
1
No se causan mis enojos, ô Clori, de ajenas glorias;
otras temidas victorias dan lágrimas a mis ojos.
No envidio dulces despojos de amante favorecido,
que la suerte me a traído a no amar ser envidiado;
moriré alegre abrasado, como no fuera ofendido.
Fundo mi cierta alegría en vivir dentro en mi fuego,
i aquel deleite me niego que tu luz darme podría.
Mi dulce pasión porfía en llevarme a tu rigor,
pero ardiendo aun tengo horror del desprecio con que miras,
i llego a sentir tus iras más que a estimar tu favor.
No hay sombra de bien que pueda concederme la fortuna;
crece mi llama importuna esparciendo el humo en rueda.
I tan abrasado queda el pecho de su violencia que
desmaya la paciencia; mas después un favor lento así ensuavece
el tormento que aun lo busca la prudencia.
Mas tan poco se detiene, que vengo a desengañarme
que Amor no quiere matarme porque más de espacio pene.
La experiencia me previene a que huya el cierto daño,
pero amo tanto el engaño que a la imagen de un favor
siento apagado el dolor del incendio más extraño.
No sé si llame piedad a esta remisión de pena,
porque aflojar la cadena para apretarla, es crueldad.
En esta inhumanidad a mi llama lisonjea un cierto error
porque crea en tan acabada fe que no es cierto
lo que ve sino aquello que desea.
Yo triste a conocer vengo que mi bien desvaneció;
como sombra me huyó; lágrimas ya le prevengo
¿Será qu'en el mal que tengo halle imperio el llanto mío?
Mas, ¡ô necio desvarío!: contra llamas celestiales
no pueden tibios cristales ostentar soberbio brío.
2
Quiero mi grave tormento en silencio padecer,
pues así usurpa el temer la fuerza al atrevimiento.
Mas no es mi fuego tan lento qu'el humo pueda ocultar;
modos vengo a desear con que desmienta mi ardor,
i la fuerza del dolor aun quita el imaginar.
Pierda el nombre de atrevido quien no pretende favores,
i no acuse mis dolores quien nunca los a sufrido.
Viva yo en público olvido, siempre ocioso a la memoria,
i alcance aquella victoria que me diere tu piedad:
que a corta capacidad no conviene mayor gloria.
¿En qué te injuria quien ama, Clori, la encendida rosa
que por tu nieve hermosa dulcemente se derrama?
No aumenta el rigor la fama; sienta tu crueldad el día
que a hacer polvo porfía el fuego con que as vencido,
porque ofender al rendido es cobarde valentía.
Y si es ofensa adorarte dentro en mí con blando ruego,
permite que trate el fuego pues él puede así vengarte;
que si vienes a enojarte con menor belleza miras:
¿el puro cielo que admiras i los mares espaciosos
no se ven menos hermosos cuando más muestran sus iras?
Ofendes a tu razón en tener tanta fiereza,
que Amor es de la belleza apacible adulación.
Quien no huye tu prisión bien merece menor mal:
¿no ves el manso cristal que a la flor que ama su frente
le da con crespa corriente de agradecido señal?
3
En tan lento resistir i en incendio tan severo
poco a la razón espero i mucho temo al vivir.
Una ley vengo a sentir cuya violencia no acuso;
tiemblo i sígola confuso, que avisos de la prudencia
dicen que no hay resistencia contra el imperio del uso.
I quedo entre este temor con tal gusto persuadido,
que aun cuando más ofendido, hallo deleite en mi ardor.
Tus altos modos, Amor, tarde llego a conocer:
el siempre elar i encender a quien tu fe solicita
es porque sólo acredita las glorias el padecer.
Solamente el bien de amar quiero, sin correspondencia,
pues muere así la paciencia en naciendo el desear.
Tiempo, deja de apagar el fuego que me eterniza:
que tu hielo atemoriza, i el arte de la razón
no tiene jurisdicción para encender la ceniza.
Esta luz que en mí florece i obraron pasiones mías,
a la injuria de los días sin advertir desvanece.
Fuerzas el discurso ofrece del ánimo al blando fuego;
mas su esfuerzo i risa i juego contra la edad a de ser:
que es violencia su poder i el de la razón es ruego.
Pero si roba la flor de tu voz i de tu aliento, Clori,
el sol menos violento, bien tengo a mi ofensa horror.
¿Qué osará humano valor viendo divinos despojos?
Mas, ¡ô importunos enojos! pues aun no da la esperanza
engaños a la venganza, dé el dolor llanto a mis ojos.
Francisco de Rojas