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1 de octubre de 2009

CINCO NOCTURNOS




I
Desde mi noche, tibio alero de las sombras,
Los veo a salvo,
Perseverantes,
Siempre en el medio, sin desgarros ni delirios;
Formal cortejo
Sujeto al siete
En cábala sin fin la esfera recorriendo.

Mientras yo, terco asido a rocas desprendidas,
Las manos dentro,
En las entrañas,
Buscando angustiado una imagen fugitiva;
En tanto falta
De aliento lenta
Va agrietándose la coraza en que me guardo.

Un viento ajeno
Entre sus alas
Ciegas trae susurros de nostalgias muertas,
Sus ecos caen
Sobre mi frente
Con el poder que da el tiempo a la fina gota
De horadar rocas,
Igual mi cuerpo
Por un vértigo abatido de sones y olas;
Vence al silencio
La pesadumbre
De un ronco fagot e inicio el regreso al yermo
Que abandonara
Mi sentimiento.

Aquí de nuevo;
Y en un instante
La esperanza rota al pie de insalvables muros.
Punzante acero!
Soberbia erguida
De espaldas a la luz, inerte masa helada!
Espacio atado!
Huida al viento
La risa muerta en noche estéril continuada!
Sueños mezquinos
De coros mudos...,
Los deseos atrapados como si fuesen
Gaviotas presas
En los sargazos.


La brisa plañidera que del sol la muerte
Va pregonando,
Cesó su duelo
Al oír mi queja de no encontrar la esencia
Que compartiera,
Por un instante,
La soledad de mi espíritu dolorido.

Entonces solo, qué importa si errado, el rostro
Aprisa envuelto,
Los pies heridos
Descansando en la sangre seca de un suspiro
Desvanecido,
Junto al perfume
De una rosa muerta en el hueco de mi mano.




II

Niña, deja esa fiesta de máscaras bufas,
Deja esa ronda
De ágiles muslos,
De caprichos hartados que en tu piel se anidan;
Huye del bosque
De húmedos dedos
Que una danza de lirios de tus senos hurtan.

Niña, cierra tu puerta y que no entre la noche
A parir otra
Pena en tu lecho,
Cierra tu puerta y acoge en tu pecho abatido
Un soplo errante
De luna nueva,
Antes que llame al sol un gozo de palomas.

Cuidar deseo
La desventura
De tu cuerpo bajo el sosiego de una estrella,
Buscar los cisnes
Amedrentados
Que una jauría cruel acorraló en tus sueños,
Guardar tus pasos,
Tu boca herida
Que el frío acosa como al junco en el pantano,
Cubrir las llagas
Que cada aurora
Ciñe en tu piel al regresarte una congoja,
Mientras el alma
De bruces llora.

En una fuente
De plumas blancas
Verteré las notas tristes de tus latidos,
El tierno anhelo
Que acecha quedo
Cada vez que al rocío desampara el alba,
También tu llanto
Tenaz prendido
Como un clamor de hojas en la espalda del viento,
Así mis labios
Junto a los tuyos,
Al beber las imágenes de tus angustias,
Harán veloces
Huir las sombras.
Niña, entra a mi jardín a recoger las flores
Nacidas todas
esta mañana,
Ven y deja tu cuerpo yacer en la hierba,
Y goza el juego
De mil colores
Con el que festejan al sol las mariposas.

Niña, juntos iremos a buscar abrigo
Donde se oculta
El amor sereno,
Nos rendiremos al misterio de la vida
En un abrazo
De suave aliento,
Como una cópula de olas sobre la arena.




III

En la tibia oscuridad cosecho los cantos
Sembrados hondo,
Por manos tiernas,
Llegadas a mi cuna al lado de mis sueños,
Notas vertidas
Sobre los surcos
Que inadvertidos jugaron con la semilla.

Así, la rígida escolta de arcanos mitos,
En el principio,
Del umbral mismo,
Envolvió a mi espíritu con violento hechizo,
Y un solo anhelo,
Ansia demente,
Tras una sola flor impulsó a mi destino.

Desde hace mucho
Frente a la higuera
Cautivo espero que me entregue su secreto.
En este instante
Igual que siempre
La estéril muda en la piedra su sombra fija,
Y me señala
Desde sus ramas
Las únicas sendas de sus partidas hojas;
Encadenado
Mi ser vigila
Mientras se agrietan al estar mis ansias secas
Sin haber visto
Brotar su imagen.

Mis pies distantes
De vivas aguas
Que con su música respondan a mis dudas.
Dentro el silencio
Tiembla en la malla.
Rechazado el calor que ofrecerme quisieron
La rosa abierta,
El jazmín grato,
Los cabellos negros cuyo brillo mis labios
Morir dejaron
Al no besarlos,
Así olvidados están la cima y el abismo;
Sólo a la higuera
Su flor mendigo.
Mi cuerpo bajo el nacer y morir continuo
De las estrellas,
Fúnebre andante
De inmóviles horas sobre los nudos ciegos;
Dolida mi alma
Muere en los sueños
Que atesorara en la luna cuando era niño.

La nuca en la piedra, las manos al vacío,
Cortado el vuelo,
Quedó mi origen
Suspendido en mitad de la fatal quimera.
La flor acaso
Se dio un instante,
Cuando, entre un latido y otro, me quedé dormido.






IV

En un hueco de la furia se anida quieta
Una cadencia
De Nochebuena,
Mis manos juegan con la brisa que deshojan
Bronces batidos,
Cantos y rondas,
Mágica velada cubierta de guirnaldas.

Al costado de este instante, el mordiente fuego
Abre las sombras,
Y con su injuria
El cañón se lleva mis cantos y mis manos,
A un torbellino
De labios rotos
Gimiendo en los guijarros que abandonó el agua.

Arrima el niño
Su festiva ansia
A las ramas del árbol de sus regocijos,
Su candor cubre
Las verdes formas
Con un frescor de violetas en primavera.
Y el hombre atado
En la luneta
Ve al ciervo agonizar en la siniestra nube,
Respuesta amarga
A la insolencia
Que el sosiego del átomo quebró imprudente...
Donde el payaso
La araña teje...

La luz que brilla
Sea el lucero
Que su camino señaló a los Reyes Magos,
Y no el cohete,
Gema engastada
Furtivamente entre los frutos de nuestro huerto;
Pues habrá un tiempo
En que los hombres,
Ciegos, se arrastren en el lodo ensangrentado
En pos del cuye,
Ultimo guía
De los que huyan cavando el seno de la tierra...
El asno solo
Cuida el pesebre...



Viste la blanda piel un despiadado acero
Y un villancico
Entusiasmado
Quiere ser contrapunto de marchas guerreras,
Cuando la risa
En la batalla
Con una mueca de espanto perdió su esencia!

Tal vez como el invierno, este glaciar esconda
Un rumor de hojas
Y anhelo de alas
Bajo sus crueles contornos, mas, si de nuevo
El hongo crece
En Hiroshima,
Sólo un muñón tras la luna será la tierra!




V

En un comienzo, cuando el presente moría,
Y de la noche
Se liberaban
Las horas para en su fuga dar vida al tiempo,
Surgió del barro
El ser humano
Pleno de afanes mas la sien a un riel sujeta.

Apenas madurada en su boca la sonrisa,
Y la materia
Humedecida
Por su aliento abría su cofre de colores,
Sintió que el canto
De la inocente
Flauta a un rigor divino estaba sometido.

Ebrio primero
De conocerse,
Acoplar los gritos del alma y de la selva
Para llevarlos
A las estrellas,
Asombro de libertad en su frente presa.
Mas, pidió un Amo
Como mendiga
El nómade un pozo en la sequedad del yermo.
Marcó su anhelo
Milenaria huella,
Y la promesa fue parida entre lamentos
Que un agua triste
Sumió en las sombras.

Soy heredero,
Arena y piedra
Del templo donde hallaron amparo los rezos,
De los suspiros
Amortajados
Cuando el tedio prudente inmoló al infinito,
De los impulsos
Avasallados
Por una danza de empecinados fantasmas,
En las baldosas
De quietud negras,
Hasta sepultar la incógnita del martirio.
Olvidó el Arca
Salvar las flores!
Ah las fieras ráfagas de obstinadas voces!
Lucha enconada
Que ultrajó cuerpos,
Que en alivios de mármol transformó a la esencia,
Y a la fe exhausta
Llevó al exilio
Junto a los santos ecos que en las torres duermen.

Pero sé que el fin será igual al que voy huyendo,
Vendrá la peste
Y alzará su horca
En la que oscilará el cadáver de mis dudas,
Cuatro jinetes
Sobre mi tumba,
Y dará el perdón la ceniza de mis besos.


Andrés Recasens Salvo