Todos conspiran para hacerme libre.
Yo intenté sumarme a sus argumentos
pero había muy pocas actitudes
y yo necesitaba bastantes.
El abandonar a la muchacha adorable
no fue idea mía
pero ella se quedó dormida en la cama de alguien.
Ahora más que nunca
deseo tener enemigos.
Vosotros que florecéis
en el fácil mundo del amor moderno
tened cuidado conmigo
porque he desarrollado una terrible virginidad
y al encontrarse conmigo
todos aquellos que hayan sobrepasado el beso
perecerán sumidos en la vergüenza
con verrugas y pelos en las palmas de sus manos.
Ya va siendo hora de que nuestros mejores hombres mueran
en el error y la iluminación.
Moisés vigilando.
David en su casa de sangre.
Camus junto al río.
Mis nuevas leyes favorecen
no el satori sino la perfección
por fin, por fin
los judíos que van
demasiado lejos en el Sabbath
serán lapidados.
Los católicos que blasfemen
sufrirán la electricidad aplicada
a sus genitales.
Los budistas que adquieren propiedades
serán aserrados por la mitad.
Los malos protestantes
tienen gobiernos
para hacerles la vida imposible.
¡Ah! el universo vuelve al orden.
Los nuevos rascacielos de Montreal
se chulean de los aparcamientos
como los ganadores de un concurso de higiene
una suite de encendidas ventanas aquí y allá
como una Banda de Primera Clase
otorgada como premio a una limpieza esmerada.
Una muchacha que conocí
duerme en alguna cama
y de todas las cosas bonitas
que podría decir digo ésta,
veo su cuerpo desconcertado
por las impresiones de las bocas
de todos los besos de todos los hombres
que ha conocido,
como un piano arrabalero
anillado por años de vasos de cocktail,
y mientras ella se da cuenta y tintinea
en la encantadora vieja y pecaminosa danza,
yo camino bajo
la rubia lluvia de noviembre
castigándola con mi felicidad.
Leonard Cohen









