Epístola primera
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Yo aquí
allá mi enemigo
él y yo
los últimos sobrevivientes
de una gran guerra
por millares
se diezmaron
y a medida
que los doblaba la muerte
solas iban quedando las casas
después
la acre oscuridad
en los portales
los muros
entristecidos
vieron extinguirse las pupilas
que entibiaban
sus contornos
inútiles ya
los paneles con flores
en vano proteger
cunas huérfanas
meciendo nada más que al silencio
y con rencor
apretaron sus puños de piedra
sobre el espacio vacío
Aquí la guerra
mostraba su intención
sangrienta
nadie vitoreaba
a nadie
al paso de las botas
no emocionaban los desfiles
ni las armas
por el contrario
eran peñascos las miradas
Epístola segunda
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Un dedo y un botón
un dedo cualquiera
un botón púrpura
una luz titilante
varias luces
muchos botones
infinidad de dedos
los cuerpos adheridos a los tableros
cada botón
un pueblo que brinca al aire
una explosión
una multitud clamando despavorida
un asombro de ojos
arrancados
mirando huir sus talones
temblaban las manos
desprendidas
buscando sujetar sus cabellos
una luz que parpadea
un sonido agudo y frío
como acero
martirizando sienes
otro botón que se hunde
y otro pueblo
pierde sus raíces
las cabezas se voceaban qué pasa
cuando sus hombros
se les perdían
muñones lloraron sangre
impotentes
para recoger sus críos
ah los tableros
incansables
las luces urgían frenéticas
a los botones ardiendo
un mariscal nervioso
mascaba un puro
salivaba tabaco
escupía órdenes
y el horror sumía nuevos pueblos
Aquí la guerra
rehusó la hipocresía
de nobles sentimientos
la piedad estaba desterrada
de sus hechos
no hubo tumba
para el soldado desconocido
ni apagó el fervor
de una oración
el estruendo de las bombas
nadie humedeció sus dedos
para bendecir
la hosca cerviz de un bombardero
Epístola tercera
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Al otro lado
el enemigo no tuvo tableros
luces ni botones
poseyó el rayo y el sismo
dominó el calor y el frío
y cuando un pueblo les volaba
hecho añicos
a uno nuestro convertían en glaciar
o en infierno
si en uno los muertos congelados
yacían en alcobas
cristalinas
en otro permanecía
sólo el quieto mirar
de cuencas calcinadas
algunas veces irrumpía el tornado
sin preguntar quién vive
y estrellaba las casas
como dientes en bocas ateridas
mientras un pueblo
les reventaba hecho trizas
a uno nuestro apresaban conmociones
tan intensas
que los caminos
eran orugas que corrían
nada resistía esa danza
aterradora
las paredes se doblaban
extenuadas
y a cada trecho
mordía el suelo
los cuerpos
Aquí la guerra
no atenuaba su crueldad
con leyendas emotivas
no se empeñaban en las aulas
las manitas
en contar los muertos
de a uno los señores
y de a millones el resto
la guerra
no era heroica
era el arte de matar hermanos
eficientemente
cuando la ocasión lo requería
Epístola cuarta
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Yo y él
mi enemigo
y nadie más
él tiene en sus manos
un rayo perverso
yo tengo una luz
un botón
y un tablero
él no sabe en dónde estoy
yo lo presiento allá lejos
ante mí
el postrer botón
él con su último rayo
las noches tan iguales
se suceden una a una
sin poder cerrar mis ojos
los párpados
inmóviles
vigilan el reclamo inexorable
de la luz
que de un momento
a otro
hará latir al botón
bajo mi dedo
Aquí la guerra
detestaba confundir
su inhumana esencia
con principios generosos
el soldado
un asesino a sueldo
jamás un infeliz embaucado
nadie pretendió
enternecerse
por una condecoración en el pecho
era el cinismo que tapaba
el hedor de sus muertos
Epístola quinta
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
No recuerdo
cuánto llevo
espiando un movimiento
ni qué pueblo
comenzó el sacrificio
de palomas
para alimentar fieras
hasta ayer
todos se echaban la culpa
ahora qué importa saberlo
nos ha dado vuelta
la espalda
hastiado
el universo
una por una las estrellas
abandonaron sus asientos
hemos quedado fuera
estamos desamparados
él en alguna parte al frente
yo aquí
en mi desalentado acecho
quién sabe si podríamos parlamentar
dejar él su rayo
y yo sacar del botón mi dedo
pero cuál lo hace primero
sentirá frío
mi enemigo
tendrá temor
allá tan lejos
puede que el rayo caliente sus manos
quizá él ya no esté
tal vez quedo yo solo
se han secado mis dedos
sobre el tablero
mi lengua añora las palabras
que inutilizó el largo silencio
se han pegado tercos
mis labios
a los colmillos
suplicando el remedo de un beso
cómo duele
sentir el vacío del cuerpo
semejante al jergón de un perro
que hace mucho
hubiese muerto
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Andres Recasens Salvo
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Yo aquí
allá mi enemigo
él y yo
los últimos sobrevivientes
de una gran guerra
por millares
se diezmaron
y a medida
que los doblaba la muerte
solas iban quedando las casas
después
la acre oscuridad
en los portales
los muros
entristecidos
vieron extinguirse las pupilas
que entibiaban
sus contornos
inútiles ya
los paneles con flores
en vano proteger
cunas huérfanas
meciendo nada más que al silencio
y con rencor
apretaron sus puños de piedra
sobre el espacio vacío
Aquí la guerra
mostraba su intención
sangrienta
nadie vitoreaba
a nadie
al paso de las botas
no emocionaban los desfiles
ni las armas
por el contrario
eran peñascos las miradas
Epístola segunda
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Un dedo y un botón
un dedo cualquiera
un botón púrpura
una luz titilante
varias luces
muchos botones
infinidad de dedos
los cuerpos adheridos a los tableros
cada botón
un pueblo que brinca al aire
una explosión
una multitud clamando despavorida
un asombro de ojos
arrancados
mirando huir sus talones
temblaban las manos
desprendidas
buscando sujetar sus cabellos
una luz que parpadea
un sonido agudo y frío
como acero
martirizando sienes
otro botón que se hunde
y otro pueblo
pierde sus raíces
las cabezas se voceaban qué pasa
cuando sus hombros
se les perdían
muñones lloraron sangre
impotentes
para recoger sus críos
ah los tableros
incansables
las luces urgían frenéticas
a los botones ardiendo
un mariscal nervioso
mascaba un puro
salivaba tabaco
escupía órdenes
y el horror sumía nuevos pueblos
Aquí la guerra
rehusó la hipocresía
de nobles sentimientos
la piedad estaba desterrada
de sus hechos
no hubo tumba
para el soldado desconocido
ni apagó el fervor
de una oración
el estruendo de las bombas
nadie humedeció sus dedos
para bendecir
la hosca cerviz de un bombardero
Epístola tercera
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Al otro lado
el enemigo no tuvo tableros
luces ni botones
poseyó el rayo y el sismo
dominó el calor y el frío
y cuando un pueblo les volaba
hecho añicos
a uno nuestro convertían en glaciar
o en infierno
si en uno los muertos congelados
yacían en alcobas
cristalinas
en otro permanecía
sólo el quieto mirar
de cuencas calcinadas
algunas veces irrumpía el tornado
sin preguntar quién vive
y estrellaba las casas
como dientes en bocas ateridas
mientras un pueblo
les reventaba hecho trizas
a uno nuestro apresaban conmociones
tan intensas
que los caminos
eran orugas que corrían
nada resistía esa danza
aterradora
las paredes se doblaban
extenuadas
y a cada trecho
mordía el suelo
los cuerpos
Aquí la guerra
no atenuaba su crueldad
con leyendas emotivas
no se empeñaban en las aulas
las manitas
en contar los muertos
de a uno los señores
y de a millones el resto
la guerra
no era heroica
era el arte de matar hermanos
eficientemente
cuando la ocasión lo requería
Epístola cuarta
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Yo y él
mi enemigo
y nadie más
él tiene en sus manos
un rayo perverso
yo tengo una luz
un botón
y un tablero
él no sabe en dónde estoy
yo lo presiento allá lejos
ante mí
el postrer botón
él con su último rayo
las noches tan iguales
se suceden una a una
sin poder cerrar mis ojos
los párpados
inmóviles
vigilan el reclamo inexorable
de la luz
que de un momento
a otro
hará latir al botón
bajo mi dedo
Aquí la guerra
detestaba confundir
su inhumana esencia
con principios generosos
el soldado
un asesino a sueldo
jamás un infeliz embaucado
nadie pretendió
enternecerse
por una condecoración en el pecho
era el cinismo que tapaba
el hedor de sus muertos
Epístola quinta
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
No recuerdo
cuánto llevo
espiando un movimiento
ni qué pueblo
comenzó el sacrificio
de palomas
para alimentar fieras
hasta ayer
todos se echaban la culpa
ahora qué importa saberlo
nos ha dado vuelta
la espalda
hastiado
el universo
una por una las estrellas
abandonaron sus asientos
hemos quedado fuera
estamos desamparados
él en alguna parte al frente
yo aquí
en mi desalentado acecho
quién sabe si podríamos parlamentar
dejar él su rayo
y yo sacar del botón mi dedo
pero cuál lo hace primero
sentirá frío
mi enemigo
tendrá temor
allá tan lejos
puede que el rayo caliente sus manos
quizá él ya no esté
tal vez quedo yo solo
se han secado mis dedos
sobre el tablero
mi lengua añora las palabras
que inutilizó el largo silencio
se han pegado tercos
mis labios
a los colmillos
suplicando el remedo de un beso
cómo duele
sentir el vacío del cuerpo
semejante al jergón de un perro
que hace mucho
hubiese muerto
No me distraigas
terrestre
que debo estar con los ojos ciertos
Andres Recasens Salvo