El tallo de una rosa
se ha encolerizado con las avispas
que impedían que su cintura
fuese y viniese con las mareas
cuando estaba tan tranquila
en las graderías de un templo
y un marinero
llamado por la palabra marea
se ha unido la los clamores
de alfileres sin sueño
y le ha dado un fuerte pellizco
al tallo de una rosa
lo que no merecía
lo que no alcanzaba en su sonrisa
en su cítara
en su respiración tornasolada
la cólera de un marinero
mil manos que se alzaban
en el remedo de un beso
en esta pirámide de besos
para que en lo alto más despacio
más pañuelo más señorita
una rosa una rosa
que no puede aislar
ni unas cuantas avispas encolerizadas
que la han vencido que se le han:
pegado tenazmente a los flancos
y ya son ramita entre dos recuerdos.
Desconchamiento de lunas que no vienen
sus escamas de otoño
pero el niño que se ha quedado detenido
frente a los encantamientos
de un caballo blanco
se apresura
en su dulce memoria de lunares
a evocar sus regalos
para ingresar en la nieve
entre dos recuerdos de aire
pulsado entre dos conchas
que recorren un hilo
de sienes de sien a sien
como entre dos recuerdos
un dedo besado
atormentado desnudado
una muchedumbre
de Perseos enlunados
que esperan
a los más crecidos
cazadores de medianoche
porque ha llegado
el día que no se alcanza
con media docena de cítaras
redondas espinas
siempre festón de nieve enhebrado
que se adelantan con la crecida del aire
de dos conchas entre dos recuerdos
entrecortados silbidos
en las graderías de un templo
hasta el instante
en que es la sangre de hoy
hojas del recuerdo
en las ventanas de las joyerías
ojos que miran cómodamente
la avispa mordiendo el tallo de una rosa
para negártelo en el aire
guante fronda lenta flauta
la misma rosa
que ha inclinado su frente
para recoger tu pañuelo
y esconderlo
hasta que pasen
los cazadores de medianoche.
El puerto para aludir al hombre
y al toro saliendo.
Para trazar
las apariencias con esencias,
se inscriben la madre,
la esposa y el hijo.
Sale de la aldea de su madre
para hacer letras armadas,
para caer en otra aldea
donde sus deseos inflan la arcilla,
pero de allí también se huye
al no preocuparle la criatura
ni la rumia de la noche placentaria,
sino la suerte de su penetración.
En una noche portuaria con soltura
de oportos y guitarreos,
el maduro es tocado por alguien
que se quiere colgar como de su sangre,
pero sin preocuparse de aciertos,
continúa su trecho más penetrador,
buscando un cuero más duro,
una piel imposible.
De regreso, el fuego devoró a su madre,
donde su madre
podía haberlo devorado a él.
Un breve rodeo
para no encontrarse con la posibilidad
de la esposa el principio formal.
Queda ciego y casi ciego.
Los dos guardianes dialogan
sobre la excepción del Jorobado.
Decide ir a las Países Bajos,
para escaparse de las hechicerías
y súcubos que han puesto
tienda hasta en la Vasconia,
para ver como un buey,
guerrear, discutir y pasar.
Allí se ata con mujer protestante,
pero ella se desata.
Ella y sus dos hijas lo atosigan.
En los tres días de agonía,
mientras el veneno lo nutre con aguas malas,
el maduro desinfla a su mujer
y la ve como madre el retrato ovalado.
La hija le apetece entonces como mujer,
y su carne,
en el segundo día de agonía,
cuando ya empieza a inmovilizarse,
balbucea un lenguaje
como el hongo de la muerte en su lengua.
En el tercer día de agonía,
cree poder interpretar a su hijo
que se acerca en el amarillento tinte rosa
de la hija de la protestante.
Jose Lezama Lima
