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24 de marzo de 2022

A DARWIN



I 

¡Gloria al genio inmortal! Gloria al profundo 
Darwin, que de este mundo 
penetra el hondo y pavoroso arcano! 
¡Que, removiendo lo pasado incierto, 
sagaz ha descubierto 
el abolengo del linaje humano. 




II 

Puede el necio exclamar en su locura: 
¡Yo soy de Dios hechura! 
y con tan alto origen darse tono. 
¿Quién, que estime su crédito y su nombre, 
no sabe que es el hombre 
la natural transformación del mono? 




III 

Con meditada calma y paso a paso, 
cual reclamaba el caso, 
llegó a tal perfección un mono viejo; 
y la vivaz materia por sí sola 
le suprimió la cola, 
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo. 




IV
 
Esa invisible fuerza creadora, 
siempre viva y sonora, 
música, verbo, pensamiento alado; 
ese trémulo acento en que la idea 
palpita y centellea 
como el soplo de Dios en lo creado; 





hablo de Dios, porque lo exige el metro, 
mas tu perdón impetro 
(¡oh formidable secta darviniana!) 
Ese sonido como el sol fecundo, 
que vibra en todo el mundo 
y resplandece en la palabra humana; 




VI 

esa voz, llena de poder y encanto, 
ese misterio santo, 
lazo de amor, espíritu de vida, 
ha sido el grito de la bestia hirsuta, 
en la cóncava gruta 
de los ásperos bosques escondida. 




VII 

¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña, 
¿por qué se agita y sueña 
el hombre, de su par fiero enemigo? 
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma, 
el genio que le abruma? 
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo? 




VIII 

Honor, virtud, ardientes devaneos, 
imposibles deseos, 
loca ambición, estéril esperanza; 
horrible tempestad que eternamente 
perturbas nuestra mente, 
con acentos de amor o de venganza; 




IX 

conciencia del deber que nos oprimes, 
ilusiones sublimes 
que a más alta región tendéis el vuelo: 
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos? 
¿Por qué crimen perdimos 
la inocencia brutal de nuestro abuelo? 





Ajeno a todo inescrutable arcano, 
nuestro Adán cuadrumano 
en las selvas perdido y en los montes, 
de fijo no estudiaba ni entendía 
esta filosofía 
que abre al dolor tan vastos horizontes. 




XI
 
Independiente y libre en la espesura, 
no sufrió la amargura 
que nos quema y devora las entrañas. 
Dábanle el bosque entretejidas frondas, 
el río claras ondas, 
aire sutil y puro las montañas; 




XII 

la tierra, a su elección, como en tributo 
dulce y sabroso fruto, 
música el viento susurrante y vago; 
su luz fecunda el sol esplendoroso, 
la noche su reposo 
y limpio espejo el cristalino lago. 




XIII 

En su pelliza natural envuelto, 
gozaba alegre y suelto 
de su querida libertad salvaje. 
Aún no grababa figurines Francia, 
y en su rústica estancia 
lo que la vida le duraba el traje. 




XIV 

Desconoció la púrpura y la seda 
no inventó la moneda 
para adorarla envilecido y ciego, 
ni se dejó coger, como un idiota, 
por una infame sota 
en la red del amor o en la del juego. 




XV 

No turbaron su paz ni su apetito 
este anhelo infinito, 
esta pena tan honda como aguda. 
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma 
su candorosa calma, 
el demonio implacable de la duda. 




XVI 

Y en esas lentas y nocturnas horas 
negras, abrumadoras, 
en que la angustia nos desgarra el pecho, 
con tu mirada impenetrable y triste 
nunca te apareciste 
¡oh desesperación! junto a su lecho. 




XVII 

No buscó los laureles del poeta, 
ni en su ambición inquieta 
alzó sobre cadáveres un trono. 
No le acosó remordimiento alguno. 
No fue rey, ni tribuno, 
¡ni siquiera elector!... ¡Dichoso mono! 




XVIII 

En la copa de un árbol suspendido 
y con la cola asido, 
extraño a los halagos de la fama, 
sin pensar en la tierra ni en el cielo, 
nuestro inocente abuelo 
la vida se pasó de rama en rama. 




XIX 

Tal vez enardecida y juguetona, 
alguna virgen mona 
prendiole astuta en sus amantes lazos, 
y más fiel que su nieta pervertida, 
ni le amargó la vida, 
ni le hirió el corazón con sus abrazos. 




XX 

Y allí, bajo la bóveda azulada, 
en la verde enramada, 
a la sonora margen de los ríos, 
adormecidos con los trinos suaves 
de las canoras aves, 
ocultas en los árboles sombríos; 




XXI 

allí donde la gran Naturaleza 
descubre la belleza 
de su seno inmortal, siempre fecundo, 
en deliquios ardientes y amorosos, 
los dos tiernos esposos 
engendraron al árbitro del mundo. 




XXII 

¡Al árbitro del mundo!... ¡Qué sarcasmo! 
Perdido el entusiasmo, 
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo, 
cuando le borre su divino emblema, 
esa ciencia blasfema, 
como la piedra rodará al abismo. 




XXIII 

Caerá de sus altares el Derecho 
por el turbión deshecho; 
la Libertad sucumbirá arrollada. 
Que cuando el alma humana se obscurece, 
sólo prospera y crece 
la fuerza audaz, de crímenes cargada. 




XXIV 

¡Ay, si al romper su religioso yugo, 
gusta el pueblo del jugo 
que en esa ciencia pérfida se esconde! 
¡Ay, si olvidando la celeste esfera, 
el hijo de la fiera 
sólo a su instinto natural responde! 




XXV 

¡Ay, si recuerda que en la selva umbría 
la bestia 
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades! 
Entonces la revuelta muchedumbre 
quizás, Europa, alumbre 
con el voraz incendio tus ciudades. 




XXVI 

¡Batid gozosos las sangrientas manos
 déspotas y tiranos! 
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma. 
Que el hombre a la razón dobla su frente; 
mas sólo el hierro ardiente 
la hambrienta rabia de las fieras doma.



Gaspar Nuñez De Arce