dentro en mí, donde no avía
quien resistiese al vencedor la entrada,
porque tuve por gloria el vencimiento.




3

A. S. Pedro, en una borrasca, viniendo de Roma



Pescador soberano, en cuyas redes
los monarcas mayores han estado
dichosamente presos, y cambiado
en gloria sus prisiones y en mercedes;


tú que abrir y cerrar el cielo puedes,
con poderosa llave, a tu ganado,
y alcanzar en la tierra as alcanzado
con columnas de pérfido y paredes:


los ojos vuelve al mar enfurecido,
y pues tal vez osó mojar tu planta
aun siendo 'ollado de tu fe animosa,


su 'hinchazón rompe, acalla su ruido,
y enseñado discípulo, levanta
mi fe y mis pies con mano poderosa.




4


En la playa de Barcelona, volviendo de Roma


Pláceme veer el mar cuando se enoja,
y a montes d'agua montes acumula,
y al experto patrón (que disimula,
prudente, su temor) puesto en congoja.


También me place verle cuando moja
la orilla malavez, y en leche adula
a quien sus culpas llevan, o su gula,
a cortejar cualquier birreta roja.


Turbio me place, y templáis sereno;
verle seguro, digo, desde afuera,
y éste medroso veer, y éste engañado:


no porque me dé gusto el mal ajeno,
más por 'hallarme libre en la ribera,
y de el mar falso asaz desengañado.




5


Vine, y vi, y sujetóme la 'hermosura
de un serafín que, en apariencia humana,
a los mortales ojos tal se allana
que aunque flacos, sostengan su luz pura.


Así mirarse deja con segura
vista el temprano sol de la mañana,
y entre nubes de nieve tinta en grana
permite a nuestra vista su figura.


Vencióme, y tan dichoso fui vencido
cuanto sin tiempo de gozarme en sello,
porque me priva ausencia de gozarlo;


que de muy sin ventura siempre a sido
llegar al bien, y vello ya, y tocarlo,
y para más dolor, luego perderlo.




6


Al Licenciado Cristóbal de Mesa, en su poema de la Restauración de España


Hizo astillas el yugo, y la coyunda
afrentosa rompió con que oprimida
se vio España, la espada no vencida
que imperio nuevo al gran Pelayo funda.


Tentó malgrato el tiempo, con profunda
envidia, olvidar gloria tan crecida;
y a los ojos de el sol y a nueva vida
hoy la ofrece tu pluma sin segunda.


A aquélla la morisma infame muerta,
a ésta el olvido bárbaro vencido,
y a una y otra su gloria, debe España:


mas si una de los moros la liberta,
y si otra la liberta de el olvido,
¿cuál haze de las dos mayor hazaña?




7



Estaba de mi edad en el florido
abril, que fruto asaz me prometía,
y de mi Flora en el regazo un día
vi reposar al niño Amor dormido.


Las alas, que tan alto le 'han subido,
por no bajar, abandonado había;
yo, que de celos y de envidia ardía,
tenté con ellas usurparle el nido.


Volar tenté, mas de la luz medroso
de tus soles, oh Flora, mudé intento,
con el fracaso d'Ícaro avisado;


que es más valor tal vez ser temeroso,
y no siempre Fortuna da al osado
favor, ni quiere el gusto ser violento.




8


Borde Tormes de perlas sus orillas
sobre las yerbas de esmeralda, y Flora
hurte para adornarlas al' Aurora
las rosas que arrebolan sus mejillas;


viertan las turquesadas maravillas
y junquillos dorados, que atesora
la rica gruta donde el viejo mora,
sus Dríades en cándidas cestillas,


para que pise Margarita ufana,
tierra y agua llenando de favores.
Mas si uno y otro mira con desvío,


ni las Ninfas de Tormes viertan flores,
ni rosas hurte Flora a la mañana,
ni su orilla de perlas borde el río.




9


Al mismo entrando en las escuelas de Salamanca



Soberano Señor, cuyo semblante
tal vez nos representa a Marte crudo,
con el estoque vengador desnudo
y la túnica estrecha de diamante:


tal, nos pone pacífico delante
(preso el cabello con curioso nudo
de lauro, y con un libro por escudo)
no menos sabio a Apolo que elegante:


honra ahora las letras, y con ellas,
émulo de tu padre y de sus leyes,
da a la paz el dominio de tu tierra.


De tu abuelo después sigue las huellas,
pues igualmente es propio de los reyes
amar la paz y ejercitar la guerra.




10



A Fernando de Soria Galvarro


Vos, oh común Señor, esta criatura
vuestra ezistes del polvo, i vuestro aliento
le prestó ser, i vida, i movimiento,
i la razón derecha, i la figura.


Yo, ciego (¡i cómo ciego!), la dulzura
seguí de un breve i falso bien, sediento
(¿qué útil pudo al polvo traer el viento?),
y olvidéos, fuente llena siempre i pura.


¡Oh agravio sin igual! ¿Qué recompensa
dar puedo, si aun me duelo escasamente,
i otra repito luego, i otra ofensa?


Largádmelas, Señor, que si las sañas
guardáis Vos, un tan franco i tan paciente
Dios, ¿en quién habrá fáciles entrañas?


Francisco Medrano