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27 de septiembre de 2019

VIEJA


Ciento veinte años tiene, ciento veinte, 
y está más arrugada que la Tierra. 
Tantas arrugas lleva que no lleva otra cosa 
sino alforzas y alforzas como la pobre estera.


Tantas arrugas hace como la duna al viento, 
y se está al viento que la empolva y pliega;
tantas arrugas muestra que le contamos solo 
sus escamas de pobre carpa eterna.


Se le olvido la muerte inolvidable, 
como un paisaje, un oficio, una lengua. 
Y a la muerte también se le olvidò su cara, 
porque se olvidan las caras sin cejas.


Arroz nuevo le llevan en las dulces mañanas;
fábulas de cuatro años al servirle le cuentan;
aliento de quince años al tocarla le ponen:
cabellos de veinte años al besarla le allegan.


Mas la misericordia que la salvajes la mía. 
Yo le regalaré mis horas muertas, 
y aquí me quedaré por la semana 
pegada a su mejilla y a su oreja.


Diciéndole la muerte lo mismo que una patria 
dándosela en la mano como una tabaquera;
contándole la muerte como se cuenta a Ulises 
hasta que me la oiga y me la aprenda.


"La Muerte", le diré al alimentarla;
y "La Muerte", también, cuando la duerma:
"La Muerte", como el número y los números, 
como una antífona y una secuencia, 


Hasta que alargue su mano y la tome, 
lúcida al fin en vez de soñolienta,
abra los ojos, la mire y la acepte 
y despliegue la boca y se la beba.


Y que se doble lacia de obediencia 
y llena de dulzura se disuelva, 
con la ciudad fundada el año suyo 
y el barco que lanzaron en su fiesta.


Y yo pueda sembrarla lealmente, 
como se siembran maíz y lenteja, 
donde a tiempo las otras se sembraron, 
más dóciles, más prontas y más frescas.


El corazón aflojado soltando, 
y la nuca poniendo en una arena, 
las viejas que pudieron no morir:
Clara de Asís, Catalina y Teresa.


Gabriela Mistral