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15 de marzo de 2022

CANCIONES





CANCIÓN I


Voz de dolor, y canto de gemido,
y espíritu de miedo, envuelto en ira,
hagan principio acerbo a la memoria
d' aquel día fatal, aborrecido,
que Lusitania mísera suspira,
desnuda de valor, falta de gloria;
y la llorosa historia
asombre con horror funesto y triste
dende el Áfrico Atlante y seno ardiente,
hasta do el mar d' otro color se viste;
y do el límite rojo d' Oriente,
y todas sus vencidas gentes fieras,
ven tremolar de Cristo las banderas.


Ay de los que pasaron, confiados
en sus caballos y en la muchedumbre
de sus carros, en ti Libia desierta;
y, en su vigor y fuerzas engañados,
no alzaron su esperanza a aquella cumbre
d' eterna luz; mas con soberbia cierta
se ofrecieron la incierta
vitoria, y sin volver a Dios sus ojos,
con cierto cuello y corazón ufano
sólo atendieron siempre a los despojos;
y el santo d' Israel abrió su mano,
y los dejó; y cayó en despeñadero
el carro, y el caballo y caballero.


Vino el día cruel, el día lleno
d' indignación, d' ira y furor, que puso
en soledad y en un profundo llanto
de gente, y de placer el reino ajeno.
El cielo no alumbró, quedó confuso
el nuevo Sol, presago de mal tanto;
y con terrible espanto,
el Señor visitó sobre sus males,
para humillar los fuertes arrogantes;
y levantó los bárbaros no iguales,
que con osados pechos y constantes,
no busquen oro; mas con crudo hierro
venguen la ofensa y cometido hierro.


Los impíos y robustos, indinados,
las ardientes espadas desnudaron
sobre la claridad y hermosura
de tu gloria y valor; y no cansados
en tu muerte, tu honor todo afearon,
mezquina Lusitania sin ventura;
y con frente segura
rompieron sin temor, con fiero estrago
tus armadas escuadras y braveza.
L' arena se tornó sangriento lago,
la llanura con muertos aspereza;
cayó en unos vigor, cayó denuedo,
mas en otros desmayo y torpe miedo.


¿Son éstos por ventura, los famosos,
los fuertes y belígeros varones,
que conturbaron con furor la tierra,
que sacudieron reinos poderosos,
que domaron las tórridas naciones,
que pusieron desierto en cruda guerra
cuanto enfrena y encierra
el mar Indo, y feroces destruyeron
grandes ciudades? ¿Do la valentía?
¿Cómo así se acabaron y perdieron
tanto heroico valor en solo un día;
y lejos de su patria derribados,
no fueron justamente sepultados?


Tales fueron aquestos, cual hermoso
cedro del alto Líbano, vestido
de ramos, hojas, con excelsa alteza;
las aguas lo criaron poderoso,
sobre empinados árboles subido,
y se multiplicaron en grandeza
sus ramos con belleza;
y, extendiendo su sombra, s' anidaron
las aves que sustenta el grande cielo;
y en sus hojas las fieras engendraron,
y hizo a mucha gente umbroso velo,
no igualó en celsitud y hermosura
jamás árbol alguno a su figura.


Pero elevóse con su verde cima,
y sublimó la presunción su pecho,
desvanecido todo y confiado;
haciendo de su alteza sólo estima.
Por eso Dios lo derribó deshecho,
a los impíos y ajenos entregado,
por la raíz cortado;
que opreso de los montes arrojados,
sin ramos y sin hojas, y desnudo,
huyeron dél los hombres espantados;
que su sombra tuvieron por escudo;
en su ruina y ramos, cuantas fueron,
las aves y las fieras se pusieron.


Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
murió el vencido reino Lusitano,
y se acabó su generosa gloria;
no estés alegre y d' ufanía llena;
porque tu temerosa y flaca mano
tuvo sin esperanza, tal vitoria,
indina de memoria;
que si el justo dolor mueve a venganza
alguna vez el Español coraje,
despedazada con aguda lanza,
compensarás muriendo el hecho ultraje;
y Luco amedrentado, al mar inmenso
pagará d' Africana sangre el censo.





CANCIÓN II



Si alguna vez mi pena
cantaste tiernamente, Lira mía,
y en la desierta arena
deste campo extendido
dende la oscura noche al claro día
rompiste mi gemido;
ahora olvida el llanto,
y vuelve al alto y desusado canto.


No celebro los hechos
del duro Marte, y sin temor osados
los valerosos pechos,
la siempre insigne gloria,
d' aquellos Españoles no domados;
que para la memoria,
que canto me da aliento
Febo a la voz, y vida al pensamiento.


Escriba otro la guerra,
y en Turca sangre el ancho mar cuajado,
y en la abrasada tierra
el conflicto terrible,
y el Lusitano orgullo quebrantado
con estrago increíble;
que no menor corona
teje a mi frente el coro d' Helicona.


A la grandeza vuestra
no ofenda el rudo son de osada lira;
que en lo poco que muestra,
glorioso Fernando,
aunque desnuda de destreza espira,
el curso refrenando
el sacro Hesperio río
mil veces se detuvo al canto mío.


El linaje y grandeza,
y ser de tantos reyes descendiente,
la pura gentileza
y el ingenio dichoso,
que entre todos os hacen excelente,
y el pecho generoso,
y la virtud florida,
de vos prometen una heroica vida.


No basta no el imperio,
ni traer las cervices humilladas
presas en cautiverio
con vencedora mano;
ni que de las banderas ensalzadas
el Cita y Africano
con medroso semblante,
y el indo y persa sin valor se espante.


Que quien al miedo obliga
y rinde el corazón, y desfallece
de la virtud amiga;
y va por el camino,
do la profana multitud perece,
sujeto al yugo indino
pierde la gloria y nombre,
pues siendo más, se haze menos hombre.


Los Éroes famosos
los nervios al deleite derribaron,
que ni en los engañosos
gustos, ni en lisonjeras
voces de las sirenas peligraron;
ante las ondas fieras
atravesando fueron,
por do ningunos escapar pudieron.


Seguid, Señor, la llama
de la virtud, que en vos sus fuerzas prueba;
que si bien os inflama
de su amor en el fuego,
viendo su bella luz, con fuerza nueva,
sin admitir sosiego,
buscaréis en el suelo
la que consigo os alzará en el cielo.


No os desvanezca el pecho
la soberbia ignorante y engañada,
ni lo mostréis estrecho;
que para aventajaros
entre las sombras desta edad culpada,
debéis siempre esforzaros,
que sólo es vuestro aquello,
que por virtud pudistes merecerlo.


Aquél que libre tiene
d' engaño el corazón, y sólo estima
lo que a virtud conviene;
y sobre cuanto precia
el vulgo incierto, su intención sublima,
y el miedo menosprecia,
y sabe mejorarse,
sólo señor merece y rey llamarse.


Que no son diferentes
en la terrena masa los mortales;
pero en ser excelentes
en virtud y hazañas,
se hacen unos d' otros desiguales,
estas glorias extrañas,
en los que resplandecen,
si ellos no las esfuerzan, se entorpecen.


Por el camino cierto
de las divinas Musas vais seguro;
do el cielo os muestra abierto
el bien, a otros secreto,
con guía tal, que en el peligro oscuro
de perturbado afecto
venciendo el duro asalto,
subiréis de la gloria en lo más alto.


Y porque las tinieblas,
fatal estorbo a la grandeza humana,
no escondan en sus nieblas
el valor admirable,
haré que en vuestra gloria soberana
siempre Talía hable;
y que la bella Flora,
y los reinos la canten de l' Aurora.





CANCIÓN III



Cuando con resonante
rayo, y furor del brazo poderoso
a Encelado arrogante
Júpiter glorioso
en Edna despeñó victorioso;


y la vencida Tierra,
a su imperio sujeta y condenada,
desamparó la guerra,
por la sangrienta espada
de Marte, con mil muertes no domada;


en la celeste cumbre
es fama, que con dulce voz presente
Febo, autor de la lumbre,
cantó suavemente
revuelto en oro la encrespada frente.


La sonora armonía
suspende atento al inmortal senado;
y el cielo, que movía
su curso arrebatado,
se preparaba al canto consagrado.


Halagaba el sonido
al alto y bravo mar y airado viento
su furor encogido,
y con divino aliento
las Musas consonaban a su intento.


Cantaba la vitoria
del cielo, y el horror y la aspereza,
que les dio mayor gloria,
temiendo la crudeza
de la Titania estirpe y su bruteza.


Cantaba el rayo fiero,
y de Minerva la vibrada lanza,
del rey del mar ligero
la terrible pujanza,
y del Hercúleo brazo la venganza.


Mas del sangriento Marte
las fuerzas alabó y desnuda espada,
y la braveza y arte
d' aquella diestra armada,
cuya furia fue en Flegra lamentada.


A ti, decía, escudo,
a ti valor del cielo poderoso,
poner temor no pudo
el escuadrón dudoso,
con enroscadas sierpes espantoso.


Tú solo a Oromedonte
diste bravo y feroz horrible muerte
junto al doblado monte,
y con dichosa suerte
a Peloro abatió tu diestra fuerte.


O hijo esclarecido
de Juno, o duro y no cansado pecho,
por quien Mimas vencido,
y en peligroso estrecho
el pavoroso Runco fue deshecho.


Tú, ceñido d' acero,
tú, estrago de los hombres rabioso,
con sangre tórrido y fiero,
y todo impetuoso,
el grande muro rompes presuroso.


Tú encendiste en aliento
y amor de guerra y generosa gloria
al sacro Ayuntamiento,
dándole la vitoria,
que hará siempre eterna su memoria.


A ti Júpiter debe,
libre ya de peligro, que el profano
linaje, que se atreve
alzar armada mano,
sujeto sienta ser su orgullo vano.


Mas aunque resplandezca
esta vitoria tuya esclarecida
con fama, que merezca
tener eterna vida,
sin que d' oscuridad esté ofendida;


vendrá tiempo, en que sea
tu nombre, tu valor puesto en olvido;
y la tierra posea
valor tan escogido,
que ante él, el tuyo quede oscurecido.


Y el fértil Occidente,
en cuyo inmenso piélago se baña
mi veloz carro ardiente,
con claro honor d' España,
te mostrará la luz desta hazaña.


Que el cielo le concede
de César sacro el ramo glorioso,
que su valor herede;
para que al espantoso
Turco quebrante el brío corajoso.


Vérase el impío bando
en la fragosa, inaccesible cumbre,
que sube amenazando
a la celeste lumbre,
confiado en su osada muchedumbre.


Y allí de miedo ajeno
corre, cual suelta cabra, y se abalanza
con el fogoso trueno
de su cubierta estarza,
y sigue de sus odios la venganza.


Mas luego que aparece
el joven d' Austria en la enriscada sierra,
el temor entorpece
a la enemiga tierra,
y con ella acabó toda la guerra.


Cual tempestad ondosa,
con horrísono estruendo se levanta,
y la nave, medrosa
d' aquella furia tanta,
entre peñascos ásperos quebranta.


O cual del cerco estrecho
el flamígero rayo se desata
con largo surco hecho,
y rompe y desbarata,
cuanto al encuentro su ímpetu arrebata.


La Fama alzará luego,
y con doradas alas, la Vitoria
sobre el orbe del fuego,
resonando su gloria
con puro resplandor de su memoria.


Y llevarán su nombre
de los últimos soplos d' Occidente
con inmortal renombre
al purpúreo Oriente,
y a do hiela y abrasa el cielo ardiente.


Si Peloro tuviera
de su excelso valor alguna parte,
él solo te venciera,
aunque tuvieras, Marte,
doblado esfuerzo y osadía y arte.


Si éste valiera al cielo
contra el profano ejército arrogante,
no tuvieras recelo,
tú, Júpiter tonante,
ni arrojaras el rayo resonante.


Traed pues ya volando
o cielos, este tiempo espacioso
que fuerza dilatando,
el curso glorioso;
haced, que se adelante presuroso.


Así la lira suena,
y Jave el canto afirma, y se estremece
sacudido, y resuena
el cielo, y resplandece,
y Mavorte medroso se oscurece.





CANCIÓN IV



Esparce en estas flores
pura nieve y rocío
blanca y serena luz de nueva Aurora,
y con varios colores
se vista el bosque frío
de los esmaltes de la rica Flora;
pues la excelsa Eliodora
ya muestra su belleza,
a do con alta frente
da Betis su corriente,
llevando al mar tendida su grandeza;
y vos, lumbres del cielo,
mirad felices nuestro Hesperio suelo.


Rojo Sol, que el dorado
cerco de tu corona
sacas del hondo piélago, mirando
el Ganges derramado,
el Darién, la Sona,
y del divino Nilo el fértil bando;
si tú llegares, cuando
esta serena Estrella
alza al rosado cielo,
dando alegría al suelo,
los ojos, do está Venus casta y bella,
d' aquellos rayos ciego,
arderás, en tus llamas hecho fuego.


Luna, que resplandeces
sola, fría, argentada
en el callado velo tenebroso;
y tu luz enriqueces
en la hacha inflamada
del Sol con resplandor maravilloso;
Si el Lucero hermoso,
do el puro Amor se alienta,
mirares, encendida
en llama esclarecida,
que a limpias almas en vigor sustenta,
correrás por la cumbre
con grande y siempre eterna y clara lumbre.


Junta a inmensa belleza
ya está la cortesía,
y suma honestidad y humilde trato
con valor y grandeza,
en el dichoso día
que el cielo largo la volvió más grato,
vivo y puro retrato
d' inmortal hermosura,
rayo d' amor sagrado
que a su consorte amado
consigo junto en fuego eterno apura;
y si parte le ofende,
es que el velo mortal su bien comprende.


El sacro rey de ríos,
que nuestros campos baña,
al bello aparecer deste Lucero
cubrió los vados fríos
al pie de la montaña,
do vio resplandecer su Sol primero,
del oro que el Ibero
en las cavernas hondas
procura, y con las flores
compuso en mil colores,
y con perlas el curso de las ondas;
y, esclareciendo el cielo,
esparció olor suave en torno el suelo.


Las Gracias amorosas
con las Ninfas un coro
tejieron en el claro, undoso seno;
y de purpúreas rosas
envueltas en el oro
con ámbar oloroso y flores lleno,
dulce despojo ameno
del revestido prado,
las guirnaldas mezclaron,
y alegres coronaron
el cabello sutil, crespo y dorado,
que, cual de las estrellas,
por el aire volaron sus centellas.


El alto monte verde,
que de Palas es gloria,
sintiendo en sí los pies de su señora,
su tristeza ya pierde,
y le da la vitoria
aquel, do Prometeo gime y llora;
y donde la sonora
lira de Tracia espira;
el sagrado Helicona
con florida corona,
y do Atlante del peso no respira;
pues su cumbre sostiene
la belleza, que el cielo en tierra tiene.


Yo entretejer quisiera
su nombre esclarecido
entre la blanca Luna y Sol dorado;
y su gloria pusiera
en el peplo extendido,
que en otra edad Atenas vio estimado;
cuando el tiempo llegado
Minerva es celebrada.
Dichoso el año y día;
y es quien ve el año y día.
Allí herido está con asta airada
el áspero Tifeo,
que muerto pierde todo su deseo.


Mas pues que la rudeza
deste mi débil canto,
causado d' un deseo simple y vano,
no puede a su belleza
dalle la gloria, cuanto
merece el valor suyo soberano,
y mi intento es en vano;
Cisnes, que la corriente
de Betis vais cortando,
el canto vuestro alzando,
su nombre y gloria resonad presente;
si oyan Zéfiro y Flora
su inmensa hermosura con l' Aurora.


Di humilde a esta Luz pura;
sufra vuestra belleza
mi rústica simpleza.






CANCIÓN V



Inclinen a tu nombre, o luz d' España,
ardiente rayo del divino Marte,
Camilo, y el belígero Africano,
y el vencedor de Francia y d' Alemaña,
la frente, armada de valor y d' arte;
pues tú, con grave seso y fuerte mano
por el pueblo Cristiano
contra el ímpetu bárbaro sañudo
pusiste osado el generoso pecho,
cayó el furor ante tus pies desnudo,
y el impío orgullo Vándalo deshecho,
con la fulmínea espada traspasado,
rindió l' acerba vida al fiero hado.


De ti temblaron todas las riberas,
todas las ondas, cuantas juntamente
las columnas del grande Briareo
miran; y al tremolar de tus banderas,
torció el Nilo medroso la corriente,
y el monte Libio, a quien mostró Perseo
el rostro Meduseo,
las cimas altas humilló rendido
con más pavor, que cuando los gigantes,
y el áspero Tifeo fue vencido,
postráronse los bravos y arrogantes,
temiendo con espanto y con flaqueza
el vigor de tu excelsa fortaleza.


Pero en tantos triunfos y vitorias,
la que más te sublima y esclarece,
de Cristo o excelso capitán, Fernando,
y remata la cumbre de tus glorias,
con que a la eternidad tu nombre ofrece;
es, que peligros mil sobrepujando,
volviste al sacro bando,
y a la cristiana religión trajiste
esta insigne ciudad y generosa;
que en cuanto Febo Apolo de luz viste,
y ciñe la grande orla espaciosa
del mar cerúleo, no se ve otra alguna
de más nobleza y de mayor fortuna.


Cubrió el sagrado Betis de florida
púrpura y blandas esmeraldas llena
y tiernas perlas, la ribera ondosa,
y al cielo alzó la barba revestida
de verde musgo; y removió en la arena
el movible cristal de la sombrosa
gruta y la faz honrosa,
de juncos, cañas y coral ornada,
tendió los cuernos húmedos, creciendo
la abundosa corriente dilatada,
su imperio en el Océano entendiendo;
que al cerco de la tierra en vario lustre
de soberbia corona haze ilustre.


Tú después que tu espíritu divino,
de los mortales nudos desatado,
subió ligero a la celeste alteza,
con justo culto, aunque en lugar, no dino
a tu inmenso valor, fuiste encerrado;
hasta que ahora la real grandeza,
con heroica largueza
en este sacro templo y alta cumbre
trasfiere tus despojos venerados,
do toda esta devota muchedumbre,
y sublimes varones, humillados
honran tu santo nombre glorioso,
tu religión, tu esfuerzo belicoso.


Salve, o defensa nuestra, tú que tanto
domaste las cervices Agarenas,
y la fe verdadera acrecentaste,
tú cubriste a Ismael de miedo y llanto,
y en su sangre ahogaste las arenas,
que en las campañas béticas hollaste;
tú solo nos mostraste,
entre el rigor de Marte violento,
entre el peso y molestias del gobierno,
juntas en bien trabado ligamento,
justicia, piedad, valor eterno;
y cómo puede, despreciando el suelo,
un príncipe guerrero alzarse al cielo.



Fernando de Herrera