Así nosotros, desesperanzados, ya sin esforzarnos ni cuidar la
razón, resueltos íbamos de lodazal en lodazal, por la alta mar
de esa líquida basura.
Giordano Bruno
-Caballero, yo no me mezclo en esos asuntos;
no estoy aquí para eso.
Condesa de Espoz y Mina
Quiero que veáis -dijo el Conde- que soy de nobles sentimientos.
Heldris de Cornualles
El otro día, Cintia,
me decías que siempre me quedaba en la puerta,
que no daba el paso «decisivo» decías,
del que ya no hay retorno,
y que era cobardía ante la vida,
que me estaba perdiendo no sé qué.
Seguramente es cierto que me pierdo «eso»,
pero no tengo duda,
te aseguro que conozco territorios muy cercanos
y acaso alguno más allá,
y que nunca me produjeron algo que pudiera
considerar siquiera como placer menor.
¿Sabes lo que me preocupa,
lo que a veces me inquieta?
Imaginar que no hay salida
en tu descenso a los Infiernos,
hilo que te asegure regresar.
Porque veo algo terrible
en tu forma de lanzarte a la vida.
No se sostiene en nada,
no sirve para nada.
No lo sabes,
pero repites lo que significan las palabras
del asesino en Macbeth al aceptar matar a Banquo:
«Haría lo que fuese por desquitarme del mundo».
Y yo no quiero desquitarme de nada.
Claro que es hermoso,
de vez en cuando
adentrarse en esa plenitud de la disipación,
te lleve donde lleve,
y entregar cuerpo y alma a los abismos
de eso que hay en nosotros escondido,
darse la lengua con las simas de la vida,
tocar el esplendor de ese misterio
salvaje, que jamás descifraremos.
Pero siempre, querida,
que haya un faro al fondo de la noche,
las columnas ardientes de la sabiduría,
el Arte, algunas certidumbres morales,
el ejemplo indeleble de los grandes,
esos modelos que nos guían.
José María Álvarez
