23 de septiembre de 2022

REDONDILLAS



1


Si bien de mis accidentes
son ancianos los cuidados,
mis bienes son los pasados,
y mis males los presentes.


Y así, en gran conformidad
tiene el dolor que poseo,
arraigado en mi deseo,
vislumbres de eternidad.


A mil de aquestos enojos
que mi pecho y alma sienten,
¿quién duda que los desmienten
las mentiras de mis ojos?


Pero no merezca espanto
que se esconda su rigor,
pues se afrenta mi dolor
de que se le atreva el llanto.


Al alma con lazo estrecho
encumbre el mal abrazado
porque en celar su cuidado
aún es amante mi pecho.


Querrélo, aunque más me den
mensajes que estoy mortal,
que estimo mucho mi mal,
porque fue un tiempo mi bien.


Y así, en trueque de la palma
de tan sabrosas victorias,
estas ardientes memorias
ofrece a tu gusto el alma.


Mas, para ya el discurrir,
pues tan triste imaginar,
en su ordinario cesar
en desear y sentir.





2


Al Conde de Niebla, 
don Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno.



Si diere lugar mi llanto,
que, en mis esquivos enojos,
el ocio quitó a mis ojos
y el ocio le dio a mi canto,


osara, pero el tormento
de mis penas desiguales,
sólo al tono de mis males
tiene diestro el instrumento;


porque de mis duros casos
es ya tan uso el rigor,
que sólo al son del dolor
acierta mi voz los pasos.


Y así, aunque tal ocasión
diverso estilo merece,
por mi dolor prevalece
la costumbre a la razón.


Vos, dichosamente altivo,
un nuevo Apolo espiráis,
y con tal plectro os mostráis
como nuevo Horacio vivo.
Tal que, o ya el negro bridón


del mar mandéis, o la Lira,
su Jasón la mar admira,
y la lira su Amfión.


¿Qué os diré? Pero, alabar
es sólo asunto de Apolo,
al que no cabe en un polo,
al que no abrazó una mar.





3



No cual cisne con su canto
hago endechas a mi muerte,
que, aunque es amarga su suerte,
es más amargo mi llanto.


Bien sé, ingrata, que el negarte
fue miedo de enternecerte,
que se trocara mi suerte
en mirarme o yo en mirarte.


Yo te perdí y he perdido
triste con razón la vida,
que es justamente perdida
habiéndote conocido.


Yo tengo, en fin, de morir;
que el mayor mal -que es ausencia-
intenta sin tu presencia
el persuadirme el vivir.


Pues ¿cómo viviré ausente?
No lo querrán mis enojos,
si pierdo al sol de tus ojos
y si al cristal en tu frente.


¿Cómo, en mi amoroso ardor,
sin la nieve de ese pecho,
cuanto más brota deshecho
llamas mi escondido amor?


Perdí en tus mejillas bellas
al Abril más matizado,
cuando hermoso y confiado
compite flores a estrellas.


Perdí del rojo arrebol
de la aurora, lo más fino,
pues se queja en su camino
que se lo robaste al Sol.


Perdí en tu divino aliento
el aliento del verano,
cuando del florido llano
es manso ladrón el viento.


Perdí en tus cejas y boca
al ébano y al coral;
en tus dientes, el cristal
desasido de la roca.


Perdí en perder esas bellas
manos toda mi esperanza,
la señal de mi bonanza,
en faltar tales estrellas.


Perdí en tu talle gentil
la envidia de la hermosura
de Apeles en su pintura,
de Lisipo en su buril.


Y tanto, triste, he perdido
que, en mi terrible dolor,
sólo agradezco al Amor
el verme, por ti, perdido.





4



Sale el sol y salís vos;
¿quién duda tema la tierra?:
que si el uno la hizo guerra
mejor se la han de hacer dos.


El uno sale encendido,
sin duda que está enojado,
como le habéis eclipsado,
si no enojado, corrido.


Vos, gallarda y orgullosa,
dais guerra con fuego al cielo,
y abrasáis, Lisi, sin duelo,
aquí enojada, aquí hermosa.


Aquél, vencido, procura
con sus armas su defensa,
y aunque son rayos su ofensa,
lo es mayor vuestra hermosura.


Defiende su parte el cielo,
y hasta pequeñas estrellas
prestan al sol sus centellas
para castigar el suelo.


La tierra no descuidada
roba desde sangre a perlas,
alegre de enriquecerlas
en vos, como el cielo airada.


Mas vos -cuan altiva, hermosa-
sus deseos despreciáis,
y que os robaron lloráis
lo que gozan perla y rosa.


No sigo tal parecer,
que ellas, con vos comparadas,
para ser de vos hurtadas
más hermosas han de ser.


Porque salga más galán
le da el Aurora su aliento,
mas sale vano su intento,
pues las flores os le dan.


El aire pensó tocalle,
dale el sol buen aire; erróse
Y aunque se le dio, corrióse,
pues vino el vuestro a afrentalle.


Vióse al fin que su grandeza
quiso, enojado, ofenderos;
mas quebraste sus aceros
mostrando vuestra altiveza.


Enojado y presuroso
-que es mozo y se corre el sol-,
de vergonzoso arrebol
lleno dejó el carro hermoso.


Escondióse, y sus enojos
por suplir, la oscura noche,
y por veros en su coche,
salió toda llena de ojos.





5



Tened, ojos de mis ojos,
ojos enfrenad el llanto,
pues sólo ayuda el ser tanto
a anegarme en mis enojos.


Con tal cristal no os vengáis
de vuestro enojo del día,
pues su beldad y alegría
entristecéis y afrentáis.


Basta lo que habéis llorado
que, si crecéis mis enojos,
tanto llorarán mis ojos
que habréis de salir a nado.


Mirad, divina señora,
que si vertéis tantas perlas,
celos me darán en verlas
dadas al Sol por la Aurora.


Mirad que, aunque el pecho ardiente
agua pide, no ayudáis,
Lisi, con la que lloráis,
pues crecéis el accidente.


Las lágrimas que vertéis
son cristal; sol, vuestros ojos;
enciéndenlos sus enojos:
mirad si no abrasaréis.


Y es mi pena tan terrible,
tal en mí su ardor, es tanto,
que en parte huye mi llanto
dél, que es su fuerza insufrible.


Mirad si con derramar
dos perlas, tal me habéis puesto;
¿qué hará si echamos el resto
yo en sentir, vos en llorar?


Que las escondáis os ruego,
que, si el llorar dura tanto,
después que me falte el llanto,
llorarán mis ojos fuego.


Y, si faltaren centellas
con que yo en mi mal escriba,
suplirá la sangre viva
la falta que han de hacer ellas.


Y, cuando ella se aniquile,
el corazón que os he dado,
no dudéis que, desatado,
por mis ojos le destile.


Mas si es vuestro enojo tanto
y es mayor mi sentimiento,
callo, pues anegar siento
mis palabras en mi llanto.


Viene la voz a faltarme,
será porque no me queje;
mas ¿qué mucho que me deje
si viene el alma dejarme?


Fáltame ya qué llorar;
mas, vergonzoso, mi llanto
huyo, porque fuese tanto,
do no se supo estima.


Bueno es quebréis la paciencia,
cuando quiebro el corazón
por vos, y deis ya ocasión
a grave carga de ausencia,


Mi desdicha lo adivina
ya desesperada y muerta,
mas tened por cosa cierta
que no ha quebrado por fina.


Finezas os miré hacer;
mas helado vuestro acero,
de ausencia al golpe primero
se vino el mismo a romper.


Y habiendo tanto quebrado,
quedó, por mi muerte y mengua,
entera una mano y lengua
atrevida a un desdichado.


Luis Carrillo de Sotomayor